Esta es la historia de un migrante retornado a San Carlos, estado Cojedes, que vivió en Perú hasta que el coronavirus lo obligó a regresar a su país el pasado 28 de marzo, cuando abandonó Lima en una travesía que emprendió a pie durante 15 días. Las inclemencias del clima y el hambre le hicieron perder la fe por instantes, pero encontró manos amigas para regresar a su casa

Dos años atrás Alí Gabriel Moreno había dejado la tierra que lo vio nacer, su San Carlos, la tierra del mango, para irse a Perú en busca de una mejor oportunidad negada en su país de origen.

Un ligero equipaje que constaba de dos pantalones, dos franelas, ropa interior y los zapatos que llevaba puestos fue con lo que salió de Venezuela y con la cabeza llena de ilusiones para poder cumplir sus sueños. Esta es la historia del cojedeño que vivió en Perú hasta que el coronavirus lo obligó a regresar a su país el pasado 28 de marzo, cuando abandonó Lima.

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Decidió regresar por la soledad que cada día lo atormentaba; los días de encierro resultaron ser un infierno que no estaba dispuesto a soportar. La falta de dinero para poder mantenerse sumó otro ingrediente más para volver a su patria.

El propósito de su viaje era ayudar a su familia y ya ni eso podía hacer, porque no tenía trabajo. Sus dos años los pasó trabajando en un supermercado, donde hizo de todo para ganarse la vida y también poder ayudar a los que había dejado en su patria.

«Decidí volver porque la soledad me atormentaba«, afirma.


Hice cosas que jamás pensé que las iba a hacer en mi vida. Caminar días enteros, dormir en la calle, en las carreteras, comer un día sí y uno no”, cuenta Alí Gabriel sobre el viaje de regreso a Venezuela que duró 15 días

Alí Gabriel, migrante venezolano que retornó de Perú

Un duro regreso: “Esto es fuerte, chamo”

Alí Gabriel Moreno decidió salir desde Lima rumbo a Venezuela. Sin dinero, comida, y con un morral con lo indispensable para la travesía. Salió caminando el 28 de marzo. Quince días tardó en llegar a San Antonio.

El trayecto desde Perú hasta Ecuador fue duro. Caminatas de largas horas bajo el inclemente sol de ese país fueron agotadoras. Dormía en plazas, en las puertas de las iglesias o donde lo agarrara la noche.

“Esto es fuerte, chamo. Hice cosas que jamás pensé que las iba a hacer en mi vida. Caminar días enteros, dormir en la calle, en las carreteras, comer un día sí y uno no. Había veces que solo podía rociarme agua en los labios, porque no había dónde buscar. Me impulsaba el deseo de regresar, de ver a mi gente, mi familia”, narra el hombre de 33 años.

El calor sofocante en ocasiones lo vencía, su mente le jugaba malas pasadas y le decía que no lo iba a lograr: que no siguiera, que abandonara. Se aferraba al amor de su madre que sabía que desde el cielo lo acompañaba y eso le daba ánimos. Cuando sentía desfallecer pensaba en su familia, en su hija y en ver a su padre. Se aferraba a Dios para continuar la travesía.

Caminó desde la capital hasta Puente de Piedras, desde allí hasta la salida de Lima. Recorrió inmensas montañas, curvas y autopistas angostas con el peligro a sus espaldas, porque los autobuses y camiones casi lo rozaban en la vía. “De un lado tenías al mar y del otro eran cerros”, recuerda.

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“No es lo mismo estar en tu tierra, así sea sin plata”

Luego de recorrer más de cinco horas, porque allí se pierde hasta la noción del tiempo, se encontró con un señor que tenía un camión y lo llevó hasta la ciudad de Trujillo, donde descansó dos días para poder seguir el viaje. Muchos de los amigos en quien creía confiar le dieron la espalda y no lo ayudaron al llegar a esa ciudad, donde debía pedir auxilio, pero siempre encontró a alguien que le tendió la mano.

Luego de su descanso continuó caminando y llegó a Chiclayo, donde descansó por un día, pues un señor que tenía una venta de cervezas le permitió bañarse y descansar en el local.

“La gente que estaba allí me ayudó, recolectaron dinero y me lo dieron para continuar el recorrido que me permitió pagar un transporte por cuatro horas más y pude llegar a la ciudad de Tumbes, que es la frontera con Ecuador”, apunta.

Ya en Ecuador, Alí Gabriel se dirigió a la oficina de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur). Reconoce que lo atendieron muy bien y lo mandaron a inmigración. Luego del trámite pidió que lo ayudaran con el transporte y le dieron el pasaje hasta Guayaquil.

Al llegar a Guayaquil tuvo que caminar hasta Quito, capital del Ecuador, donde durmió en el terminal de pasajeros con un frío que calaba los huesos. Ya había agotado la provisión que le entregó el personal de Acnur, que consistía en dos potes de avena líquida, cuatro manzanas, cuatro galletas, dos latas de atún, un paquete de caramelos y agua.

Intentó pedir dinero en el terminal, pero los vigilantes de la estación se lo impidieron. Cuando sentía que todo estaba perdido se encontró a una paisana que lo acompañó al centro de Quito a pedir dinero para lograr regresar a Venezuela.

“Andaba sucio, maloliente, sin poder bañarme, agotado física y emocionalmente. Gracias a Dios, en mediodía pudimos recolectar 26 dólares y pude llegar a la ciudad de Tulcán en un autobús, y luego ir a Rumichaca, frontera con Colombia”, indica.

En Rumichaca se quedó tres días en una fundación que atiende a los inmigrantes que llaman La Pastoral. Allí pudo comer, dormir, descansar y fue atendido por un grupo de médicos.

“Me dolía la cabeza, había llorado mucho y tenía la tensión alta. Solo le pedía a Dios que me permitiera llegar y poder ver a mi familia. Ya estaba agotado, sentía que no podía y no quería seguir caminando”. Después de reponerse llegó a la ciudad de Pasto, en Colombia, donde sí consiguió ayuda de otras fundaciones, iglesias y pastores evangélicos que le dieron dinero, comida y un pasaje hasta Pamplona.

“Tuve que caminar el frío desierto de Berlín. Las lágrimas no paraban, me subió la tensión y un oído comenzó a sangrar”, relata. El frío le reventó la nariz. Su travesía lo llevó a Bucaramanga donde funcionarios de la Cruz Roja lo ayudaron con el pasaje hasta Cúcuta, donde afirma que no fue bien tratado y pasó mucha hambre durante varios días.


Andaba sucio, mal oliente, sin poder bañarme, agotado física y emocionalmente. Gracias a Dios, en mediodía recolecté 26 dólares y pude llegar a la ciudad de Tulcán en un autobús, y luego ir a Rumichaca, frontera con Colombia”, indica el hombre de 33 años, oriundo de San Carlos

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Cumple cuarentena

Al llegar a la frontera venezolana no fue bien recibido. Padeció maltrato verbal por funcionarios de la Guardia Nacional. Les dijeron que como habían pasado por trochas no les iban a dar atención médica. “Continué la travesía caminando y llamé a un amigo de la infancia que había colocado en su estado de WhatsApp que estaba en San Antonio del Táchira. Me dijo que sí podía traerme”.

“Ya estoy en mi tierra. A mi casa enviaron unos médicos de los consejos comunales que me chequearon: las pruebas salieron negativas. Gracias a Dios no tengo nada de eso que llaman COVID-19 y estoy en mi hogar”.

Se emocionó mucho al ver su familia, a la que no veía desde hacía dos años y que lo alientan a seguir adelante. Por el momento, se encuentra cumpliendo la cuarentena en su casa. Espera que pase esta pandemia para seguir luchando por un cambio en el país.

“En los dos años que pasé en el exterior viví experiencias buenas y malas, como todo. La lucha sigue y continúa. Venezuela es muy bonita y tenemos por quién luchar: por nuestros hijos, por nuestra familia, nuestras amistades. Llegué renovado, con ganas de lograr un cambio, de trabajar por el bienestar de todos los venezolanos”.

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