El alza de los precios y la compleja crisis del país obligó a Yván Zarramera a dejar su popular venta de cebada y carato en San Juan de los Morros, la cual mantuvo por tres décadas. Hoy, convaleciente por una cirugía intestinal, los hijos siguen su ejemplo y aunque son profesionales, es con la venta de postres y papelón con limón como obtienen el sustento para la familia

Yván, hombre fornido que solía vestir un gorro y una bata azul, refrescó durante tres décadas los días calurosos de los sanjuaneros con su popular cebada, bebida que no solo le permitió sacar adelante a su familia, sino que además lo conectó con la gentileza de un pueblo humilde y servicial que abre las puertas a los Llanos venezolanos, San Juan de los Morros, la capital de Guárico.

«Cebada y carato», se leía con letras rojas, en un carrito que todos los días acompañaba a Yván, guardando en su interior un termo de cebada bien fría y otro de carato, que también era muy solicitado entre sus clientes. Sin embargo, desde hace aproximadamente tres años, el trabajador del banco, la señora de la esquina, el árabe, el italiano, los chinos, las mujeres embarazadas, los jóvenes, los abuelos y toda esa clientela de sanjuaneros se quedaron con las ganas de seguir probando la refrescante cebada de Yván, quien con pesar ya no salió más vestido de azul a compartir sus bebidas, obligado por el alza de los precios y la compleja crisis del país. Aunque hoy, aún convaleciente por una cirugía intestinal, mantiene viva la esperanza de volver pronto a las calles con su carrito cargado de cebada y carato.

Yván José Zarramera Velazco, nacido en Macaira, municipio Monagas, un 7 de enero de 1952, vive desde hace 55 años en la capital llanera. Su vida es sinónimo de esfuerzo y dedicación. Con tan solo nueve años, luego de la muerte de su padre, empezó a trabajar en una ferretería que era de sus padrinos, en Altagracia de Orituco; pero años más tarde llegó a San Juan de los Morros, para quedarse.

El famoso vendedor de cebada padeció una obstrucción intestinal a causa de una hernia inguinal, que requirió intervención quirúrgica el pasado 16 de julio, en el hospital Israel Ranuarez Balza, de la capital guariqueña. Hoy, Yván, quien es paciente diabético e hipertenso, se recupera junto a su esposa y sus hijas en la que ha sido su casa por más de 44 años, en la comunidad Santa Rosa.

Antes de emprender en la venta de cebada, Yván tuvo pasantías como entrenador deportivo, fue activista político; trabajó en obras públicas y fue transportista de los Titanes, en la cooperativa el Progreso, hasta 1987.

La mirada con el ceño fruncido de Yván, no esconden la gracia y la cordialidad de un hombre de familia. Casado desde hace 45 años con su fiel compañera Aída Riera de Zarramera, hoy ambos son el ejemplo vivo de cuatro hijos, Víctor, Aída, Adriana y Angélica. Esta última, enaltece los valores que inculcaron sus padre desde la infancia.

«Ellos nos han dado las mejores enseñanzas, valores y costumbres. Nos han enseñado del trabajo, la honestidad y responsabilidad. Son nuestros pilares para la crianza de sus nietas», resaltó Angélica, de 35 años, madre de una bebé de 20 meses de nacida, profesional en el área de la investigación y docente de la Universidad Experimental de la Seguridad (Unes).

Además de Angélica, su hermano Víctor (53 años) es profesor, su hermana Aída (43 años) es abogado y Adriana (41 años) es comerciante. Todos trabajan, pero la única vía de escape para sobrevivir en Venezuela es la actividad comercial independiente; en un país consumido por la hiperinflación, donde los salarios institucionales no superan los 10$ mensuales, mientras la canasta alimentaria familiar alcanza los 45 millones de bolívares (170$ aproximados), según informe (abril) del Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros (Cendas-FVF).

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Es por eso que Angélica decidió también emprender en la repostería: vende tortas además de otros postres y junto a su hermana Adriana, quien vende papelón con limón, ambas ayudan con la compra de alimentos y a cubrir otras necesidades básicas, en el hogar donde viven con sus padres e hijos.

Yván sigue siendo el hombre de la casa, aunque por ahora, a sus 68 años, recién operado y en medio de una pandemia por el COVID-19, las salidas al centro de San Juan están suspendidas. «Él, después que dejó de vender cebada salía a comprar el gas y las cosas de la casa, pero con este virus no sale casi», señala Angélica.

Un papá súper héroe

Yván Zarramera es un trabajador incansable que se ganó el cariño de los sanjuaneros y junto a su esposa, es querido por sus vecinos en Santa Rosa, hombre colaborador y de buena voluntad. «Definirlo es grande. Para mí es mi súper héroe. Es el único hombre de la casa. Consentidor de sus nietas. Siempre está allí para nosotras», cuenta Angélica.

La menor de las hermanas revive cómo eran las jornadas de su padre cuando vendía cebada: Yván se levantaba temprano a licuar y a las diez de la mañana, aproximadamente, unía desayuno con almuerzo, comía y salía con su carrito a recorrer las calles de San Juan, para luego regresar entre las seis y media y siete de la noche.

Secreto de receta: amor y pasión

Yván era la cara visible del negocio, pero el apoyo de su esposa y sus hijas siempre fue fundamental. Después de cada jornada, al llegar a casa entraba en acción la familia: «A esa hora (7:00 PM) se lavaba todo, ya teníamos la cena lista y el agua caliente para la cebada, que se cocinaba por dos horas y media, todos los días, porque la cebada es muy delicada», comenta Angélica, quien aclara que la receta no posee mayor secreto que la pasión y el amor que le imprime su padre.

«No tiene ningún secreto, es solo agua cebada perlada y azúcar. Muchos intentan con leche o no les gusta que la cuelen, pero es una bebida refrescante en cualquier época del año», explica Angélica. Recuerda que Yván vendió cebada en sitios estratégicos de San Juan. Estuvo en la calle Ribas; también en la esquina de Ipostel. Luego en la Av. Sendrea, cruce con calle Páez. Estos cambios de lugar ocurrían con la llegada de nuevos gobernantes municipales. Pero Yván también tenía sus clientes de regreso al cerro Santa Rosa, aunque en ocasiones la bebida se agotaba antes de lo esperado.

Para algunos habitantes de San Juan de los Morros, el anhelo de volver probar la cebada y el carato de Yván Zarramera, es un deseo compartido con las ganas de vivir en un país con una mejor calidad de vida, con acceso a servicios tan indispensable, como el agua, la luz y el gas.

Y precisamente, el combustible doméstico es uno de los insumos necesarios para cocinar la cebada; la carencia de este servicio, sumado al alto costo de la materia prima, son obstáculos que impiden preparar la refrescante bebida. Pero la pandemia y la crisis nacional, no anulan la esperanza y el optimismo de Yván, quien anhela recuperarse pronto y buscar las opciones para volver a ofrecer a su clientela la exquisita cebada.

Mientras tanto, Angélica y sus hermanas continúan enfrentando el día a día, con la inspiración de sus padres y con el sueño latente en un país libre: «Un país donde exista todo lo bello y maravilloso que tuvimos hace años. Que no exista carestía, ni necesidad. Un país fortalecido en valores, en el afecto, la solidaridad, responsabilidad, la gratitud y honradez», anheló.

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