José Hercilio, Franklin, Héctor y Milagros sufren dificultades económicas desde hace años y ahora están confinados. Sus circunstancias fueron contadas por El Pitazo en julio pasado y gracias a la publicación, hubo muestras de solidaridad y surgieron nuevas historias que hacen mantener la esperanza en un futuro más amable

Por: Bianile Rivas y Alexander Olvera

Una sonrisa se ha posado sobre los rostros de José Hercilio, Franklin, Héctor y Milagros. Ellos, aunque confinados y en dificultades económicas por años, sienten ahora los efectos de la generosidad, un valor que creían perdido. Sus dificultades fueron contadas en distintas publicaciones de El Pitazo y, gracias a las muestras de solidaridad que generaron, surgieron historias edificantes que ayudan a mantener la esperanza en un futuro más amable.

El pasado 20 de julio, El Pitazo narró, desde Guanare, estado Portuguesa, una parte de la vida de José Hercilio Diuza Sinisterra, un colombiano de 87 años de edad que vive desde hace seis décadas en Venezuela. Él está solo, ciego y con una flacura extrema. Mide 1.68 metros y pesa 38 kilos. Aparte del hambre, lo acecha una decisión de desalojo de su habitación en alquiler, por la que le cobran cinco dólares al mes. Su mayor deseo es reencontrarse con su familia en Buenaventura, Valle del Cauca (Colombia).

“Quiero regresar a casa”, dijo a este medio en una entrevista el mes pasado. Afortunadamente, esa frase llegó hasta sus familiares y amigos en Colombia y Estados Unidos. Ellos, a través de El Pitazo, enviaron sus datos de contacto, se pusieron a disposición para gestionar el retorno de José Hercilio a Colombia y aseguraron su manutención hasta que se concrete la mudanza, que habrá de ocurrir una vez minimizada la restricción de movilidad establecida por la pandemia de COVID-19.

Además de la ayuda material, su caso ha propiciado un reencuentro familiar inesperado. Los Diuza, que son unas tres generaciones activas en la actualidad, estaban dispersos: unos han emigrado a Norteamérica, otros a Suramérica y una buena cantidad se ha establecido en otros departamentos de Colombia. Muchos habían perdido el contacto entre sí.

Elvia Diuza Sánchez, sobrina de José Hercilio, reside en Chile. Desde allí, agradece haberse conectado con el resto de los Diuza. “Habíamos perdido el orgullo de ser Diuza y esa publicación nos ayudó a reconquistarlo”, dijo.

Lo mismo han expresado sus otros sobrinos, Agustina, José Antonio y Jimmy. Este último, desde New Jersey, Estados Unidos, ha planificado con su familia los aportes para el traslado de su tío a Buenaventura por la frontera colombo-venezolana del estado Táchira. Graciana, su hermana que vive en Cali, quiere llevarlo consigo para recuperar el afecto y la convivencia perdida.

“Debemos mostrar la fuerza y el amor de los Diuza: gracias a la historia de mi tío, ahora nos hemos unido, nos hemos fortalecido como familia. Pronto lo tendremos en casa”, cuenta vía WhatsApp uno de los nietos de Natalio Diuza, hermano de José Hercilio.

Solidaridad sin fronteras

Un día después de conocida la historia de José Hercilio, el 21 de julio pasado, El Pitazo publicó la historia de Franklin Acosta Silva, un muchacho de 13 años de edad, oriundo del estado Cojedes, que padece de insuficiencia renal crónica.

Para recibir su tratamiento, Franklin debe partir de su pueblo con un día de anticipación y, luego, viajar casi 100 km, a punta de aventones, hasta San Carlos, la capital del estado. Como no le da tiempo de volver el mismo día, y no tiene dinero, pasa la noche en los pasillos del hospital. Antes, se quedaba en el área de atención a la familia, pero por la pandemia del coronavirus, ese lugar fue cerrado. Como el personal ya lo conoce, a veces le dan posada en la habitación de los médicos residentes o de los porteros.

Su historia, publicada en El Pitazo, despertó deseos de ayudar en muchas personas. Una venezolana que emigró a Chile hace 4 años, contactó al reportero y donó dinero para la compra de un mercado para el muchacho y su familia. La donación consistió en leche, cereales, proteínas y alimentos que lo ayudan a paliar su déficit nutricional.

Belkis Bareño, trabajadora social de la institución, dice no tener palabras para describir la alegría de Franklin al recibir los productos. «No podía creer que todo lo que había en la caja era para él”. Bareño contó que estaban preocupados por el peso de la caja, pero una persona se ofreció a llevarlo en su carro hasta la parada del autobús. Desde allí, Franklin viaja hasta Tinaco para luego irse “en cola” hasta El Pao y, de allí, a Macuaya.

Franklin contó que, a raíz de la publicación, las personas lo reconocen en la calle, con lo que la solidaridad ha aumentado. «Estoy por todos lados, la gente me conoce y me pregunta: ¿Tú eres Franklin?” La trabajadora social señaló que la gente ha mirado con otros ojos a los pacientes renales y las penurias que pasan. “Ahora, todo el que llama es para ayudar”.

Una mujer y un hombre, de España y Chile, respectivamente, donaron dinero para que se les preparara un almuerzo a los pacientes y trabajadores del Centro Nefrológico Cojedes. Este se realizó el pasado jueves 6 de agosto. Se repartieron cerca de 70 platos de pollo con vegetales y arroz.

Un día después del almuerzo, los trabajadores y pacientes del Nefrológico recibieron una donación de cloro y vinagre para la limpieza de las máquinas de diálisis. Seis unidades de estas habían reportado daños debido a que la institución no cuenta con los químicos necesarios para la limpieza y desinfección de sus equipos, que se debe realizar de manera periódica. La situación afecta a 73 pacientes que cumplen terapias de hemodiálisis en tres turnos.

La historia de Héctor Pérez y Milagros Ponce, una pareja con discapacidad visual que enfrenta con hambre y carencias el confinamiento en Venezuela, también movió la sensibilidad de muchos en distintas partes del mundo. Esta familia se vio obligada por la pandemia a encerrarse y a reducir al mínimo sus raciones y horarios de comida en el barrio Limoncito, en el estado Cojedes.

Después del 13 de marzo, cuando se decretó el estado de alarma nacional por el COVID-19, los Pérez Ponce no han podido salir al Comedor Popular de San Carlos a buscar el almuerzo. La falta de transporte y el miedo a contagiarse han hecho que pasen el confinamiento en su casa, viviendo de la caridad de algunos vecinos. Se ven obligados a ahorrar la comida que les llevan de vez en cuando porque no saben cuándo volverán a recibirla.

Luego de que apareciera la publicación, un lector de El Pitazo que reside en Estados Unidos ordenó una cesta de alimentos con carnes, víveres, verduras y útiles de aseo personal. El benefactor ubicó en la ciudad de los Pérez Ponce, un automercado que aceptara pago en dólares e hizo una compra que consistió en 12 kilogramos de pasta y de azúcar, 10 de arroz, caraotas y salsas. Además, ordenó otro tanto de pollo y carnes rojas en una carnicería aliada del automercado.

Después de que todo estuvo listo, el hombre se comunicó con el reportero y le pidió que llevara la compra. El comunicador llamó a un taxista que, al enterarse de para quién era el mercado, no quiso cobrar por la carrera y ayudó a subir la compra hasta el apartamento de los invidentes, quienes viven lejos del centro urbano de San Carlos.

Héctor y Milagros se sorprendieron al tocar las bolsas del mercado. Confesaron que durante los últimos años nunca habían sentido tanta comida. «Pasta, esa es una de mis comidas preferidas, y es de la buena», precisó Milagros.

Algunas personas pidieron su número de pago móvil para ayudarlos con algo de dinero. Otros los han contactado para ofrecerles artículos de higiene personal. La pareja agradeció a El Pitazo, de quienes dicen ser fans, y afirman no perderse ni un día su programa de radio.

Para Diuza, Franklin, Héctor y Milagros, la vida ha sido dura, pero están contentos con este receso de su realidad. “Siempre hay motivos para creer que hay una luz al final del túnel”, dice Milagros.

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