A los 19 años Jesús fue baleado. Los proyectiles le causaron daños en las vértebras L2, C5 y C6. «Yo iba caminando hacia el centro y hubo un tiroteo, agarré las balas yo”. Luego de ocho meses de rehabilitación física logró levantarse de su cama de enfermo; cayó en las drogas y en el alcohol. Hoy desafía al COVID-19 y vende fármacos colombianos en el centro de Acarigua, al norte del estado Portuguesa

HISTORIAS DE LOS LLANOS

Una discapacidad adquirida no le ha impedido a Jesús Araujo salir todas las mañanas a buscar el pan de cada día para él y su familia. Tampoco lo han hecho las restricciones de movilidad que en Venezuela se han generado por el COVID-19. Tampoco lo paraliza el miedo a contraer el virus.

Jesús vive con su mamá y una hermana en la urbanización La Goajira, un populoso sector de la zona este de Acarigua, en Portuguesa. El muchacho es uno de los más de 50 vendedores de medicamentos colombianos que se ubican a los alrededores de la Plaza Bolívar de esa capital, en las esquinas de las principales avenidas del comercio local, y que en las últimas semanas han sido visitadas por funcionarios de la Guardia Nacional, que tratan de decomisar el producto ilegal.

En un cuatriciclo adaptado, que no puede pedalear por su condición, y que hace andar girando con la mano derecha el pedal, instalado cerca del asiento, recorre las avenidas Libertador y Alianza para vender medicamentos que llegan al país de forma ilegal desde Colombia. Lo hace de lunes a viernes, hasta el mediodía. En el horario que desde mediados de marzo se estableció para permitir la actividad comercial y la movilización ciudadana por las calles del estado.

«Yo me defiendo y salgo a trabajar día a día. No me puedo quedar en mi casa sin hacer nada», dice Jesús, mientras oculta los blísteres de acetaminofén, losartán y otros medicamentos que entre bolsas de plásticos vacías lleva en la canastilla amarilla, que va al frente de la bicicleta en la que se desplaza.

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Quienes se dedican al comercio informal en esta zona de la ciudad no solo cargan medicamentos para la venta; ofrecen además cigarrillos, también de contrabando, chimó, yesqueros y otras cosas livianas, que puedan ocultar rápidamente en los morrales tricolores que porta la mayoría.

El confinamiento ordenado por el Gobierno nacional no ha impedido que los comerciantes ambulantes sigan con su faena ni ha detenido la actividad en el centro de Acarigua. Si no se observa resulta hasta inimaginable la cantidad de personas que a diario se congrega en el centro de la ciudad, sea semana de cuarentena radical o de flexibilización. Más de uno se ha preguntado cómo es que Portuguesa mantiene una cifra moderada de contagio de Covid-19 -por debajo de 120 casos, al miércoles 5 de agosto- cuando no existe cumplimento del confinamiento ni de las normas de distanciamiento social y ni de protección. 

El centro de Acarigua, de 9.00 am a 12.00 m, se asemeja a una feria sin control y entre esa multitud de personas se moviliza Jesús, en su triciclo, atravesando las aceras. Ni en él, ni en los que viven del día a día, hay tiempo para detenerse a pensar en los riesgos de contagio del nuevo coronavirus. 

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«Me paro en una esquina o en la acera a vender las medicinas. En la calle las consigues más económicas que en las farmacias. La gente lo sabe y acude a nosotros», comenta Jesús, consciente de que esos medicamentos posiblemente no cuenten con aprobación sanitaria.

«La situación está difícil por el sistema que estamos viviendo», precisa el joven de 35 años. Sabe que la hiperinflación y la inestabilidad del dólar no se han paralizado, como tampoco lo ha hecho Venezuela, en medio de la pandemia. 

Hasta hace 5 meses, Jesús Araujo era parte de una cuadrilla de limpieza de la Alcaldía del municipio Páez. Trabajaba barriendo las plazas de la ciudad; sin embargo, el pago no era constante y debió abandonarlo. 

«Se retrasaban dos y tres meses en el pago, y me tocó dejarlo. Así que comencé vendiendo bambis (helados duros), después alimentos, específicamente granos, pero me pesaban mucho. Y me tocó aligerar la carga porque no tengo mucho equilibrio. Ahora vendo medicamentos. Alguien viene y los distribuye a un precio con el que nosotros también podemos ganar», detalla Jesús.

Un trabajo informal es la alternativa de muchas de las personas que padecen algún tipo de discapacidad. Pocas empresas, pese a la obligación del ordenamiento jurídico, se atreven a contratar a un trabajador con una condición especial. 

A los 19 años de edad, Jesús fue impactado por varias balas. Los proyectiles le causaron daños en vértebras L2, C5 y C6. Él mismo asegura que se trató de un accidente. 

«Yo iba caminando hacia el centro y hubo un tiroteo, agarré las balas yo. Todavía tengo una alojada en el rostro que los médicos no se explican cómo quedé vivo. Para ellos y para mí es un milagro de Dios. Yo no caminaba, pero con terapias logré recuperarme», relata Jesús. 

La recuperación física con trabajo de fisioterapia duró ocho meses. Jesús había quedado postrado en una silla de rueda, pero las terapias constantes le permitieron levantarse de ella ligeramente. «En casa comencé a practicar hasta que pude caminar en andadera. Agarrar más fuerza».

No fue fácil para Araujo verse en la condición en que quedó y sentir su futuro truncado. La depresión que experimentó lo llevó a refugiarse por años en las drogas y el alcohol, vicios que podía saciar fácilmente porque, en su condición, cualquier le daba dinero.

«A donde iba, como la situación económica era mejor que la de ahora, cualquiera me daba algo de dinero y podía comprar aguardiente o drogas». Así se mantuvo por años. La recuperación espiritual ameritó una rehabilitación que consiguió asistiendo a un iglesia cristiana de su zona. 

«Yo tengo cinco años recuperándome, sin consumir nada, gracias a la palabra de Dios y a la fe. No es fácil luchar contra uno mismo. Yo tenía 19 años cuando todo pasó y también la curiosidad de esos vicios te atrae y uno se va quedando allí. Se va sumergiendo sin darse cuenta de las consecuencias», cuenta Jesús. 

Para el joven, sólo el hecho de dejar las drogas es un milagro. «Ya tú te alejas de todas las amistades que te perjudican y que no te permiten salir adelante. Yo hoy, pese a las condiciones que vivimos en el país, me siento tranquilo con mi trabajo, mi familia. Cuesta, pero poniendo empeño en salir adelante, Dios abre puertas y cualquier solución le da a uno para llevar alimento al hogar».

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