Héctor Pérez y Milagros Ponce de Pérez son una pareja con discapacidad visual que sobrevive con hambre y miedo en medio de la cuarentena por el COVID -19, decretada en Venezuela desde el 13 de marzo

HISTORIAS DE LOS LLANOS

Poco a poco. Así llevan su vida en común Héctor Pérez y Milagros Ponce, una pareja con una discapacidad visual que vive en el barrio Limoncito, en el estado Cojedes. La pandemia, como a millones de venezolanos y ciudadanos del mundo, los obligó a encerrarse y  a reducir al mínimo sus raciones y horarios de comida para sobrevivir ante los embates del nuevo coronavirus.

Los Pérez Ponce aguantan mucha hambre, mucho más después de la cuarentena. Después del 13 de marzo no han podido salir al Comedor Popular de San Carlos a buscar el almuerzo. La falta de transporte y el miedo a contagiarse han hecho que pasen el confinamiento en su casa, viviendo de la caridad y apoyo de algunos vecinos. Se ven obligados a ahorrar la comida que les llevan de vez en cuando porque no saben cuándo volverán a recibirla.

Milagros confiesa que cuando logran algo tienen que estirar la comida y solo ingieren alimentos una o dos veces al día. «Tenemos que ahorrar, comemos un trozo o ración a las 10:00 am y luego otro sobre las 5:00 pm. Pasamos mucha hambre, pero no podemos hacer nada», dice. El matrimonio agradece que en ocasiones los vecinos los ayuden con algo de alimentos, con lo que calman el hambre, pero no es siempre. 

Héctor y Milagros solo reciben una ayuda económica de 240.000 bolívares, cifra equivalente a 0,90 dólares, calculado a la tasa paralela a la oficial este 3 de agosto. El ingreso proviene de la estatal Misión José Gregorio Hernández, que se encarga de la atención de las personas que presentan algún tipo de discapacidad. De acuerdo con cifras de esta misión, cerca de 28.729 personas con limitación visual están censadas en el programa y reciben el aporte del Estado.

La ceguera no es un problema que les impide desenvolverse en su quehacer diario. Lo que preocupa a los Pérez Ponce es no tener cómo hacer las tres comidas ni comprar los elementales útiles de aseo personal.

La pareja no tiene hijos en quienes se puedan apoyar. Recibe la bolsa de alimentos subsidiados que distribuyen los estatales Comités Locales de Abastecimiento y Producción (Clap ) y los combos de proteínas vendidos por el consejo comunal. “Eso no es gratis. Tenemos que pagarlo, aunque no es regular, seguro ni suficiente. Ya vamos para dos meses que no venden nada”  

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La pandemia cambió su ritmo de vida y los empujó a una nueva desesperanza. La pareja asegura que antes de la cuarentena ya comenzaba a padecer. Salía a las 9:00 am de su apartamento y conseguía buseta cerca de las 3:00 pm. Se exponía, pero el sacrificio era para lograr ayuda.

“Ahora el confinamiento nos está momificando. Podemos caminar, pero hay intersecciones muy peligrosas y no nos atrevemos a ir solos sin que nadie nos ayude», aclara la esposa. Héctor recuerda que cuando comenzó la crisis del transporte tuvieron que irse en la puerta de una buseta. Milagros iba en el escalón y yo detrás de ella para cuidarla, y en ese bululú le sacaron el celular del bolsillo y lo dejaron incomunicado.

La crisis del transporte se ha agudizado en los últimos años en Cojedes; muchas rutas urbanas han desaparecido y las personas deben caminar entre tres y seis kilómetros para salir y llegar a sus hogares. 

«La situación me deprime»

Milagros reconoce que a veces se deprime porque ya la situación no es como antes. «Me da pena decirlo, pero yo muchas veces no tengo ni para comprar las toallas sanitarias. Tengo que colocarme trapos porque eso es lo que hay. No tenemos cómo comprar una crema dental, un jabón o un desodorante, que son cosas elementales», suspira Milagros y hace una pausa.

El bono por discapacidad que perciben Milagros y Héctor no alcanza para mucho, no les da ni para comprar los medicamentos para controlar la hipertensión crónica que padecen.

Frente a eso, Héctor prefiere ser optimista y dice que llevan la situación poco a poco, aunque no sea fácil. «Yo trabajaba de buhonero antes de perder la vista, no dependía de nadie y mantuve a mi mamá. Desgrané onoto, recogí y pelé quinchoncho. Luego de que me casé con Milagros montamos una bodega aquí y con eso uno se ayudaba, pero la misma situación del país hizo que ya no pudiéramos continuar», contó. 

Héctor y Milagros llevan 13 años juntos. Se conocieron en el taller laboral en San Carlos. Allí aprendieron lo elemental y el sistema Braille, que ya prácticamente no usan. El Braille es un sistema de lectura y escritura táctil pensado para personas ciegas. Se conoce también como cecografía. Fue ideado a mediados del siglo XIX por el francés Louis Braille, quien quedó ciego por un accidente durante su niñez mientras jugaba en el taller de su padre.

Milagros nació sin visión. Los doctores tuvieron que acelerarle el parto a su mamá, a quien le practicaron una cesárea porque sufría complicaciones del embarazo. Nació de ocho meses. Fue diagnosticada con retinopatía de la prematuridad, que es un desarrollo anormal de vasos sanguíneos en la retina, que ocurre en bebés prematuros y que en los casos graves provoca pérdida de la visión. 

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En cambio, Héctor sí pudo ver hasta los 25 años y luego quedó completamente ciego, lo que no ha sido impedimento para trabajar. Siempre anda buscando cómo generar dinero: vende hielo y café por onzas, lo que no le da muchas ganancias, pero se ayuda y puede comprar algunas cosas. 

Milagros es muy dicharachera y echadora de bromas, tiene un alto concepto de la amistad, es buena recordando fechas y no se olvida de llamar a los suyos el día de su cumpleaños. Incluso, les recuerda las fechas especiales a quienes comparten amigos en común.

Hay unos angelitos terrenales que siempre nos ayudan. Así los llamo yo, agrega Milagros. Le pido todos los días a Dios que los siga ayudando para que nos puedan tender la mano, señala mientras desvía una llamada de su celular. 

Héctor, sin embargo, es más reservado, aunque no pierde la oportunidad de bromear con quien tiene confianza. Lleva las cosas poco a poco, aunque no es fácil.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi) 2019-2020, en Venezuela hay 96% de pobreza de ingresos, 54% de pobreza reciente, 68% de pobreza de consumo y 41% de pobreza crónica. El ingreso del venezolano es de 0,72 dólares al día, concluye. Según el mismo estudio, los niveles de pobreza en Venezuela se comparan con los países más pobres del mundo y que tienen mayor inestabilidad política. Venezuela solo está detrás de Nigeria en materia de pobreza y desigualdad. 70% de sus hogares reportan inseguridad alimentaria grave y moderada. 

Héctor y Milagros son el rostro de los números que el 7 de julio de 2020 presentaron los investigadores de las universidades Católica Andrés Bello, Simón Bolívar y Central de Venezuela, instituciones que llevaron adelante el más reciente estudio de las condiciones de vida en Venezuela.

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