Hasta hurgar en la basura: dura historia de los migrantes arrollados en Portuguesa

Aurimar Carolina Garay y sus hijas, de 2 y 5 años, sobrevivieron a la embestida del carro que mató a su esposo en la autopista Los Llanos, y narró a El Pitazo lo que padecieron antes y durante los más de 30 días que caminaron desde Medellín, Colombia, hasta Venezuela

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Aurimar Carolina Garay y su esposo emigraron a Colombia a principios de noviembre de 2020 | Foto cortesía de la familia Mercado Garay

Acarigua.- La familia Mercado Garay caminó durante un mes unos 1.100 kilómetros desde Medellín, Colombia, y aún le faltaron 100 más para llegar a su destino, el estado Cojedes. La marcha se vio interrumpida por un auto que los arrolló la noche del viernes 22 de octubre, en el kilómetro 153 de la autopista José Antonio Páez, en Araure, Portuguesa.

«No sé si fue el viento que me elevó al monte o si el carro gris también me dio. Lo cierto es que cuando reaccioné, me pregunté: ‘¿Qué pasó?’, y se me salieron las lágrimas porque ya eran muchas cosas difíciles las que habíamos vivido«.

En medio del llanto de los pequeños pacientes y el de su propia hija, que gritaba mientras suturaban una de sus heridas en un cuarto de la calurosa emergencia pediátrica del hospital Dr. Jesús María Casal Ramos, este lunes 25 de octubre, tres días después del siniestro, Aurimar Carolina Garay le narró a El Pitazo su historia, no solo el trágico episodio en el que perdió la vida su esposo, Jesús Leonardo Mercado, sino el calvario que padecieron con sus hijas menores durante la salida de Colombia y el retorno al país.

La familia emigró a Colombia a principios de noviembre de 2020. En Venezuela la situación se había puesto dura. Jesús Leonardo Mercado no encontraba trabajo y no había dinero para dar de comer a las niñas, de 5 y 2 años. A pie y en cola, la mayoría de las veces en camiones o gandolas, llegaron al Táchira y de ahí partieron a Medellín, específicamente a Prado, un barrio ubicado en la zona norte de la comuna de La Candelaria, donde lograron mantenerse viviendo el día a día.

En principio, Mercado consiguió trabajo en una ferretería, con la mala suerte de que se presentó un problema con otras personas y los dueños del establecimiento decidieron despedirlo. Después fue empleado en una bodega para pintarla y limpiarla, pero no duró mucho. Así que el resto de los trabajos fueron momentáneos para el joven de 28 años.

Durante los últimos tres meses no hubo trabajo para el joven padre, así que a la familia le tocó hurgar en la basura y vivir de los objetos que encontraran en buen estado para vender. Diariamente, con esta actividad de «reciclaje», llegaban a hacer entre 20.000 y 30.000 pesos, que solo les alcanzaba para pagar el arriendo de donde pasaban la noche, en lo que llaman un «pagadiario» y para comer.

«Vimos que no nos resultó y decidimos volver. Un día mi esposo me dijo: ‘Nos vamos a Venezuela’. Agarramos los corotos, las niñas y tomamos camino».

A ciencia cierta, Aurimar Garay no sabe si fue un mes, más o menos el tiempo lo que les demoró llegar a Portuguesa. Para ella y su familia los días pasaban en largas caminatas con sus pertenencias y sus niñas a cuestas, y en sortear los peligros que se encontraban. Desde el principio del viaje de retorno a Venezuela se enfrentaron a lo peor.

«En La Dorada (Colombia) engañaron a mi esposo y le robaron el bolso donde traíamos los teléfonos, 100.000 pesos y sus papeles». Contó la joven que su esposo le preguntó a un hombre dónde podía encontrar un lugar para pasar la noche y que le cobraran barato, y el sujeto se lo llevó supuestamente para mostrarle una casa. 

«En el sitio le dijeron que entregara el bolso. Jesús preguntó para qué, y ahí lo pusieron a elegir entre su vida y el bolso. Después le dijeron que corriera, que escapara. Cuando mi esposo llegó a donde me había dejado, estaba muy asustado. Pensó hasta que me habían quitado a mis hijas, porque por esa zona se escucha que se roban a los niños», recordó la mujer.

Al llegar a la frontera entre Colombia y Venezuela, la familia intentó ingresar a Táchira por uno de los puentes, pero unos funcionarios de la Guardia Nacional les dijeron que debían dejar las maletas. No tuvieron otra opción que pasar por trocha, donde pagaron 10.000 por el equipaje que traían.

«En una alcabala en Táchira nos preguntaron si podían revisarnos las maletas y nosotros dijimos que sí, que no había problemas. Los guardias en principio nos pidieron 10.000 pesos, pero cuando les comentamos que no habíamos comido nada, parece que les partimos el corazón. Ellos mismos buscaron una bodega, nos compraron refresco y galletas, y más bien nos dieron 12.000 pesos», narra la joven.

En la travesía entre los estados Táchira, Barinas y Portuguesa, los esposos y sus hijas buscaban caminar lo suficiente de día para poder pasar la noche en algún pueblo, aunque algunas noches tocó a la intemperie, en medio de la nada. Siempre llevaron consigo una olla, y con leña cocinaban pasta, granos o arroz, que también eran parte del equipaje.

«Llegamos a dormir a las afueras de un kiosco o de un restaurante. Buscábamos un sitio techado para que las niñas no se mojaran por si llovía. En la ollita cocinábamos. Lo único es que no había ‘salao’ (carne). Y nos bañábamos en los ríos«.

Aunque Aurimar Garay y su esposo era de un sector conocido como Brisas del Guayabal, cerca del peaje Hato Viejo, en el municipio Nirgua, entre los estados Yaracuy y Carabobo, su intención era llegar a Cojedes, donde les había salido una oportunidad de trabajo.

«El día que salimos de Colombia, a Jesús le dijeron que había una finca que podía cuidar y ahí mismo trabajar, por eso decidimos regresar«, cuenta la esposa.

En el último tramo que recorrieron en Portuguesa, en un auto les dieron la cola y los dejaron en Ospino. Allí aprovecharon y se bañaron en el río Acarigua. «Estuvimos desde las cuatro de la tarde, hasta las siete de la noche, pero a mi esposo le entró una desesperación y me dijo que camináramos, que buscáramos llegar al pueblo para tomar agua y cocinar».

En el camino, trabajadores de las industrias de la zona que se desplazaban en bicicleta les regalaron una botella de agua fría. Ya había oscurecido, y como en otras noches, la única luz que los acompañaba era la de la luna y los reflectores de algunos carros que pasaban por la carretera.

«En La Flecha (Araure), a lo lejos veíamos las luces de una empresa y mi esposo me decía que faltaba poco, pero yo sabía que no era así. Él llevaba el coche donde estaba la niña pequeña y las maletas; eso iba muy pesado. Y también tenía agarrada de la manito a la otra niña».

Ninguno de los dos adultos sintió la aproximación del Chevrolet Corsa que los embistió. No vieron luces ni nada. Solo los sorprendió el impacto.

«Yo caí al monte. Mi niña pequeña se salió del coche, que se partió en dos, y también cayó al monte. La niña grande quedó en la acera con su papá. Sí sentí que el carro se paró, lo medio vi. Era gris, pero después se marchó. Miré a los lados y no vi a mis hijas. Me paré como pude. Estaba muy débil y con un pie doblado. Me caí otra vez y gateé hasta donde estaba la niña chiquita. Ella estaba quietecita, pero toda asustada. La grande no reaccionaba. Corrí a donde estaba, la levanté y tenía mucha sangre», recuerda Aurimar Garay.

Cuando ella se acercó al cuerpo de su esposo, temió lo peor, y gritó y gritó pidiendo ayuda, con la esperanza de que alguien pasara y se parara.

«Pasó una moto, se detuvo y nos vio, pero no nos ayudó. Siguió como si nada. Otros motorizados sí lo hicieron, preguntaron que había pasado y hasta me regañaron por caminar de noche con unas niñas, en medio de la oscuridad». Aurimar suelta lágrimas y traga grueso cuando recuerda que el joven de la moto le dijo que su esposo ya había muerto. «Yo gritaba y lloraba. Todavía me dan ganas de llorar y de gritar, porque lo que vivimos no fue fácil, pero me contengo por mis hijas». 

Los mismos motorizados llegaron hasta la estación policial de La Flecha y alertaron de lo sucedido a las autoridades. Una comisión trasladó a la joven y a las niñas al hospital de Acarigua-Araure y otra se encargó de levantar el cadáver de Jesús Leonardo Mercado y de ingresarlo a la morgue del mismo centro de salud.

La familia de la pareja se enteró de la tragedia la noche del sábado 23. La noticia del arrollamiento y del deceso del joven les llegó a través de una cadena de WhatsApp. Debieron esperar hasta el domingo para llegar en cola, desde Yaracuy, al hospital de Acarigua-Araure.

El cuerpo del muchacho fue trasladado la tarde del domingo hasta su lugar de origen y enterrado la mañana de este lunes 25 en un cementerio municipal. Ya estaba en avanzada descomposición. 

A las niñas y a la joven Aurimar Garay, ya acompañadas por su madre, hermana y una vecina, les dieron de alta también este lunes. Alrededor de las tres de la tarde tomaron nuevamente la autopista José Antonio Páez, donde esperarían cola para retornar a Yaracuy. No había dinero ni ayuda gubernamental para su traslado a casa

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