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miércoles, 18 mayo, 2022

Educadores realizan otros oficios para cubrir sus gastos familiares

Desde los directivos hasta el resto de personal, docentes, administrativos y obreros, se las ingenian para completar los ingresos mensuales porque los sueldos que devengan no les alcanzan para las necesidades mínimas de una familia de cuatro integrantes

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Barinas.- Salen de sus clases y se dedican a otros oficios. Unos venden comida o confitería que traen de Colombia, otros hacen manualidades, dan clases de música, sirven de entrenadores deportivos, son variados y tan agotadores como sus trabajos de educadores. Esa es la realidad que contaron a El Pitazo varios  maestros, obreros y personal administrativo que laboran en las escuelas Fe y Alegría Ali Rangel y Salvador Gilly de Barinas.

Jennifer Quintana es la directora de la escuela Ali Rangel y en sus 24 años de servicio ininterrumpido, no recuerda haber pasado por una situación económica tan crítica como la actual. Está convencida que el sueldo mínimo es insuficiente ante la situación económica por la que está pasando el país que no les permite una calidad de vida para sí y su núcleo familiar, por lo que se pronunció por un sueldo digno con el que puedan renovar sus vestuarios, comprar calzado, pagar atención médica, comprar alimentos para una dieta balanceada e incluso, tener momentos de distracción y esparcimiento.

Ella no tiene un trabajo extra, pero contó que entre su personal hay manicuristas, manualistas, entrenadores deportivos y vendedores que con esos oficios extra completan para suplir algunas necesidades de sus hogares.

Josefina Fernández, Olga Avancini, María Rojas y el profesor Alexander Serrano personal del Salvador Gilly. Foto: Marieva Fermín

Vende confitería

El trabajo de Yuraima Mejías ha sido durante 22 años en el campo administrativo de la escuela Salvador Gilly. Hoy se desempeña como asistente administrativo y aunque gana cerca de 500.000 bolívares, reconoce que eso no le alcanza para su subsistencia. Comienza a sacar cuentas y tan solo sumando los 5.000 bolívares diarios que gasta en transporte, la mitad de su salario se le va solo en cancelar ese servicio público.

Para paliar su situación, Yuraima viaja cada tres semanas a Cúcuta y trae confitería para venderla en el sector conocido como la Calle del Hambre los fines de semana. No es mucho lo que le gana, pero le permite redondearse una entrada extra de dinero para pagar el pasaje del sistema de transporte Bus Barinas, con el que se ahorra 500 bolívares.

Desde hace más de dos años ella siente que su situación económica cada vez es más precaria y por eso buscó la forma de completar para suplir sus necesidades más urgentes. Tiene mucho tiempo que no se compra un par de zapatos o se da el gusto de comprarse un pantalón.

Pero Yuraima no se va de la escuela: “Yo estoy casada con Fe y Alegría desde hace 22 años. Tengo esperanza y fe, confío en que Dios no me va a desamparar y me voy de aquí cuando me jubilen”, dijo.

Yuraima está casada con Fe y Alegría y prefiere vender confitería antes de dejar la institución en la que tiene 22 años. Foto: Marieva Fermín

Somos sobrevivientes

La historia de vida de Olga Avancini no es diferente a las de muchas de sus colegas. Tiene 23 años de labores ininterrumpidas en Fe y Alegría Salvador Gilly. Ha pasado como maestra de todos los grados, menos de prescolar y siente que con lo que le pagan le están vulnerando su derecho a tener condiciones de vida óptimas.

Cumple cabalmente con su misión en las aulas de la escuela porque ella apuesta por el bienestar de los niños, aunque elevó su voz para pedir un salario digno acorde con el trabajo que desempeña en la formación de los futuros profesionales del país.

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A la maestra Olga ni siquiera le alcanza para comprar un par de zapatos. Su hermana, quien está en otro país, es quien se los regala. Pero tampoco tiene cómo comprar una rueda para la silla de ruedas que se le dañó a su hijo que tiene una discapacidad y desde hace tiempo no puede usarla para su desplazamiento.

“Los educadores somos unos sobrevivientes”, comentó convencida la maestra. Ella apuesta a que la situación tiene que mejorar y que el gobierno debe reconocer que los maestros son vitales y esenciales  para el desarrollo del país. “Merecemos un salario digno, queremos cobrar igual que el ministro Isturiz porque lo que ganamos no nos alcanza ni para las hallacas. Gracias a Dios no estamos enfermos”, reflexionó.

La directora de la escuela Ali Rangel, Jenifer Quintana, está clara en que los sueldos no alcanzan para sobrevivir. Foto: Marieva Fermín

Vive de las remesas

Josefina Fernández y María Rojas son bedeles. Una tiene 21 y la otra 23 años de servicio. Igual que a los docentes, sus sueldos no les alcanzan. A Josefina, uno de sus hijos que está en el exterior le solventa con las remesas, “porque si no, no pudiera comer”, reconoce.

María no tiene quién la mantenga. Con su marido y sus hijas se las arreglan para subsistir con lo que ganan entre todos. Pero, en su tiempo como obrera en Salvador Gilly, nunca había atravesado por una situación económica tan crítica, dijo. Agregó que su salario a duras penas le cubre para pagar los pasajes hasta su sitio de trabajo.

En 25 años de servicio, Graciela Benalcaceres nunca había visto tanto desánimo en el personal docente de su escuela Salvador Gilly. Foto: Marieva Fermín

Docentes desmotivados

Su condición de coordinadora pedagógica de la escuela Fe y Alegría Salvador Gilly no le impidió a Graciela Benalcaceres que su personal docente se ha desmotivado por los bajos salarios y merman sus esperanzas y alegrías cuando cobran porque no les alcanza para cubrir sus necesidades en el hogar ni tampoco para comprar los insumos que necesitan para dar clases.

Ve cómo el proceso, la formación pedagógica que los niños van a recibir se ve interrumpida porque los profesores no acuden, pero no porque no quieran hacerlo, sino porque no tienen para el pasaje, tienen dificultades de salud, porque hay que comprar una bombona de gas, hacer la cola para retirar las bolsas de comida, y eso todo complica la asistencia de personal.

En la escuela, desde preescolar hasta sexto grado hay 21 docentes y en ocasiones, ahora con más frecuencia, en la mañana faltan tres y en la tarde cuatro. Esa es una situación que Benalcaceres calificó de crítica, porque tampoco hay docentes que hagan suplencias por los bajos sueldos que les pagan. Para suplir las faltas apelan a la colaboración de algunos representantes para no devolver a los niños a sus hogares.

En 25 años de experiencia, primer año que ella ve cómo se les ha puesto muy cuesta arriba el proceso de formación académica de los docentes en como atender a los alumnos, confesó la educadora.

De maestro a chofer

Alexander Serrano alterna sus clases con el oficio de taxista. Tiene a sus hijas viviendo en Colombia y atiene a sus padres que son jubilados como funcionarios públicos. Como educador, labora en una escuela pública y en una de carácter privada y aun así su sueldo no le alcanza.

Serrano confesó que tiene más de tres años que no se compra un par de zapatos, sus camisas y pantalones están remendados y en su casa ya no se hacen tres comidas sino dos. Ha rebajado de peso y se le hace difícil hasta cancelar la renta de su teléfono móvil.

Cuando sale de sus clases, se monta en su viejo vehículo y comienza a hacerle transporte a sus amigos. De no ser así, Serrano reconoce que la estuviera pasando peor y esas son razones que, según su criterio, son determinantes para promover un cambio de sistema de gobierno que reconozca la delicada labor de formación que tienen los docentes que se merecen un sueldo digno y acorde con su responsabilidad.

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