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martes, 2 marzo, 2021

La travesía para llegar a Táchira con prohibición de ingreso de autobuses

Samantha salió desde Tovar, estado Mérida, hasta San Cristóbal. En el camino debió pagar en alcabalas, caminar, llorar y hasta cargar a una niña que no era suya para ayudar a otra persona

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San Cristóbal.- La joven de 20 años viajó a Tovar, estado Mérida, el 20 de diciembre a pasar las fechas navideñas con su familia. El pasado 16 de enero intentó retornar a su residencia en San Cristóbal, pues comenzó clases y debía trabajar. La travesía no fue fácil. Samantha, cuyo nombre es utilizado para proteger su identidad verdadera, junto a otros pasajeros fueron víctimas de extorsiones para lograr llegar a sus hogares.

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El primer problema que consiguió fue la falta de transporte directo desde Tovar a San Cristóbal. Debió viajar primero hasta El Vigía y de allí intentar llegar a su hogar en Táchira. El transporte en Mérida le costó 1 dólar y aunque creyó que estaba más cerca de casa, no era así.

Al llegar a El Vigía le notificaron que no había transporte público al Táchira por la prohibición del Ministerio de Transporte como medida preventiva por el COVID-19. Debía viajar en un carro por puesto cuyo precio fue de 30 dólares. El valor del pasaje era totalmente distinto a lo que pagó en diciembre, pues de San Cristóbal a Tovar fueron 25 mil pesos colombianos, equivalentes a 7 dólares, y estos 30 dólares representaron 102 mil pesos.

Al pagar los 30 dólares a Samantha le quedaron solo 10 dólares para pagar el pasaje desde La Fría a San Cristóbal y quizás comer algo, pues desde las 4 de la mañana estaba intentando retornar al Táchira sin alimentarse. Pero al estar en el carro el conductor le indicó que debía pagar 10 mil pesos en cada una de las ocho alcabalas de la Guardia Nacional ubicadas entre ambos estados.

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“Gasté eso en las primeras tres alcabalas. Antes de llegar a la cuarta, el tipo del carro por puesto me bajó y dejó en medio de la nada. Tuve que caminar con mi maleta encima, sin saber dónde estaba. Pasé la cuarta alcabala y seguí caminando. Ayudé a una señora que iba con cuatro hijos a cargar a la niña. Al llegar a la quinta alcabala, el carro donde venía estaba parado. El conductor me vio y como que le dio remordimiento y me ofreció llevarme, pero que para evitarse problemas debía bajarme en cada alcabala y pasarla a pie. Él me esperaría más adelante”, relató Samantha a El Pitazo.

Así fue. Caminaba algunos tramos y el conductor la esperaba para ir acercándola hasta el terminal de La Fría hasta que finalmente llegó. Allí fue consciente de otro problema: no tenía dinero para pagar de La Fría a San Cristóbal. Lloró, suplicó e imploró al transportista que la dejara subir al autobús y que al llegar al terminal de pasajeros, su novio pagaría los 12 mil pesos o 3,50 dólares.

Llegó a la una de la tarde a San Cristóbal y, en efecto, su novio la esperaba con el dinero para cancelar lo que debía para llegar a casa.

Tarifas fijas y acordadas

“Se ve que es toda una red de acuerdos. Los militares tienen de tarifa 10 mil pesos, pero si tienes un billete de 20 mil por ejemplo, no dan vueltos. Lo mismo con los dólares. Entonces uno pierde sí o sí. Yo gasté hasta lo de la comida para pagar e igual me vi en el medio de la nada, con el celular escondido y aferrada a mi maleta”, narró Samantha.

Mientras estuvo en el carro por puesto observó cómo el conductor llegaba a las alcabalas, se estacionaba automáticamente, pedía el dinero a los pasajeros y se bajaba a entregárselo a los funcionarios militares.

En los ocho puntos fue así. Nunca vio que los uniformados pidieran dinero o exigieran la suma que ya el chofer les había anticipado, tan solo se bajaba en cada punto de control, casi de manera espontánea y pagaba.

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