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viernes, 12 agosto, 2022

Damnificada en Trujillo: “Mire cómo quedó mi casita. Lo perdí todo” 

Cuatro sobrevivientes del colapso de sus viviendas en el sector El Llanito, en la parroquia La Puerta, estado Trujillo, cuentan cómo su sector pasó de ser un valle encantador a convertirse en montañas de lodo, escombros y ruinas debido a los deslizamientos ocurridos el pasado 27 de junio

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Por Ismar Linares

Trujillo.- Cuatro familias quedaron a la deriva. Sus viviendas fueron declaradas inhabitables. Dos de ellas quedaron tapiadas con lodo y escombros. Están en ruinas. Otra tiene tan solo sus paredes y techo, y la otra está en riesgo.

Lo que parecía ser una tarde de lluvia como cualquier otra terminó, el lunes 27 de junio, en momentos de desesperación, incertidumbre, dolor y pérdidas para los habitantes del sector El Llanito, de La Puerta, estado Trujillo. A las tres de la tarde de ese día un fuerte olor a lodo los alertó de que algo pasaba, y esas precipitaciones se convirtieron en tres deslizamientos de barro, tierra y escombros, uno detrás de otro, que terminaron cubriendo las calles y sus casas. 

Los gritos de unos y las súplicas de otros, que intentaban resguardarse y no encontraban qué hacer, se combinaban con los fuertes estruendos que venían de la quebrada que se forma en lo alto de la montaña y desemboca en la carretera. Esta tragedia deterioró 52 viviendas habitadas, cuatro de las cuales quedaron inhabitables. El Pitazo se acercó a las cuatro familias que perdieron prácticamente todo para conocer mediante sus propios relatos cómo vivieron los hechos. 

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Pérdidas que duelen 

“Llovía muy fuerte. Yo me asomaba y todavía pasaban carros, hasta que me comenzó a oler a barro. En cuestión de segundos nos salimos todos de la casa y vimos cómo reventó esa quebrada y ya nada la detuvo”, cuenta Kleyber, uno de los afectados de la comunidad, quien luego de más de 15 días del hecho mantiene uno de sus pies enyesado. 

Entre los principales perjudicados también se encuentra la familia de Kleyber: su esposa, dos hijas y un hijo. Lo perdieron todo y por poco este episodio les cobra la vida del padre. “Yo me tiré porque pensaba que estaba el niño de la vecina encerrado. Yo que paso y la pared que se revienta y se mete todo el barro”, relata quien al ver que la casa de su vecina se estaba tapiando no dudó en querer rescatar al hijo, que no estaba en el lugar. Intentó un rescate, pero no sabía que minutos después les tocaría ver en primera fila cómo el lodo, los escombros y todo lo que bajaba lo dejaba sin nada. 

“Mire, pase, vea cómo quedó mi casita. Lo perdí todo”, comenta Aracelys Espinoza con lágrimas en los ojos. Ella, esposa de Kleyber, es una mujer de 55 años que labora como obrera en un colegio en La Puerta y ha vivido gran parte de su vida en esa casa que vio quedar en ruinas. “¡Ay diosito, mi casita!”, susurra con voz quebrantada mientras sube las manos a su cabeza sin poder evitarlo una y otra vez. 

Otra del grupo de vecinos que suma pérdidas es Yelitza Rivas, una madre soltera. Hace menos de dos meses había logrado abrir una bodega pequeña en su propia casa, esta misma que heredó de su madre y en la que vivía con su hijo de 10 años. Ella había salido a sus labores y nunca pensó que al regresar se encontraría con esa amarga escena.

“Cuando llegué, la primera creciente ya había entrado a mi hogar y estaba por venir la segunda. Allí pude ver cómo acababa con mi negocio, el portón y mi vivienda”, exclamó Rivas mientras caminaba entre las ruinas, que llegaban unos centímetros más abajo del techo de lo que fue su residencia. En más de una oportunidad el relato quedó en silencio y las palabras fueron limitadas debido a la nostalgia y tristeza por lo vivido. 

Esta madre debió ver cómo todas sus pertenencias se escondían entre el barro, como si se tratara de una película de terror. A su hijo y a ella les tocó ser los protagonistas sin querer serlo. En medio de la incertidumbre, la penuria y la necesidad, cada uno agradece a Dios por permitirles salir de esta tragedia. 

“Si no me resuelven yo no aguanto, yo me devuelvo”

Darnilet Salas es una mujer de 40 años y paciente oncológica. Ella también es víctima de la desolación. Aunque su casa mantiene todas las paredes, el lodo entró y cubrió sus pertenencias: “Tal vez se me logre salvar la cocinita, pero perdí de ropa interior para arriba”, contó a El Pitazo. La orden es no habitar más esa casa, pero no ha sido reubicada y vive en un cuarto prestado.

“Yo no me aguanto. Si no me reubican, yo me devuelvo a mi casa. Estoy agotada”, expresó Salas. La reubicación es su exigencia del momento a los organismos del estado, cuyos representantes se acercaron y prometieron ayudar, pero no regresaron más. 

Una cuarta familia, por orden de Protección Civil y por seguridad, debe desalojar la casa en la que por años ha estado. Aunque un muro salvó la casa, en cualquier momento los miembros del grupo familiar pueden vivir otro episodio peor. Leonor Gonzales, de 68 años, quien reside allí, se niega a dejar esas cuatro paredes que a ella y a sus hijos los han cobijado. 

Los días pasan, las semanas se hacen más largas y estas cuatro familias siguen esperando ser reubicadas. Entre murmullos, los vecinos se preguntan, se consuelan y se dan fuerzas. Mientras, quienes perdieron hasta sus camas esperan que la demora no se vuelva eterna, que un refugio no sea la solución y que los organismos del estado no se olviden de su existencia. Este es un episodio que, en voz de los afectados, parece algo pequeño, pero a ellos les llevó la mayor parte de sus pertenencias.

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