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sábado, 21 mayo, 2022

LA GENERACIÓN DEL HAMBRE | Monagas: donde la niñez se alimenta de la caridad

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| Foto: Rayner Peña

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Verónica es de alma libre. Virginia, su mamá, la describe así. Quizás es porque a los 5 años de edad no se sienten ataduras y porque la vida es multicolor, y a ella le gusta el morado. Es una niña que revolotea en lo que conoce como su casa, su cuarto y, durante las noches, su baño: un espacio de cinco metros de largo por seis metros de ancho.
Es así: la única puerta es de latón, abajo está corroída. Hay tres colchones a medio vestir con un hilo de sábanas sucias y rotas. Las paredes tienen rastros de lo que alguna vez fue blanco y ahora están grisáceas. Ropa, envases plásticos, hojas de papel y algunos juguetes están regados en el piso. Virginia abre poco la ventana.
Pero en ese espacio, Verónica es feliz. Juega, brinca y salta de colchón en colchón junto a sus siete hermanos. Allí hace las tareas sentada en el piso o apoyada en una cama. Allí, llora por hambre. Su hogar está en la calle Las Tijeras de Las Cocuizas, parroquia homónima de Maturín, estado Monagas, al oriente del país.
No le gusta recogerse el cabello, que a simple vista luce seco y esponjado. Usa ropa sucia y anda descalza. Cuando se ríe, deja ver sus dientes primarios manchados y con caries.
Verónica tiene brazos, torso, espalda y piernas delgadas, pero no porque esa es su contextura, sino porque está recuperándose de la desnutrición. Pesaba 12 kilos cuando llegó al programa que tiene Cáritas de Venezuela en Maturín para atender a otros 49 niños con su misma condición en Las Cocuizas, una de las cuatro parroquias católicas donde tiene presencia esa organización en Monagas.
Ahora pesa 16 kilos. Su mejoría ha sido lenta porque cada semana la iglesia solo le garantiza cuatro comidas: tres desayunos de jueves a sábado y el almuerzo del domingo. Son platos que contienen proteínas, carbohidratos y hortalizas, y a veces son la única comida del día, afirma su mamá.
Virginia explica que de lunes a miércoles comen lo que consiguen pidiendo limosnas, o lo que recibe del exalcalde de Maturín, José Maicavares, quien la ayuda a título personal. A veces, prende un fogón en el patio de una vecina para cocinar lentejas con arroz o pasta..
| Foto: Rayner Peña

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Manejar el desprecio

Verónica prefiere el arroz con pollo y las chupetas, pero no recuerda cuándo las comió por última vez. Lo que sí recuerda con facilidad es lo que le dice la gente cada vez que acompaña a su mamá a pedir dinero en el mercado, las panaderías o las verdulerías de su comunidad. “Que vaya a trabajar, ¿qué más?, responde Verónica, interrumpiendo una conversación entre adultos.
El desprecio de la gente es algo que Virginia aguanta y aunque los miren con recelo, sigue adelante. Por eso, camina hasta ocho horas al día, porque tiene que alimentarlos.
Cuando Virginia no reúne el dinero, se ofrece a limpiar la iglesia Santo Domingo de Guzmán o la casa parroquial a cambio de comida. No trabaja porque asegura que no tiene quién le cuide a sus hijos. No cuenta con Petra, su madre, porque es una señora de 70 años que también necesita ayuda.
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| Foto: Rayner Peña

.A veces almorzamos y no cenamos o no desayunamos. Hacemos una sola comida, porque no tenemos cómo comprar eso, una buena comida. Aquí hay un Consejo Comunal, pero aquí no hay ayuda de nadie”, dice Virginia.
Es, precisamente, por no tener qué comer que se quejan sus niños.
Me provoca darles una arepa en la mañana… Lo más triste es cuando las niñas lloran y me dicen: ¡mamá, tengo hambre! Se me han presentado emergencias con ellos, uno de los varoncitos convulsiona. Hubo una noche que le dio una fiebre muy alta, lo bañé y al rato convulsionó, tuve que salir en la noche con él a un hospital. Salí caminando hasta la parada y un señor me dio la cola hasta el hospital, porque si no se me muere. Yo sobrevivo por los niños”.
| Foto: Rayner Peña

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Monagas en datos

De acuerdo con un censo que adelanta la Asociación Civil Por amor a ti, seis de cada 10 niños tienen problemas de malnutrición en el estado Monagas. Esta estadística es producto de visitas a 15 comunidades en 2018, asegura Manuel Velásquez, presidente de la asociación, conformada por médicos y voluntarios, que atiende a los niños de comunidades pobres. “Los preescolares, de dos a cinco años, son los casos más graves”, sostiene.
Por su parte, Cáritas Venezuela tiene el registro de 320 infantes con desnutrición en cuatro parroquias católicas: Santo Domingo de Guzmán, en Las Cocuizas; Nuestra señora del Santo Rosario, en Sabana Grande; San Ignacio, en La Puente; Nuestra Señora de Coromoto, en Jusepín, y Virgen del Valle, en Quiriquire, municipio Punceres.
El presbítero Gerónimo Sifontes coordina esta organización en Monagas y afirma que a la fecha no ha muerto ninguno de esos niños y que están en revisión médica. “Todos están en estado moderado actualmente”, dice, en referencia a la desnutrición de los niños de su región..

| Foto: Rayner Peña

.Los registros de la emergencia pediátrica del Hospital Universitario Dr. Manuel Núñez Tovar aportan otro dato: 42 lactantes han fallecido durante 2018 por desnutrición, un promedio de 4,6 decesos al mes. 70 por ciento de esos bebés, es decir 28, vivían en la zona urbana de Maturín mientras que el resto vivía en otros municipios.
Virginia tomó conciencia del riesgo que corrían Verónica y Daniela, la menor de sus hijos, cuando una doctora la examinó en una jornada de Cáritas de Venezuela. Ella, Isis Lunar, le dijo que podían morir por falta de alimentación. La pediatra es voluntaria en Cáritas Venezuela y estuvo entre el grupo de especialistas que evaluó a los 50 niños que entraron al programa Vivero de Cáritas, donde Verónica está inscrita para evitar una recaída.
En abril examinaron a los infantes y detectaron que “algunos (estaban) en condición más crítica, por debajo del percentil 3, algunos en menos 3. Niños de 4 o 5 años que debían pesar alrededor de 15 kilos y medir 100 centímetros, entonces, estaban en peso de 8 o 9 kilos con talla en 80 centímetros, cosa que es un extremo de bajo peso y baja talla. Todos están en condición de riesgo, ninguno está en el peso ideal”, expone.
| Foto: Rayner Peña

.Pobreza que deshumaniza

“La mayoría de estas familias comen una vez al día porque tienen recursos muy mínimos. Lamentablemente en muchos hogares la alimentación no es prioridad”. Así lo afirma Isis Lunar, la pediatra de Cáritas.
El padre Sifontes ve esta situación desde otra perspectiva. Argumenta que el aumento de los casos de desnutrición tiene su origen en el sistema de gobierno instaurado en Venezuela. «Para nosotros el sistema socialista que se ha impuesto en Venezuela es un sistema empobrecedor, es un sistema criminal, es un sistema que nos está llevando a una especie de deshumanización”.
Lo que dice Sifontes tiene respaldo en las cifras sobre pobreza del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), publicadas hasta 2015. Los números evidencian cómo entre 2008 y 2015 fue aumentando la pobreza en Venezuela. En 2013, cuando el presidente Nicolás Maduro asume el poder, el indicador comienza a subir: en 2014 se situó en 32,6 por ciento y al año siguiente llegó a 33,1 por ciento. Para 2013, en el estado Monagas había 91.674 hogares pobres, 50.461 no extremos (24,5 %) y 41.213 extremos (20,0 %). Desde ese año no hay cifras publicadas.
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| Foto: Rayner Peña

Esos números se traducen en lo que el padre Gerónimo Sifontes encuentra en las casas de los niños del Vivero. “Vemos familias hacinadas, que no tienen el mínimo de salubridad, el mínimo de condiciones como para brindarles a sus hijos un crecimiento integral”.
No son ni siquiera casas estructurales, son ranchos: habitaciones divididas por láminas, por cartones, por telas, camas que están improvisadas con madera, con palos que arman con cartones, con dos o tres sábanas encima. No tienen cocina sino un fogón.
Ni el hambre ni la pobreza impiden que Virginia quiera lo mejor para sus hijos, como cualquier madre. Ella sueña con que sus ocho hijos estudien. También se imagina en una casa, con habitaciones y baños para cada uno de sus muchachos, con televisores y DVD, con vista al mar como en el estado Sucre.
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En cumplimiento con la legislación venezolana, fueron cambiados todos los nombres de los niños y familiares contenidos en el material periodístico publicado en El Pitazo, con el objetivo de proteger su integridad

 

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