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sábado, 23 enero, 2021

LA GENERACIÓN DEL HAMBRE | Lara: lágrimas de necesidad

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| Foto: Hirsaid Gómez

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A veces, de verdad, siento que ya no puedo, no tengo ánimos de pararme. Me levanto cada día por mis hijos”, dice Rocío, una madre soltera de 30 años y con VIH. Su vida está en riesgo porque no ha tomado antirretrovirales por más de 90 días. Como otras personas con este virus, tiene problemas para acceder a los fármacos como
Viraday, que escasea en el Programa Nacional de Sida (Pronasida).
Aún así, Rocío sigue en pie para cuidar de sus hijos: Mariana, de nueve años; las gemelas Carolina y Camila, de cinco años; y Juan, de un año y medio. Los cuatro tienen desnutrición.
| Foto: Hirsaid Gómez

.Las gemelas pesan 14 kilos, cuatro kilos por debajo del ideal y miden 1,02 metros, seis centímetros menos de lo que prevén las tablas para unas niñas de cinco años. Mariana aún no roza los 22 kilos cuando su peso ideal es de 33. Entre tanto, Juan pesa 8,6 kilos en lugar de 11.
| Foto: Hirsaid Gómez

.La familia vive en el barrio La Batalla, al oeste de Barquisimeto, estado Lara, ciudad ubicada a cuatro horas y media de Caracas, capital venezolana. Alambres de púas, troncos y tapas de zinc son la cerca de la modesta casa que el Gobierno construyó a medias. No hay baño o agua por tuberías, solo tres cuartos, tres bombillos y un par de tomacorrientes en desuso porque no tienen nevera, ni televisor; tampoco una licuadora que encender.
.Aunque la casa quedó inconclusa, Rocío siente que el techo es seguro. Hasta 2011 ese terreno lo ocupaba un rancho inestable..
| Foto: Hirsaid Gómez

Dormir con hambre

Rocío sabe lo que es pasar la noche con el estómago vacío. Sus hijos también.
¡Mamá, tengo hambre!
No tengo nada, vamos a acostarnos. Mañana veré qué les doy.
La madre ha tenido, una y otra vez, esta conversación con Carolina y Camila, cuando las ollas están vacías. Se desvela llorando porque no hay comida. Recurre a su hermana, que también es de escasos recursos y le tiende la mano con una auyama o lo que tenga en su casa.
Antes los tenía que acostar con dos comidas nada más, a veces con una sola, a veces sin nada. Ahorita un poquito, pero comen. No debería darles tan poca comida por ser niños, pero para que me rinda tengo que hacerlo así, todo medidito”.

| Foto: Hirsaid Gómez

Rocío no sabe cómo hacerle frente a la desnutrición. “Eso es lo que más me preocupa. Son mis hijos; verlos con fallas de peso es fuerte”. Sueña que sus hijas puedan lograr lo que se propongan. “Las gemelas quieren ser doctoras”.
Las niñas iniciaron el preescolar a los cinco años y no a los cuatro, como se recomienda. La falta de recursos es la razón. En casa no hay lápices, colores ni cuadernos para que Carolina y Camila vayan a clases, mientras ellas sueñas con no perderse ni un día para subir al columpio. Es la primera vez que irán a un parque. “Es porque no las he llevado nunca a un parque. A veces me dicen: “Mamá, vamos a salir, llévanos a pasear”, pero para ir hay que tener plata”, lamenta Rocío. Le da tristeza que nunca les ha comprado helado y la única vez que comieron algo en la calle fue hace dos años. Sus tíos les brindaron un perro caliente: “Lo recuerdan como si fuera ayer”

| Foto: Hirsaid Gómez

La insuficiente ayuda del Estado

En sectores populares del estado Lara, las familias dependen de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (Clap) para acceder a productos de primera necesidad.
Donde viven las gemelas reparten las bolsas de comida cada 15 días. Incluyen arroz, pasta, harina y azúcar y granos; ocasionalmente salsa y aceite. La entrega de comida a domicilio por el Gobierno resulta insuficiente para los cuatro niños y tres adultos que hay en la casa.
La familia recibe dos bonos mensuales a través del carnet de la patria, un documento de identidad instaurado por Maduro en enero de 2017, que, con un código QR, identifica a los ciudadanos que reciben algún tipo de ayuda social del Gobierno y le permite al Estado conocer el estatus socioeconómico de su titular. Con este dinero se limitan a comprar verduras, porque el subsidio del Estado no alcanza para más nada. También en el Instituto Nacional de Nutrición (INN) les dan una caja de alimentos cada dos meses.
La mamá confiesa que le da prioridad a la alimentación de los niños. Sacrifican el desayuno o la cena cuando el pequeño estante de madera se queda sin nada.
Trata de contener el llanto cuando sus cuatro hijos quedan insatisfechos después del almuerzo o la cena. “Tenemos ya como tres años así”

| Foto: Hirsaid Gómez

.La desnutrición no queda solo en el peso o en el informe médico para los niños y para Rocío, cuyo peso también es bajo. Sus cuerpos son la evidencia. Los cinco tienen la piel reseca y con heridas, sus cuerpos delgados, y el cabello opaco, con dos tonos. Esta decoloración del cabello, también conocida como Síndrome de la Bandera, es provocada por la deficiencia de Vitamina A, causa de la desnutrición por micronutrientes. Además de la decoloración del cabello, la carencia de esta vitamina debilita el sistema inmunológico, aumenta el riesgo de que el niño contraiga infecciones como el sarampión y enfermedades diarreicas, afecta la salud de la piel y, en extremo, puede provocar ceguera.
Si se enferman no tienen medicamentos para aliviar la fiebre o un resfriado. “Yo era de las que tenía dos, tres, frasquitos de acetaminofén. Ahora les hago guarapitos, si no me dan los remedios en el CDI”, o Centros de Diagnóstico Integral módulos de salud instaurados por Hugo Chávez, que son atendidos por médicos cubanos.
Tampoco vive cerca de los centros médicos: el ambulatorio más cercano queda a nueve kilómetros, y el hospital a 13. Como 90 por ciento del transporte en su sector no funciona, y no puede trasladarse grandes distancias, cuando surge una emergencia, acude al CDI. El transporte en La Batalla es, además de escaso, caro. Para llegar al Seguro Social o al Hospital Pediátrico de Barquisimeto debe tomar dos carros de ida y dos de venida. Por la falta de transporte público en Barquisimeto, la mamá ha subido a los camiones 350 que llaman “rutachivo” y trasladan a los pasajeros sin las medidas de seguridad mínimas. “Uno arriesga la vida de los hijos en esos camiones”.
| Foto: Hirsaid Gómez

Una dieta deteriorada

Según el Observatorio Venezolano de Seguridad Alimentaria, el consumo de carnes y aves en niños menores de cinco años disminuyó de 41 por ciento, entre octubre y diciembre de 2016, a 22 por ciento, en el último trimestre de 2017. La ingesta de pescado cayó de 24 a 12 por ciento en el mismo período; los lácteos, de 59 a 26 por ciento y, en el caso de los huevos, que eran la proteína más económica, su consumo pasó de 47 a 29 por ciento. El consumo de leguminosas, en cambio, aumentó de 26 a 31 por ciento.
La dieta de Rocío y sus hijos se transformó con la crisis. “Antes no comíamos bien, pero sí comíamos. A veces pollo, caraoticas, arroz, pasta con su salsita. Ahorita no”, cuenta la madre barquisimetana, y explica que la carne, el pollo, los huevos, el queso o la leche dejaron de llegar a su mesa porque los ingresos no alcanzan.
En casa de las gemelas no hay carne, ni nevera para almacenarla desde marzo de 2018.
“A veces me dicen: ‘Mami, quiero comer pollo, quiero comer carnita’. De hecho, cuando cobré los bonos, hace cinco meses, les compré carne molida y les hice pasta. Todos los días hablaban de lo mismo: “Yo comí pasta con carne, abuela. Yo comí pasta con carne’”.  
A Rocío le entristece que sus hijos sufran por la desnutrición y piensa en el futuro. Desconoce cuáles son sus expectativas de vida sin antirretrovirales para que el VIH no cause estragos en su cuerpo y no sabe qué les depara el destino a sus hijos.
“Mis hijos, en sí, no saben en verdad lo que yo tengo, porque nunca se los he dicho. Pero sí les digo que tienen que portarse bien, quererse como hermanitos, porque no sé el día que yo vaya a faltarles a ellos”.
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En cumplimiento con la legislación venezolana, fueron cambiados todos los nombres de los niños y familiares contenidos en el material periodístico publicado en El Pitazo, con el objetivo de proteger su integridad

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