Este es el retrato de una de esas tantas familias fracturadas: mamá y papá se fueron indocumentados a Colombia y sus cuatro hijos pequeños quedaron –también sin papeles– con los abuelos en un barrio de Petare. Una historia contada en clave epistolar entre Liza López y Ginna Morelos

Quería pedirle si puede llamar a mi hija para saber si está bien. Hace más de dos semanas que no sabemos nada de ella. No nos ha llamado. Con esto del coronavirus estamos asustados. Dígale que los niños están bien y que nos llame cuando pueda. Que se cuide mucho por allá.

Los niños saltan del mueble al piso, y del piso al mueble. Están en casa de los abuelos, fastidiados, porque tampoco fueron a la escuela hoy. Leo, el mayor, el que tiene siete años, se distrae con la televisión. Yeison, a quien llaman «Coco», «Coquito», el de cinco, y Leidi, de cuatro, se trepan en el descanso de la ventana para ver, aferrados a la reja, cómo la vecina limpia la entrada del rancho. Yulismar, la de 10 meses, acaba de despertarse de su siesta. Hay mucho alboroto. La señora Carmen, la abuela de todos, corre al cuarto para atenderla.


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“El limbo de una familia rota” es una de las historia de la investigación periodística “El rastro de los hijos migrantes” realizada entre Historias que laten y El Pitazo, de Venezuela, en alianza con La Liga Contra El Silencio de Colombia que cuenta la odisea de niños y adolescentes que han sido forzados a cruzar la frontera entre Venezuela y Colombia en la búsqueda de mejores condiciones para vivir. Las historias, que se cuentan en un especial multimedia, son producto de la beca para Proyectos de Investigación Transnacional otorgada por Instituto Prensa y Sociedad en 2019.

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