Las protestas comenzaron humildemente, pero fueron creciendo en la medida en que se fue desbordando una frustración que llevaba semanas incubándose en los ánimos de los ciudadanos. Lo del Metro fue la gota que derramó el vaso, pero el vaso ya se había ido llenando de otros rencores

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Por Adriana Pérez Gilson

Cuando las cacerolas comenzaron a sonar, todas las tensas y recientes imágenes vinieron a la memoria: protestas, colas, barricadas, fuego en las calles y en los edificios. Como si estuvieses ante una película, con sus respectivas secuelas, que ya viste y no te gustó el final.

Pequeñas protestas ya se habían dado durante la semana en las estaciones del Metro de Santiago. Comenzó con 15 minutos de retraso un día, en un vagón de metro, por disturbios en las instalaciones. Quien vive en esta ciudad sabe que ese tiempo genera un caos en el resto de tu jornada.

Al día siguiente, fueron 20 minutos más. La protesta la iniciaron estudiantes de bachillerato con la llamada operación Evade: usar las instalaciones del metro de la ciudad sin pagar en rechazo al aumento del pasaje decretado por el gobierno de Sebastián Piñera.


Hay un descontento generalizado desde hace tiempo; hubo dos aumentos en el servicio eléctrico en menos de seis meses. También aumentaron el gas y la gasolina


El viernes 18 de octubre, el clima de tensión alcanzó su punto más álgido; ya no se trataba solo de los 30 pesos del aumento del pasaje. Circularon las pancartas, los mensajes por las redes sociales: “No es el metro. Es la Dignidad de una sociedad”.

Así vino el caos en una ciudad de aparente orden y tranquilidad: interrupciones del fluido eléctrico en el Metro de Santiago y el inevitable colapso del medio de transporte, por el que se movilizan tres millones de personas en la capital de Chile. Las protestas en las calles, el destrozo de las estaciones del metro, el incendio en la torre de Enel (empresa que gestiona la distribución de la energía eléctrica), los saqueos, la quema de buses y las cacerolas. Las ollas sonaron durante toda la noche como un sonido perverso que te hace sentir en casa, pero que no quieres escuchar.

Quien se haya detenido a conversar con algún chileno, y por conversar me refiero a escucharlo efectivamente sin querer llevarle la contraria o decirle que no tiene motivo para quejarse, podrá entender que hay un descontento generalizado desde hace tiempo: hubo dos aumentos en la tarifa del servicio eléctrico en menos de seis meses que ya de por sí es considerado costoso. También aumentaron el gas y la gasolina. Está el tema de las AFP, que vienen a ser el equivalente a la pensión del Seguro Social, un sistema sumamente criticado por ser considerado una miseria. El asunto de fondo es más profundo y complejo. Hay marcadas diferencias entre izquierda y derecha. Son temas que te parecen gastados y en los que no te quieres inmiscuir.

Escuchas y quieres contarles tu historia sobre el fracaso en eso de “democratizar” los servicios públicos; quieres hablar sobre la gente desnutrida, sobre la carencia de hasta algodón en los hospitales donde todo era gratis, de las kilométricas caminatas para llegar a tu casa porque no hay transporte público; quieres contarles de la miseria de los profesores universitarios cuyos sueldos no alcanzan para comer, que las colas de la gasolina son todos los días, que puedes pasar semanas sin gas, sin agua, que se imaginen pasar por todo eso sin luz, pero te contienes porque después de todo, nadie conoce las goteras de la casa ajena.

Tras las revueltas de esa noche del viernes, ves a miles de ciudadanos varados tratando de caminar para llegar a sus casas. La quema de cuatro autobuses más los destrozos en el metro ocasionó la suspensión de TODO el sistema de transporte público en la ciudad. Las grandes cadenas de tiendas y supermercados ordenaron cierre masivo de los establecimientos cuando comenzaron los saqueos. Otra vez escenas de películas que parecen repetidas.

El punto de quiebre fue el sábado siguiente. Te levantas para ir al mini market cercano y ves una larga cola de personas esperando turno para ingresar. Entran de cinco en cinco. Te dan ganas de llorar. Tras cruzar varias fronteras, de dejar todo lo construido para empezar otra vez en, literalmente, el último país del continente, te ves entrando con desespero a un supermercado y corres a tomar el ultimo tarro de café disponible en el estante. No hay más palabras. La imagen, el sentimiento, la desazón la conocemos de sobra.


La protesta la iniciaron estudiantes de bachillerato con la llamada operación Evade


Se decreta estado de excepción, luego estado emergencia hasta que llega un toque de queda. El primero en Santiago en pleno siglo XXI. El último fue en 1987. No recuerdas haber vivido un toque de queda en Venezuela, al menos no conscientemente. Un amigo abogado informa que en nuestro país hubo uno en 1992. Se cuentan los muertos, 11 confirmados. los detenidos, que suman más de mil. Más de 60 oficiales heridos. Destrozos que no puedes contar.

Militares en las calles. Helicópteros sobrevolando la ciudad. “Estamos en guerra contra un enemigo poderoso e implacable que no respeta a nada ni a nadie y que está dispuesto a usar la violencia sin ningún límite, incluso cuando significa la pérdida de vidas humanas, con el único propósito de producir el mayor daño posible», dijo Piñera ante la nación este domingo. En respuesta, la ultra izquierda envió cadenas de whatsapp convocando a la “huelga general anticapitalista”.

No es solo un problema del pasaje; el país ya no puede más, todos los trabajadores, estudiantes, dueñas de casa han dicho basta, estamos cansados de que un porcentaje de este país, que son cinco familias, estén llevándose todas las riquezas de esta tierra”, declara una manifestante, Cecilia González, ante medios de comunicación.

La brusca alza de los precios de dólar y del petróleo es el argumento por el cual se han producido los incrementos de las tarifas de los servicios públicos. El presidente Piñera revirtió el aumento de los 30 pesos de pasaje del Metro e informó sobre una mesa de diálogo para escuchar al ciudadano.

Pero el ruido de las cacerolas no cesa, ni los saqueos, ni las sirenas. El eco desde allá, de aquello que dejaste, se repite así como las noches sin dormir. No se va tampoco la incertidumbre.

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