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miércoles, 21 abril, 2021

El Papa bendice al mundo en soledad por el coronavirus

Francisco dedicó unas palabras a quienes han servido a la humanidad en el entendido que nadie se salva solo, como personal de salud, seguridad, comercio y religiosos. De ellos dijo que son ejemplo de valentía y generosidad porque ante el miedo, han reaccionado dando su propia vida

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Roma. En una plaza San Pedro desierta, envuelta en silencio y mojada por la lluvia incesante en Roma, el Papa Francisco ofreció a los fieles del mundo una ceremonia inédita, una homilía y una bendición que fue seguida a través de los medios de comunicación y las redes sociales del Vaticano.

«Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos», dijo el Papa al comenzar su mensaje a la ciudad de Roma y el mundo.

Francisco impartió la histórica bendición Urbi et Orbi desde la cátedra de la plaza de San Pedro del Vaticano como consecuencia de la emergencia del coronavirus, que ha causado en Italia más de 9.000 fallecidos.

La cita de este cuarto viernes de Cuaresma ha sido una oración universal, que propuso el propio Jorge Bergoglio el domingo tras el rezo del Ángelus, con otra característica especial: todos los católicos han tenido la oportunidad de obtener la indulgencia plenaria, tal y como lo estableció recientemente Francisco en el decreto de la Penitenciaría Apostólica, en el que otorga indulgencias a todos los enfermos con coronavirus, a sus familiares, a quienes les cuidan y a todo el que reza «para pedir el cese de esta pandemia, el alivio de los que sufren y la salvación eterna de los fallecidos».

Foto: Efe.

Francisco dedicó unas palabras a los «médicos, enfermeros, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas» y a todos aquellos «que comprendieron que nadie se salva solo». De ellos dijo que son ejemplo de valentía y generosidad porque «ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida».

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Son «personas comunes -corrientemente olvidadas- que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show, pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia», expuso. También tuvo un recuerdo especial para los «padres, madres, abuelos y abuelas, docentes» que enseñan a los niños, «con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración».

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Desde la cátedra como obispo de Roma, invitó a toda la humanidad a reflexionar en medio de esta crisis sobre la importancia de la fraternidad y de la solidaridad, frente al individualismo y el egoísmo. Opinó que las personas han avanzado durante años sintiéndose «fuertes y capaces de todo, codiciosos de ganancias», dormidas «ante guerras e injusticias», sin escuchar a los pobres y los enfermos, y pensando en que estaban «siempre sanos en un mundo enfermo».

Foto: Efe

La ceremonia, sin precedentes en el Vaticano, comenzó a las 18.00 hora local (17.00 GMT), cuando el Papa desde la glorieta de la plaza vaticana se dirigió al mundo en un mensaje.

Al término del mensaje a la humanidad, se acercó despacio hacia la puerta central de la basílica de San Pedro, -antes de ir al sagrario dispuesto para los 15 minutos ante Jesús Sacramentado con el que bendijo al mundo- para rezar ante la imagen de la Virgen Salus Populi Romani y el Cristo crucificado.

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El ícono de la virgen habitualmente está en la Basílica de Santa María la Mayor y el Cristo en la Iglesia de San Marcello. Ante este último, el pontífice rezó el pasado domingo 16 de marzo. De esta visita dejó una fotografía memorable: el camino de San Pedro hacia San Marcello por las vías de una Roma vacía, con sus gentes resguardadas en sus casas.

La imagen de este Cristo fue llevado en procesión en 1522 por Roma para pedir el fin de la peste que asolaba la ciudad y desde entonces ha sido llevado en procesión a San Pedro cada Año Santo, alrededor de cada 50 años.

La Santa Sede ha ordenado el cierre hasta el 3 de abril de la plaza y de la basílica de San Pedro, como medida de precaución ante la propagación de esta pandemia, que ha dejado ya al menos cinco casos positivos en el interior del Vaticano.

La bendición Urbi et Orbi -a la ciudad y al mundo- se imparte, ordinariamente, en tres ocasiones: cuando el papa sale al balcón pontifico al ser elegido sucesor de Pedro, el 25 de diciembre por la Fiesta de la Natividad y en la mañana del Domingo de Resurrección por la Pascua. En cualquier fecha diferente es potestad del pontífice convocar el rito de modo extraordinario.

En 1942, el papa Pío XII lo hizo con motivo de su Jubileo Episcopal y del XXV aniversario de las apariciones de Fátima. El papa Francisco ha querido tener ahora un gesto extraordinario, cuando el mundo sufre la expansión de este virus que se ha cobrado ya la vida de más de 25.000 personas en el mundo. El pasado 25 de marzo, todos los fieles del mundo fueron convocados por el papa a rezar juntos un «Padre Nuestro«.

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