Miguelón, entrenador de baloncesto en San Agustín: trabajo por los chamos no por dinero

Luego de ser llamado ‘‘escuálido’’ por voceros del consejo comunal, al entrenador Miguel Molina le quitaron el acceso a la cancha del barrio La Ceiba, en Terrazas del Alba en San Agustín. En su lugar, pusieron a otra persona ajena a la comunidad. Sin embargo, la escuela de baloncesto de Miguelón se mantiene

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El entrenador Miguel Molina sostiene que el deporte no debe estar vinculado a temas políticos - Foto Andrea Garofalo

Una vida marcada por la delincuencia y malas decisiones dejaron a Miguel Molina, conocido como Miguelón en la barriada de San Agustín, Caracas, sin movilidad en las piernas, pero con una gran motivación: lograr que los niños no vieran en las armas una solución a sus problemas en casa.

Desde hace 12 años inició un proyecto de baloncesto en las calles de la comunidad, y de ahí pasó a la cancha de la zona popular La Ceiba, ubicada en el sector Terrazas del Alba, lugar donde centró sus entrenamientos. Cerca de 60 jóvenes de San Agustín han visto en ese deporte una oportunidad de crecimiento y han podido abrirse espacio en el campo profesional, siete de ellos como jugadores (5 hombres y 2 mujeres) en el equipo Bucanera de La Guaira y uno en Super Liga.

Miguelón tuvo una vida marcada por la delincuencia y malas decisiones.  Ahora se refugia la pasión del baloncesto para enseñar a los chamos de la comunidad

Durante su juventud no tuvo el apoyo familiar para dedicarse al baloncesto y ahora se refugia en esa pasión deportiva para enseñar a los chamos de la comunidad. No quiere que repitan su historia, quiere verlos jugando en los mejores equipos.

Una salida impuesta

El proyecto de Miguelón marchaba bien en La Ceiba, hasta que en agosto de este 2021, miembros del consejo comunal lo calificaron de “escuálido” y le quitaron el acceso a la cancha. En su lugar, pusieron a otra persona. Un hombre que no es entrenador ni pertenece a la comunidad, según aseveró Molina.

En su opinión, el deporte no debe estar vinculado a temas políticos, no importa si el apoyo viene de una tolda u otra, de una fundación o una empresa, lo importante para él es que con ese aporte puedan alejar a los niños y adolescentes de las bandas criminales y ofrecerles oportunidades.

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‘‘Yo trabajo por los chamos, no por el dinero. Es triste ver a una madre llorar a su hijo en una tumba o que sufra por miedo a su futuro en una cárcel’’, relata desde su experiencia, ya que delinquir lo mantuvo atrapado entre el temor ‘‘a morir por los policías o los malandros’’.

Con el apoyo de los vecinos, los deportistas de la zona, los integrantes de la ONG Caracas Mi Convive y el impulso de Miguelón, se acondicionó el espacio deportivo. La cancha se iluminó, el piso ya no era gris, los colores iban del amarillo al morado con armonía, las paredes emulaban con sombras a la ciudad de Caracas. Sin duda reflejaba un trabajo de esfuerzo, unión y hermandad. Así dejó Molina la cancha, en la que ahora no puede entrar.

Luz en la oscuridad

Hubo un antes y un después no solo en la apariencia del campo, también en el uso del mismo. Miguelón no aceptó las condiciones del nuevo encargado, ni menos la forma cómo lo nombraron. Él y sus muchachos ahora entrenan en otro espacio. En la cancha mantienen la reja cerrada con llave y quienes deseen usarla deben tener la aprobación del director. Varias disciplinas se mantienen en La Ceiba.

‘‘Nunca tuvimos problemas en la cancha. Nuestra escuela la mantenía y la prestábamos para generar ingresos así fuera con la colaboración de un cepillo’’, cuenta el profesor Miguel Molina desde su silla de ruedas, la cual no le ha impedido formar a los jóvenes en ese nuevo espacio que ha ido acondicionando con un tablero, mancuernas, conos y balones para sembrar conocimientos.

No seguir en esa instalación deportiva no representa para él y sus muchachos una limitación, sino lo contrario. Volver a empezar significa aprender de los errores, pasar tiempo con su familia y no rendirse a seguir creando un futuro sano para los jóvenes del barrio. Miguelón asegura no estar triste por lo sucedido, pues lo mejor es lo que está por venir.

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