A propósito del Día del Estudiante Universitario, El Pitazo cuenta las historias de cuatro jóvenes que a las luchas habituales que implica obtener una licenciatura le suman los obstáculos que son producto de la crisis económica y política que atraviesa el país

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La vida del estudiante universitario pasa entre libros, cuadernos y lápices. Si se pudiera medir, podría cuantificarse en horas de lecturas nocturnas antes de parciales o en los amigos que llegan y se van a lo largo de la carrera. En Venezuela, también se cuentan las horas que se pasan en cola, en el metro o en una camioneta; o en cuantas guías se estudian a la luz de las velas o las prendas de ropa que quedan limpias luego de días sin agua.

En un país que atraviesa un proceso hiperinflacionario que acumula 3.326%, según registro de la Asamblea Nacional; con 94% de los hogares en pobreza por insuficiencia de ingresos, de acuerdo con Encuesta Nacional de Condiciones de Vida 2018 (Encovi) y un salario que no llega a 15 dólares, ser estudiante universitario significa llegar a la meta luego de haber superado obstáculos en una carrera en la pista de un sistema educativo que se desgasta día tras día.

En las universidades públicas, el alumnado denuncia la insuficiencia del presupuesto otorgado por las autoridades ministeriales y, por tanto, las fallas de servicios como el transporte y el comedor y el deterioro de las infraestructuras. Quienes estudian en universidades privadas hablan de los sacrificios que implica pagar la matrícula, como tener uno o dos trabajos o renunciar a gustos personales como salir a comer o comprar ropa de vez en cuando.

Pero todos coinciden en que para obtener una licenciatura hay que atravesar un camino pedregoso, pero que vale la pena. Confían en que su esfuerzo se traduzca en un cambio positivo para la sociedad venezolana.

Cada 21 de noviembre se conmemora el Día del Estudiante Universitario, desde 1957 cuando la Seguridad Nacional tomó la Universidad Central de Venezuela y detuvo a varios jóvenes luego de que generaran una huelga como protesta en contra de Marcos Pérez Jiménez.

El Pitazo reúne las voces de cuatro jóvenes que cuentan cómo es ser estudiante universitario en Venezuela:

Abraham Laya, 23 años, cursa el décimo semestre de Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab) | Andrés Rodríguez

Abraham Laya

“Los estudiantes venezolanos somos unos guerreros”

Para Abraham, los estudiantes universitarios en Venezuela son unos guerreros. Como los personajes de Salvando al Soldado Ryan, que enfrentan pruebas a diario y muchos piensan en rendirse. “Vamos a esta guerra y perdemos amigos, la mayoría porque se va del país o porque necesita trabajar antes que aprender. Y cuando uno está solo, a veces piensa qué será del futuro, si sobreviviremos, si esta guerra realmente vale la pena”, dice.

Las batallas habituales de un estudiante son investigar hasta tarde, dormir pocas horas y renunciar a algunos fines de semana; pero Abraham Laya, de 23 años, le suma los problemas que son productos de una crisis económica, social y política: el traslado de su casa a la universidad, estudiar cuando la energía eléctrica falla, posponer una actividad para almacenar agua y tener que trabajar para poder pagar la matrícula. “Guerreros. Los estudiantes venezolanos somos unos guerreros”, insiste.

Está en décimo semestre de Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab). En julio de 2018, la oficina de cooperación económica le otorgó un financiamiento de 100%. Por ahora, no trabaja y admite tener cierta comodidad gracias a sus padres, pero de no ser por la beca de la institución, probablemente no podría graduarse.

Vamos a esta guerra y perdemos amigos, la mayoría porque se va del país o porque necesita trabajar antes que aprender

Abraham Laya

Aunque el costo de la educación universitaria no es un problema para Abraham, sí los son las deficiencias de los servicios públicos. Hasta marzo de este año, iba en metro desde la parroquia Candelaria, donde vive, hasta Montalbán, sector en el que está ubicada la Ucab. Un viaje que le tomaba no más de una hora, comenzó a quitarle por lo menos una hora y media. A veces, podía pasar hasta 40 minutos esperando por un tren. Decidió movilizarse en autobús y el recorrido no pasa de una hora.

No es el único que ha visto cómo empeora su calidad de vida; asegura que la Ucab también refleja la caída del poder adquisitivo y la hiperinflación. Ahora la feria no está llena y los profesores dejaron de pedir guías impresas o libros; todo el material bibliográfico está en digital.

En la batalla, Abraham cree que sus mejores aliados son los docentes: “Vale la pena estudiar en Venezuela. Hay muchos profesores comprometidos y debemos aprovechar eso”. Aunque confiesa sentirse en un limbo: “No tengo deseos de quedarme en Venezuela, pero tampoco tengo planes de irme”. Por ahora, quiere reunir todo el capital intelectual que sea posible.

Zlatka Rebolledo, 24 años, cursa el último trimestre de Biología en la Universidad Simón Bolívar (USB) | Andrés Rodríguez

Zlatka Rebolledo

“Solo personas enamoradas de sus carreras logran terminar”

Los paros del personal docente y administrativo, los más de 100 días sin agua y el apagón masivo son las razones por las que Zlatka, estudiante de Biología de la Universidad Simón Bolívar (USB), está atrasada un año y medio. La prueba final, su tesis de grado, ha tenido varios obstáculos: cuando estaba terminando, una falla eléctrica que afectó a todo el país la obligó a detener la investigación y eso retrasó todo el proceso. La graduación sería en julio y ahora será en el primer trimestre de 2020.

Pero Zlatka no se rinde. Antes de eso ya había superado varias pruebas. Entre 2018 y 2019, la USB estuvo sin servicio de agua durante 100 días. Para alguien que estudia Biología, el agua es fundamental, porque en muchas prácticas se utilizan químicos y si no se cuenta con las duchas de seguridad, es un riesgo hacerlas. “Incluso en los primeros trimestres hay una práctica que es, literalmente, jugar con agua”, cuenta.

También superó un trimestre en el que debía llegar desde El Hatillo, lugar en el que vive, hasta la USB por su propia cuenta porque los autobuses de la universidad estaban detenidos por falta de repuestos. Un día tenía un parcial y le tocó caminar; tardó más de una hora, pero llegó a tiempo.

La amo con pasión. La Simón es un oasis, a pesar de los problemas. Gracias a la universidad he logrado muchas cosas

Zlatka Rebolledo

Como Zlatka es tesista, solo debe ir a la universidad los lunes, sin embargo, va todos los días porque en su casa no tiene internet y debe terminar su trabajo final de grado. Además de la investigación, la asesoría de su tutor depende de la conexión, porque él vive en República Dominicana y solo conversan mediante videollamadas.

Cuando se le pregunta si le gustan su carrera y la universidad, es enfática: “La amo con pasión. La Simón es un oasis, a pesar de los problemas. Gracias a la universidad he logrado muchas cosas. Gracias a la Simón soy buza certificada”. También insiste en que vale la pena seguir estudiando: “Debemos apostar por las universidades y por las ciencias”. Confía en que las adversidades forjan a los jóvenes y permiten desarrollar grandes proyectos.

Zlatka cree que ser estudiante universitario en Venezuela significa ser valiente. “No todos lo hacen. Solo personas enamoradas de sus carreras logran terminar”, asegura.

Gabriel Castro, 23 años, cursa el sexto semestre de Derecho en la Universidad Santa María (USM) | Ronald Peña

Gabriel Castro

“Para seguir estudiando tienes que ponerle corazón”

Gabriel cree que estudiar no garantiza el éxito, pero sí hace el camino más fácil. Aunque el éxito para él, por ahora, es terminar el pregrado. “Estudiar es una lucha. Para seguir estudiando tienes que ponerle corazón”, dice. Él cursa sexto semestre de Derecho en la Universidad Santa María (USM).
Para poder costear sus estudios trabaja manejando las redes sociales de tres empresas. En un mes puede generar por lo menos 70 dólares, que fue lo que pagó por la matrícula del primer trimestre del período que comenzó a finales de septiembre.

Cuando Gabriel habla de ponerle corazón no se refiere a la dificultad de las materias o a las horas de investigación, sino a todo lo que hay que hacer para poder estudiar. Él vive en Guatire y para llegar a su clase de las ocho de la mañana debe salir de su casa a las seis. Dentro de la universidad también hay problemas: los baños no tienen agua y los trámites son sumamente lentos. Aunque admite que desde que comenzó el semestre ha notado que el internet mejoró.

Yo espero que sí sea útil, que pueda hacer algo con mi carrera, pero la verdad es que no tengo certeza de nada

Gabriel Castro

Cuando piensa en emigrar, siente que es una idea tentadora, pero admite que no sabe si su carrera le servirá en el exterior. Aunque tampoco sabe si le servirá de algo aquí. “Yo espero que sí sea útil, que pueda hacer algo, pero la verdad es que no tengo certeza de nada”, dice.

A pesar de las dificultades, Gabriel se reconoce afortunado en muchos sentidos. Él aún puede salir algunos fines de semana y estudiar en una universidad privada, también come todos los días. “En comparación con mucha gente, estoy en una situación de comodidad”, admite. Gabriel le pone corazón, sobre todo, para no rendirse.

Ayskel Aponte, 20 años, cursa el tercer semestre de Arquitectura en la Universidad Central de Venezuela (UCV) | Andrés Rodríguez

Ayskel Aponte:

“A los estudiantes no se nos da la importancia que realmente tenemos”

Ayskel sueña con crear nuevos mundos. Por eso, en 2017, viajó desde Delta Amacuro y se instaló en la capital para estudiar Arquitectura en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Tiene 20 años y cursa el tercer semestre de la carrera. Pasa sus días entre cartulinas, láminas de anime y silicón.

Su mamá es directora de un preescolar y su papá es ingeniero; aunque la ayudan con el pago de la residencia –que son 30 dólares- y la alimentación, Ayskel trabaja como recreadora de fiestas infantiles para poder comprar los materiales que exigen sus profesores. En una jornada de tres horas puede ganar casi cuatro dólares, pero la cantidad de eventos a los que asista al mes depende de la temporada. Hay meses en que trabaja tres fines de semana y en otros, uno. En un semestre puede gastar hasta 70 dólares en una materia.

Como muchos ucevistas, ella tampoco tiene beca y no cuenta con el comedor de la universidad que, pese a que se reactivó hace poco, tiene una cobertura de 1.200 almuerzos diarios frente a una población estudiantil de 28.000 personas, según las estimaciones de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales (Faces).

La arquitectura puede generar muchos empleos, además en esta facultad hay muchísima creatividad

Ayskel Aponte

Muchas veces, Ayskel piensa en emigrar, pero cree que, sin su título de licenciada, no podrá lograr nada, ni en el exterior ni acá: “A los estudiantes no se nos da la importancia que realmente tenemos. Ni las autoridades ni los políticos. Creen que porque no nos hemos graduado no tenemos voz ni poder. No nos valoran”. Además, emigrar significaría renunciar a su sueño.

Confía en que su generación pueda impulsar cambios positivos. Por ejemplo, ella sueña con que algún día sus maquetas se materialicen y sean estructuras reales que transformen ciudades; también sueña con poder hacer un aporte a la sociedad con su conocimiento: “La arquitectura puede generar muchos empleos, además en esta facultad hay muchísima creatividad”.

Para Ayskel, ser estudiante universitario en Venezuela es una prueba de supervivencia que requiere paciencia y resistencia. Ella está decidida a llegar a la meta.

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