La fe mueve montañas y a Carlos Ávila lo hizo caminar ocho kilómetros descalzo

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Caracas.- Carlos Ávila no pudo conciliar el sueño la noche previa al miércoles santo. No sabe si fue por la visita que le haría al Nazareno de San Pablo o porque no estaba suficientemente cansado. Cuando comenzó a aclarar el día, se puso un pantalón, una franela blanca y, encima, una túnica púrpura. Púrpura nazareno. Los zapatos y las medias los guardó en una bolsa y comenzó a caminar.

Desde hace tres años, cuando su hija menor se salvó de un cuadro diarreico agudo, va desde Boquerón, sector de la carretera hacia El Junquito, hasta la Basílica de Santa Teresa descalzo. Ocho kilómetros. Quizás más. Pero lo hace con gusto, porque la advocación de Jesús que carga la cruz en la espalda nunca lo ha desamparado.

Foto: Luis Miguel Cáceres

Salió de su casa veinte minutos antes de las seis de la mañana y llegó al templo para la misa de las ocho. Desde que recuerda, cumple con la tradición que comenzó hace más de dos siglos, luego de que la escultura del Nazareno de San Pablo ermitaño, creada por Felipe de Ribas durante el siglo XVII, sanara a los caraqueños de una epidemia de peste de vómito negro, según la comunidad católica.

La fe comenzó gracias a su madre, que lo levantaba a las cuatro de la madrugada cada miércoles santo para ir a visitar la basílica. También fue gracias a su madre que puso su fe a prueba. Hace 27 años, un diciembre, cuando ella murió a causa de un golpe en la cabeza, Carlos se sintió abandonado, sintió que flaqueaba. Sin embargo, la Semana Santa del siguiente año cumplió, porque es el Nazareno quien cura el dolor de su alma.

Foto: Luis Miguel Cáceres

Carlos camina con paso apurado. No se detiene, tampoco parece cansarse, puede hablar y caminar, casi trotar, perfectamente sin hacer pausas para respirar con calma. No muestra dolor ni se queja. El tiempo de caminata, un poco más de dos horas, lo utiliza para reflexionar y agradecer. A sus 49 años, piensa que lo más valioso que tiene son sus ocho hijos y con ese pensamiento le basta para llegar al templo. No le importa pasar por agua empozada, desperdicios regados por la acera o pisar algún vidrio por accidente.

Al llegar a la basílica se sorprende porque ni siquiera hay cola para entrar. En otros años, la fila rodearía la cuadra completa del Teatro Municipal y la sede principal del Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería (Saime), explica. Aunque la fe no muere, no se trata de eso, asegura, cree, más bien, que los problemas que ahogan al venezolano a diario le han quitado tiempo para la espiritualidad.

Foto: Luis Miguel Cáceres

En la eucaristía, la fe se manifiesta de diferentes maneras: muchos lloran, algunos cierran sus ojos y mueven los labios en lo que parecen plegarias, otros se mantienen de rodillas. Para Carlos es suficiente prestar atención a la homilía y seguir con su voz los cantos del coro. Admira la figura de Jesús, agacha la cabeza, se persigna y vuelve a mirarla. La mira, absorto, como si olvidara el resto del mundo por unos segundos. “Cada año se encorva más”, cree Carlos.

La fe, la devoción, la esperanza son misterios que Carlos no intenta descubrir. Como tampoco intenta entender los milagros. Hace menos de un mes intentaron robarlo durante la madrugada cuando iba de regreso a casa. Lo golpearon en la cabeza y es lo último que recuerda. Se salvó porque unos familiares pasaron por allí y lo vieron. Se siente bendecido. También recuerda cómo rodó cerca de 100 metros en la autopista Francisco Fajardo al caer de una moto. No tuvo ningún tipo de lesión y él cree fervientemente que fue gracias a la protección del Nazareno.

Foto: Luis Miguel Cáceres

Aunque no como en otros años, dentro de la basílica la gente se acumulaba en las puertas laterales para acercarse a la escultura de Jesús cargando la cruz. Sus devotos se apretujaban y sacaban teléfonos y cámaras para fotografiar y grabar. “Este año por lo menos nos acercamos, porque otras veces, ni lo veo”, cuenta Carlos.

Al terminar la eucaristía, Carlos se pone sus medias y sus zapatos. Sonríe un poco, como quien logró llegar a la meta después de correr kilómetros. Camina hasta la estación de Capitolio para llegar hasta Propatria. Respira. “Uno queda con un dolor en los talones, pero sabrosito, porque cumpliste”.

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