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lunes, 4 julio, 2022

Apagón nacional: testimonios de caminantes de una Caracas a oscuras

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Caracas.- El jueves 7 de marzo, las calles de la capital venezolana se llenaron de caminantes. La luz se fue minutos antes de las cinco de la tarde, el Sistema Metro dejó de funcionar y las pocas unidades de transporte superficial no eran suficientes para trasladar a todos los pasajeros.

Desde Palo Verde hasta Propatria, las principales avenidas estaban abarrotadas de personas de todas las edades intentando llegar a casa antes de que el sol se ocultara. Los más jóvenes apuraban el paso y muchas personas de la tercera edad se tomaban de las manos para no tropezar con los baches o caer en algún hueco. Las aceras se volvieron ríos infinitos de gente.

Hacia el oeste de la capital, la oscuridad magnificaba el miedo; ni siquiera los ojos de Hugo Chávez que miran desde las escaleras de El Calvario estaban iluminados. Muchos caminaron durante horas hasta llegar a casa sin saber que se trataba de un apagón nacional que ya sumó tres noches y sigue parpadeando en la mayor parte del territorio nacional.

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Parque Central – El Paraíso. Seis kilómetros. Dos horas

Marcos Pérez estaba en su clase de ballet ese jueves, como no estaba participando, aprovechó para revisar su celular. A las cinco de la tarde comenzó a sentir que la señal telefónica fallaba, pero pensó que era algo normal. Cuando supo que se había ido la luz, también pensó que era normal. En Valencia, su ciudad natal, el servicio de electricidad falla semanalmente. A las seis y media, cuando la clase terminó, se enteraron de que se trataba de un apagón nacional. Bajó desde el penthouse de la torre en la que está la escuela de ballet con dos compañeros. Más de 20 pisos. Nunca los cuenta, mucho menos los contó ese día que apenas podía ver los escalones.

Recuerda que cruzar la avenida México para ir hacia la parada de autobuses que está en Bellas Artes fue un reto: debieron correr moviendo los brazos para que los conductores pudieran verlos. Las colas en la parada eran de más de dos cuadras; decidieron caminar. La avenida Lecuna era un río de gente que gritaba constantemente el #MaduroChallenge. Para Marcos, era un canto perenne, como los de los coros en las tragedias griegas.

Sus amigos lo acompañaron hasta la entrada de la avenida principal de San Martín. Llegando a la avenida Páez de El Paraíso ya Marcos arrastraba los pies para no caerse o tropezarse. Sintió miedo, mucho miedo. Escuchaba gritos y detonaciones, o eso parecía. Trataba de trotar para llegar más rápido pero no quería llamar la atención. Llegó a su casa y, ni siquiera después de haber cruzado la puerta de la residencia, el miedo lo abandonó.

Sabana Grande – Catia. Ocho kilómetros. Una hora y media

Anyeimar Requena supo que se había ido la luz y prefirió no esperar. Comenzó a caminar por el bulevar de Sabana Grande hacia Plaza Venezuela. Le impactó ver a tanta gente. Afuera de las estaciones del metro, muchos esperaban. Caminaba rápido para llegar a casa antes de que oscureciera. Todos los locales que vio estaban cerrados. Cada tanto, apuraba más el paso, aunque estaba cansada. A su alrededor, todos mencionaban a la mamá de Nicolás Maduro. Vio a ancianos con bastones, a muchos en sillas de rueda, algunos que caminaban tan rápido como ella y otro que hacían paradas para descansar en cada cuadra.

Llegando a la plaza O’Leary, muy cerca del Palacio de Miraflores, Anyeimar tropezó y cayó en un hueco. No veía nada, solo oscuridad, así que no pudo evitarlo. Sintió mucho dolor, pero no paró, de hecho, caminó más rápido. Llegó a Catia, vio la hora y supo que lo había logrado en menos de dos horas.

Como en casa no estaban ni su mamá ni su hermana, se quedó a dormir en el apartamento de una vecina. No se acordaba del dolor, ni de la caída. En la mañana cuando despertó, la cobija estaba manchada con sangre y tenía una herida profunda en la pierna izquierda. Le dolía mucho y estaba hinchada; aun así, se sintió afortunada de haber llegado. Se quedó pensando en la gente que iba más lejos.

La Hoyada – Los Palos Grandes. Nueve kilómetros. Dos horas

Misle González trabaja en el centro de la capital. Normalmente sale a las seis y media de la tarde; pero, en lo que se fue la luz, a las cuatro y media, decidieron irse a sus casas antes de que el transporte colapsara. Ya había colapsado. Como Misle no es de Caracas, le cuesta entender cómo se movilizan los ciudadanos cuando el metro falla.

Caminó por la avenida Universidad, atravesó el Parque Los Caobos para llegar a Plaza Venezuela. En un momento se le ocurrió mirar hacia atrás y la cantidad de gente le impactó, aunque era mucha más la que caminaba en dirección contraria a ella, hacia el oeste. Misle solo ha visto tantas personas en las marchas convocadas por la Asamblea Nacional en lo que va de año.

Le sorprendió ver a funcionarios policiales cuidando los cruces peatonales, sobre todo, para resguardar a quienes caminan con la ayuda de bastones y andaderas.

Le sorprendió ver a funcionarios policiales cuidando los cruces peatonales, sobre todo, para resguardar a quienes caminan con la ayuda de bastones y andaderas. Por momentos, sintió que el miedo era casi tangible. Cada vez era más la gente que caminaba más rápido. Cuando llegó a Chacao, el sol no era suficiente para iluminar las calles y ya no había compañía, entonces, aumentó el pánico, pero también la velocidad de su paso. Logró llegar segura, pero la ansiedad no se le quitó por el hecho de llegar a casa.

Chacao – Montalbán. 16 kilómetros. Tres horas

Joaquín Montinho caminaba desde Chacao a Chacaíto cuando se fue la luz. Entraba a la estación, ya a oscuras, cuando un operador ordenó la desocupación total del sistema. Decide volver al bulevar de Sabana Grande para llegar hasta Plaza Venezuela, pensando que la línea 2, que conecta Zona Rental con Zoológico, suroeste de la capital, estaba operativa. A veces el metro falla en algunos tramos nada más, pensó.

Le sorprendió la cantidad de gente que también caminaba; en el bulevar, solo algunos locales tenían electricidad. La estación de Plaza Venezuela estaba cerrada, Zona Rental no, pero ya estaban desalojando a todos los usuarios. Entre la multitud, coincidió con un señor que iba hacia Antímano, un sector muy cerca de Montalbán. Decidió, junto a muchos otros, caminar hacia Capitolio, en el centro de Caracas. Atravesaron el Parque Los Caobos y llegaron a La Hoyaron. En algún momento, Joaquín miró hacia atrás y se sintió como en una de esas marchas en las que apenas hay espacio para mover los brazos.

En El Silencio, las colas en las paradas de los autobuses que van hacia El Paraíso y Antímano ocupaban cuadras completas. Prefirió seguir a pie por la avenida principal de San Martín. Entró a un local que tenía luz, la señal de su teléfono funcionaba y logró comunicarse con su familia y le contó lo que pasaba. También le prestó el celular a una señora que necesitaba llamar.

Se separó del grupo cuando llegaron a La Paz. Se movilizaba por las calles porque las aceras están llenas de imperfectos y temía caerse. Llegó a Montalbán. Luego de haber caminado 16 kilómetros, no recordaba que todavía le faltaba subir 12 pisos.

Pensó que por ser joven pudo aguantar la caminata, el cansancio y el miedo. Pero se quedó pensando en todas las personas de la tercera edad que dejó atrás, sobre todo, las que iban más lejos que él.

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