El tachirense Pedro Enrique Mora Suárez pensó que su sueño de radicarse a Estados Unidos se había cumplido el pasado 8 de octubre cuando llegó a Texas. Cuatro días más tarde, el Gobierno de Joe Biden dictó una medida migratoria que prohíbe a los venezolanos entrar de forma irregular a ese país y Mora, junto con unos 300 compatriotas, fue devuelto a México. El joven de 22 años contó su historia a El Pitazo

Pedro Enrique Mora Suárez supo que estaba siendo deportado cuando una ciudadana con acento mexicano le preguntó qué hacía allí, sorprendida al ver la larga fila de hombres y mujeres que con uniformes atravesaban –en sentido contrario a ella– el Puente Internacional Brownsville-Matamoro, uno de los tres que cruzan la frontera de Estados Unidos con México,​ ubicado entre Texas y Tamaulipas.

El joven de 22 años, oriundo de la ciudad de San Cristóbal, estado Táchira, fue expulsado de EE. UU. sin saberlo, junto a otras 300 personas más. El muchacho es parte del primer grupo de migrantes irregulares que las autoridades estadounidenses sacaron de su territorio la tarde-noche del miércoles 12 de octubre, tras el anuncio y la aplicación del Título 42, una política fronteriza que durante la pandemia permitió a los funcionarios de migración expulsar a inmigrantes a México por motivos de salud pública.

Esta nueva disposición migratoria de EE. UU. impide que personas como Pedro Enrique y otros miles de venezolanos, que van a pie desde Panamá hasta México, ingresen irregularmente a territorio estadounidense. La medida fue emitida por el Departamento Nacional de Estados Unidos (DHS, siglas en inglés), que de forma conjunta con el gobierno mexicano busca reducir la entrada de migrantes venezolanos por la frontera suroeste entre los dos países.

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Los hombres fueron separados de las mujeres. Muchos de sus compañeros desconocen a dónde fueron a parar sus esposas e hijas. “Nos sacaron con el brazalete y el uniforme de preso, y en una bolsita nos dieron las pocas pertenencias que nos quedaban, porque cuando cruzamos el canal nos hicieron botar lo que llevábamos con nosotros”, contó Pedro Enrique en una entrevista vía telefónica con El Pitazo.

Sacados a la fuerza

El joven migrante había ingresado a Estados Unidos el sábado 8 de octubre y fue procesado el domingo 9, pero hoy está a la deriva. Junto a otros venezolanos sometidos al mismo peregrinaje, se encuentra en Ciudad de México, a la afueras de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar), hasta donde fueron trasladados en buses, pero sin obtener mayor información de su estatus ni de lo que pasará con ellos.


Nos sacaron con el brazalete y el uniforme de preso y en una bolsita nos dieron las pocas pertenencias que nos quedaban, porque cuando cruzamos el canal nos hicieron botar lo que llevábamos


Los que conforman este grupo de expulsados narraron que fueron sacados de las celdas migratorias en las que estuvieron en Estados Unidos, que tienen una capacidad para 120 personas, pero donde hacinan hasta 600 migrantes. Pasaron por una carpa, un viaje en avión y otro en autobús, esposados de manos y pies y con una cadena atada al cuerpo.

“Nos movieron hasta un avión que iba a la ciudad de Laredo (Texas), donde supuestamente íbamos a terminar el proceso migratorio. Ya nos habían tomado las huellas, una fotografía y se quedaron con nuestros documentos en Juárez. Todas las pertenencias que llevábamos nos las hicieron botar. Cuando nos montaron en el avión, pensamos que toda esa pesadilla que habíamos vivido en la travesía para llegar a Estados Unidos había acabado”, relató Pedro Enrique.

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Todos fueron desposados y desencadenados al bajar del avión y subieron a un autobús que los dejó en Brownsville. Allí fue donde Pedro Enrique se dio cuenta de que no era el fin del mal sueño. La pesadilla continuaba.

“Las autoridades nos dijeron que cruzáramos. La verdad es que nosotros nunca nos imaginábamos que nos estaban sacando hacia México, porque no nos dieron papel de deportación. Cuando íbamos caminando, una señora mexicana que estaba en la fila contraria, para entrar a Estados Unidos, nos dice: ‘y ustedes qué hacen aquí’. Nos sorprendió y preguntamos ‘¿por qué?’ y nos respondió: ‘Están en suelo mexicano. Los deportaron’”, contó el joven. El tachirense no podía creer lo que estaba ocurriendo, creía que ya había logrado lo que tanto había deseado y tanto esfuerzo le había costado.

El tachirense Pedro Mora muestra el brazalete que le pusieron las autoridades cuando entró a EE. UU. Hoy es uno de los cientos de deportados a México | Foto Pedro Mora

Aunque el grupo intentó resistirse a avanzar, las autoridades fronterizas de Matamoros les recomendaron cumplir la orden. “Nos dijeron que ni ellos mismos sabían qué ocurría, porque éramos el primer grupo que sacaban. Inconformes queríamos volver, pero nos recomendaron que no hiciéramos nada, sino buscar refugio. Nos advirtieron que la zona era peligrosa porque hay mucho cartel y que por nuestras cabezas había un precio. Esa palabra hace sentir a uno que está corriendo un gran peligro, uno peor al que ya habíamos pasado para llegar aquí”.

No quiere regresar

A las afueras de la Comar, en Ciudad de México, está Pedro Enrique. Hasta la tarde de este sábado 15 de octubre sólo había tomado una taza de café. Hoy cuenta más de 10 días sin bañarse y aún no sabe qué ocurrirá con su destino, pero lo que menos desea es volver a Venezuela, su país de origen, pero donde no dejó nada y solo lo esperaría una hermana.


Cuando íbamos caminando, una señora mexicana que estaba en la fila contraria, para entrar a Estados Unidos, nos dice: ‘y ustedes qué hacen aquí’. Nos sorprendió y preguntamos ‘¿por qué?’ y nos respondió: ‘Están en suelo mexicano. Los deportaron’


“Parte de mi familia está en Estados Unidos y yo invertí todo en este viaje. De aquí no me muevo porque nos prometieron que nos iban a llevar a un refugio donde quedarnos y que nos iban a dar un permiso temporal para trabajar, mientras optamos por la excepción al Título 42. Accedimos que nos movilizaran hasta aquí por el permiso de trabajo que nos permitirá subsistir mientras nos sale lo de la visa. Pero  llegamos y no hay ningún refugio”, expresó el joven.

Al lugar han llegado organizaciones no gubernamentales y particulares, mexicanos y venezolanos radicados en ese país, con agua y algunos sándwiches para ofrecer a los migrantes. Pedro Enrique se ha convertido en uno de los voceros del grupo para denunciar lo que están viviendo, otra circunstancia que lo atemoriza de volver a Venezuela.

Los venezolanos que fueron deportados por EE. UU. a México esperan a las afueras de Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados para recibir apoyo | Foto Pedro Mora

Para que uno va a querer regresar a la misma miseria, a pasar hambre nuevamente. En Venezuela uno vive en una crisis existencial, preguntándose por qué estamos pasando una situación tan grave. Se siente como una impotencia permanente. No creo ni quiero volver, menos ahora que uno aquí alzó su voz y probablemente nos estén esperando para meternos preso», dijo el muchacho que es maestro carnicero de oficio.

Un viaje de casi un mes 

Este sábado 15 de octubre, el joven tachirense cumplió un mes desde que salió de su casa en San Cristóbal. Visualizaba un mejor futuro en tierras estadounidenses y reencontrándose con sus familiares. 

Para iniciar la travesía y recorrer más de siete países de sur y centro de América tuvo primero que reunir 2.000 dólares, que consiguió a través de la venta de una motocicleta, un viejo carro que le heredaron sus padres, así como otras pertenencias.

“El 15 del mes pasado salí de Táchira por trocha para llegar a Cúcuta. Uno lo hace con la esperanza de tener un mejor futuro y calidad de vida. Tengo 22 años y aquí lo que estamos haciendo es huir de la crisis que en nuestro país tenemos, porque  muchos compatriotas nos hemos visto en la necesidad de migrar forzosamente. No tenemos futuro. Yo no sobrevivía trabajando honradamente con mi oficio que es la carnicería», detalló.

Junto al hermano de su cuñado, el joven abordó autobuses a Medellín y de allí a Necoclí, un municipio en el noroeste de Colombia, a la espera de una lancha para cruzar el Golfo de Urabá y luego trasladarse al Tapón del Darién rumbo a Panamá.


El 15 del mes pasado salí de Táchira por trocha para llegar a Cúcuta. Uno lo hace con la esperanza de tener un mejor futuro y calidad de vida. Tengo 22 años y aquí lo que estamos haciendo es huir de la crisis que en nuestro país tenemos


“Por muy malo que sea una persona, no le deseo que viva esa experiencia de atravesar el Darién. Allí te encuentras de todo: fallecidos por el cansancio; gente agotada mental y físicamente, muchos de ellos niños y mujeres embarazadas. Sientes desesperación por el hambre y la necesidad te obliga a tomar agua contaminada de río. Y yo pensaba que solo esa experiencia era la más amarga”, comentó el joven.

El dinero que reúnen los migrantes para el periplo se va en el pago de transporte y el cobro de vacuna o extorsión. “Llegamos a la ONU en Panamá, donde todo es un negocio. Para salir son dólares por todas partes. Pagas desde 25 dólares en un refugio, para que te lleven en una piragua hasta un minipuerto que tienen los migrantes, y ahí nos trasladan en buses que cobran 2 dólares hasta la sede que tiene la ONU. Y de ahí 40 dólares más para salir a la frontera. El que se queda tiene que hacer servicio comunitario».

De Panamá a Costa Rica el viaje fue sin inconvenientes, pero en Nicaragua, tuvo que atravesar por más trochas porque el salvoconducto lo cobran en 150 dólares. “Uno de los tramos más difíciles fue en Guatemala, siempre debías darle de 20 o 10 quetzales a los guardias y no fueron uno o dos alcabalas, eran como 10. Llegamos a la frontera de México sin dinero. Prácticamente tienes que trabajar en el camino para obtener dinero”.

Comentó el joven que le tocó bordear por trochas para llegar a San Pedro, para sacar el permiso para moverse a Ciudad Juárez. “Son como cinco horas si vas directo, pero te demoras de dos a tres días bordeando entre trochas y pasos no habilitados. Salí de Venezuela el 15 de septiembre tratando de hacer las cosas rápido porque sabía que en cualquier momento se iba a cortar el flujo de migrantes, porque así es el Gobierno de Estados Unidos. De un momento a otro emiten resoluciones. Yo no quería que me agarra una decisión de ellos a mitad de camino”.

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En Ciudad Juárez encapuchados armados se subieron al autobús donde se trasladaba Pedro Enrique y también le quitaron dinero. “Pasamos por el río y llegamos con las piernas embarradas. Nos entregamos a migración feliz, llorando de alegría porque pensamos que se había acabado toda la travesía. Entré el sábado 8 de octubre y me procesaron el domingo 9 en la mañana. Estuve en un centro de retención de migrantes por cuatro días, donde el olor es indescriptible porque hay gente que tiene hasta 15 días allí y no hay donde bañarse, ni cepillarse. No sabes cuándo es de día ni de noche porque la luz está siempre encendida. Son celdas totalmente herméticas. Desde que sales de Venezuela hasta acá son vivencias amargas”.

“Yo pensé que se había acabado el sufrimiento, pero no. Te desesperas. Es una incertidumbre total. Decidí irme de Venezuela, vender mis cosas. Lo he gastado todo. Traté de abaratar los costos lo que más podía. Regresar es llegar sin nada. Me quedé en cero”, sentenció Pedro Enrique.

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