Milagros González está aferrada a unos indicios que la convencen de que su hijo Miguel Coa, de 27 años, no murió ahogado en el naufragio ocurrido hace un mes en las aguas turbulentas de Boca de Serpiente, en Delta Amacuro. Miguel salió a Trinidad y Tobago con un primo, quien logró sobrevivir. Salió del país para buscar empleo, pero su meta se truncó al volcarse el bote, donde viajaban él otras 30 personas

Es miércoles, 19 de mayo, y en La Toscana, estado Monagas, ocurre un apagón. En la oscuridad, Milagros González prepara chocolate caliente y el olor le trae a su memoria un recuerdo que la derrumba.

«Miguel, mijo, ven a tomarte el chocolate que tanto te gusta, no dejes que se enfríe». Milagros llama a Miguel en su mente, como si aún estuviera en su casa. Pero luego se estremece al darse cuenta de que su hijo no está. Y llora.

Miguel Ángel Coa González, de 27 años, es una de las nueve personas desaparecidas tras el naufragio de un peñero que salió el 22 de abril desde Tucupita, estado Delta Amacuro, y se volteó en Boca de Serpiente, una franja marítima ubicada en la ruta que va hacia Trinidad y Tobago. Entre los desaparecidos hay dos niños de 2 y 5 años; y un adolescente de 15 años, de acuerdo con datos de Foro Penal.

El incidente, ocurrido hace un mes, ha dejado 12 sobrevivientes y 8 muertos, según el Gobierno regional. Al menos 31 personas subieron a la embarcación insegura hacia el país insular y habrían pagado 300 dólares por el traslado sin contar siquiera con salvavidas, según datos ofrecidos por familiares de las víctimas del naufragio.

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Miguel tiene dos hermanos y nació en Monagas, donde están su esposa y dos hijos, de 10 y 5 años. En La Toscana, municipio Piar de esa región, trabajaba en un autolavado que quebró durante la cuarentena decretada por el COVID-19. Fue después de ese episodio cuando la idea de irse a Trinidad empezó a rondar por su cabeza.

Milagros recuerda que cuando se enteró que su hijo iba en el bote que naufragó, viajó a Tucupita tan pronto como pudo. En esa zona permaneció 16 días esperando noticias de Miguel. Quería estar frente al Orinoco, el río desde donde el joven zarpó en el peñero. «Yo sentí que el mundo se me puso chiquitico. Cada día que pasa, pienso dónde está, quién lo tendrá. Mi corazón de madre me dice que mi hijo no está muerto», relata, en un intento de darse calma.


Yo sentí que el mundo se me puso chiquitico. Cada día que pasa, pienso dónde está, quién lo tendrá. Mi corazón de madre me dice que mi hijo no está muerto

Milagros González, madre de Miguel Ángel Coa González

Pero hay otros hechos que motivan a Milagros a aferrarse a la esperanza de ver a su hijo nuevamente. Ninguno de los cadáveres hallados tienen marcadas las letras L y A en el cuello. Milagros dice que es un tatuaje que se hizo Miguel en honor a su primer hijo.

Ella le insistió que no se fuera a Trinidad y Tobago. Pero él le recordó que aún no conseguía empleo y la única opción que tenía era migrar a otro país. «Le dije: ‘Que sea lo que Dios quiera’», afirma.


AL MENOS 121 MIGRANTES ESTÁN DESAPARECIDOS EN ALTA MAR A CAUSA DE NAUFRAGIOS OCURRIDOS ENTRE 2019 Y 2020, DE ACUERDO CON DATOS MANEJADOS POR EL COFAVIDF EN LAS COSTAS DE VENEZUELA


–¿Cómo describe a Miguel?

–Aquí lo conocen por su alegría. Se ganó el corazón de todo el mundo en La Toscana. Se la pasaba con sus hijos para arriba y para abajo.

Milagros no habla de Miguel en pasado y lo recuerda con una sonrisa. Pero la ausencia de su hijo la golpea constantemente, especialmente cuando ve la silla vacía del comedor donde él solía sentarse. Esa sensación, alimentada por la angustia, le cambió su rutina. «No soy la misma. Siento que un pedazo de mí murió».

El grito de Miguel

Desde Trinidad y Tobago, uno de los hermanos de Miguel mandó dinero para que él y un primo se fueran a la isla con la intención de trabajar y enviar remesas a sus familiares en Venezuela. El primo de Miguel es Leonardo Marín, uno de los sobrevivientes, quien logró nadar desde el bote accidentado hasta un remolque en medio de la noche.

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Leonardo le contó a Milagros que alcanzó a escuchar a Miguel en plena oscuridad, después de que las fuertes olas del mar voltearon el peñero.

–¡Miguel, Miguel!

–¡Aquí estoy!

Ese grito de Miguel es otra esperanza para Milagros. Ella cree que su hijo nadó hasta algún lugar y buscó ayuda.

Dos semanas antes de zarpar, Miguel y su primo habían llegado a Tucupita para estar en casa de una tía. Al igual que los otros pasajeros, fueron trasladados desde La Horqueta hasta la Barra de Cocuina, de donde finalmente partieron rumbo al extranjero.

Al menos 121 migrantes están desaparecidos en alta mar a causa de naufragios ocurridos entre 2019 y 2020 en el país —como el registrado hace un año en Güiria, estado Sucre—, de acuerdo con datos manejados por el Comité Nacional de Familias de las Desapariciones Forzosas en las Costas de Venezuela (Cofavidf). En el registro no se incluyen los nueve náufragos de Delta Amacuro porque esa organización no ha tenido contacto con familiares.

La Gobernación de Delta Amacuro sostiene que las autoridades no han detenido la búsqueda, aunque los parientes de las víctimas del incidente afirman lo contrario. Por eso Milagros, junto con otros familiares de desaparecidos, comenzará este sábado 22 de mayo a recolectar recursos para emprender una nueva búsqueda independiente que le permita dar con el paradero de su hijo. Por ahora los parientes necesitan gasolina y alimentos para los pescadores que colaboran en esta labor.

«Miguel está vivo y algún día encontrará el camino a casa. Él sigue vivo hasta que se demuestre lo contrario», afirma Milagros.

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