Janeth Gozaine Izarza, licenciada en enfermería egresada de la Universidad de los Andes, sirvió durante 15 años en hospitales públicos de Venezuela, pero el bajo salario y la crisis económica la obligaron a migrar. Radicada en Perú con su familia, hoy lidera un equipo con seis venezolanas que toman muestras para la detección de COVID-19

Para muchos, el COVID-19 es sinónimo de miedo, dolor y muerte. No así para Janeth Gozaine Izarza. Para ella, enfermera de profesión, la pandemia significó una oportunidad de vida a sus 50 años, un renacer para salvar su oficio. Se fue del país expulsada por la emergencia humanitaria y hoy trabaja en un laboratorio privado en Perú, tomando muestras a domicilio a pacientes con sospecha o diagnóstico por coronavirus.    

Un día de abril de 2018, Janeth no pudo más y decidió abandonar Venezuela. Emigró a Lima junto a su hermano, con el deseo de continuar en su trabajo, al que define como un apostolado por el bien de los necesitados. En Barquisimeto dejó a sus padres y a sus dos hijas, una de 17 y otra de 20.

“Me sentí humillada; mi sueldo solamente me alcanzaba para pagar el transporte público hasta mi trabajo”, se justificó en entrevista concedida a El Pitazo este martes 10 de mayo a través de WhatsApp.

“Así, con tal carencia, nadie puede servir, aunque quiera”, señaló.

Janeth se hizo licenciada en enfermería en la Universidad de los Andes, en Mérida, y especialista en instrumentación quirúrgica en la Universidad Lisandro Alvarado, en Barquisimeto. Sumó 15 años de servicio en hospitales públicos, durante los cuales transitó caminos azarosos y sufrió desvelos por su compromiso de salvar vidas y aliviar el dolor. Hizo carrera en el hospital del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales (Ivss) en Barquisimeto y en el Centro de Diagnóstico Integral (CDI) en Cabudare, ambos en el estado Lara.  

Ahora, tres años más tarde de su arribo a Perú y asentada en Chorrillos, ve cambios trascendentes en su vida, imposibles de lograr en su país. Tiene un trabajo estable y bien remunerado, cuenta con carné de extranjería y ha renovado por dos años consecutivos la carta de residente permanente. Logró llevarse consigo a sus dos hijas después de un año de separación, gestión que califica como su momento más feliz durante la pandemia. La menor se graduó en la capital peruana de bachiller y junto a la otra, la mayor, trabajan en una empresa que les paga buenos salarios. 

“Las tres estamos trabajando, las tres nos mantenemos y las tres estamos ayudando a nuestra gente en Venezuela, y, lo más importante, haciendo planes para seguir”, cuenta.


Me gusta muchísimo mi trabajo. Llevo dos años en el laboratorio. Nuestros jefes son peruanos muy solidarios y respetuosos

Janeth Gozaine, enfermera

Un camino difícil

Como a todo migrante, a Janeth no le ha sido fácil la vida en el extranjero. Durante los primeros 15 días de su llegada se dedicó a buscar empleo de lo que fuese, “porque cuando llegas tienes que producir inmediatamente para pagar el arriendo y la comida”. Durmió en un colchón pelado en el piso de una habitación vacía. Al mes, ya estaba vendiendo desayunos (jugos y pan) en un local muy cerca de donde vivía, regentado por dos hermanas peruanas. “Nunca había hecho eso. Siempre me había dedicado a trabajar como enfermera. Me sentía extraña”.

Ese trabajo, aunque precario, le dio la posibilidad de enviar las primeras remesas de dinero a Venezuela y de comenzar a pagar deudas que había dejado: colegios de las hijas, tarjeta de crédito, entre otros. Le dieron la oportunidad de trabajar sin documentos apostillados de acreditación, mientras los gestionaba. “Trabajé solo tres meses, porque los papeles se retrasaron y no pude seguir”.

Durante ese lapso, Janeth tenía dos trabajos: en la mañana, desde las 6:00 am hasta las 12:30 pm, vendía sándwiches y jugos, y en la tarde noche, desde las 2 hasta 9, trabajaba en la clínica, ubicada, afortunadamente, en el mismo vecindario. 

Aunque aún no ha logrado la colegiación profesional para ejercer la enfermería con titulación peruana, esta valerosa enfermera no desmaya; insiste. Mientras eso pasaba tuvo que vender golosinas en la calle. Cuidó pacientes en sus casas hasta que, nuevamente, encontró una oportunidad en otra clínica privada, a la que renunció después de un año de trabajo porque estaba muy alejada de su domicilio.

Era marzo de 2020

Llegó la pandemia. Era marzo de 2020 y el coronavirus hacía estragos en Perú. Los contagios crecían, y ello fue una oportunidad para Janeth. “Esa tristeza lo que hizo fue darme una oportunidad en momentos en que muchos quedaban sin trabajo por el confinamiento”.


Volver a Venezuela, en la situación como está el país, y con el gobierno que está ahora, sería una carga. En vez de una ayuda, yo sería una carga

Janeth Gozaine, enfermera

Janeth fue seleccionada por el laboratorio Insistem, un emprendimiento de bioanálisis que se dedica exclusivamente a hacer pruebas moleculares, antígenas rápidas y serológicas para despistaje del SARS-CoV-2.  Allí comenzó su nueva vida profesional. Hace un mes fue nombrada coordinadora de enfermería. “Lidero un equipo de siete enfermeras venezolanas que conformamos el departamento: una vivencia única porque el propietario del laboratorio, un peruano solidario, ha valorado nuestras capacidades y experiencias y ha optado por talento venezolano”.

—¿Disfrutas tu trabajo?

—Me gusta muchísimo mi trabajo. Llevo dos años en el laboratorio. Nuestros jefes son peruanos muy solidarios y respetuosos: pagan lo justo y nos respetan los beneficios socioeconómicos. El salario me alcanza para mantenerme aquí y mantener a mi mamá en Venezuela, una mujer jubilada de la administración pública.

—¿Cuál ha sido la experiencia que más te ha emocionado?  

—He tenido muchas, pero la más memorable fue la que tuve cuando debí subir a un buque petrolero en Puerto del Callao para hacer las pruebas de COVID-19 a la tripulación, una de las tantas faenas que hacemos en este laboratorio.

—¿Volverías a Venezuela?

—Volver a Venezuela, en la situación como está el país, y con el gobierno que está ahora, sería una carga. En vez de una ayuda, yo sería una carga. Entonces, no sé. No regresaría, a menos que este gobierno se vaya o que haya un cambio real. Más hago aquí que allá. Desde aquí puedo ayudar, estando allá no ayudo; todo lo contrario, tendría yo que ver cómo me mantengo y cómo podría ayudar a mi familia.

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