ENTREVISTA A JOSÉ LUIS BRICEÑO

El periodista venezolano presenta Clásicos de tres décadas venezolanas: 60,70 y 80, primer libro de su autoría, que reúne datos y anécdotas desconocidos sobre hechos que marcaron la historia y la cultura venezolana. El libro cuenta con el prólogo de Rodolfo Izaguirre y está a la venta como e-book en Amazon.com

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Antes de escribir Clásicos de tres décadas venezolanas: 60,70 y 80, José Luis Briceño buscaba inspiración en el libro Los niños de los Chiripitifláuticos: retrato generacional de los nacidos en los 60, del autor español Ignacio Elguero de Olavide, que realiza un perfil sobre la infancia de aquellos nacidos entre 1960 y 1970, justo durante “la transición” de la dictadura franquista a la monarquía constitucional. Pero emular el formato en Venezuela significaba recopilar testimonios, y de esos testimonios recopilados por el periodista muy pocos, o casi ninguno, tenían algo importante que decir sobre aquellas tres décadas tan distantes como convulsas.

Sin embargo, había algo en particular que recordaba la mayoría de sus entrevistados, y era lo mucho que la gente fumaba entre 1950 y 1960. De esos recuerdos destaca el ardid publicitario de “Lido”, la marca de cigarrillos del momento.

Partiendo de este hecho y enriqueciéndose del clima político que siguió a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, Briceño esboza una crónica con paralelismos, similitudes entre la actividad guerrillera de 1960 y una de las más populares cuñas de “Lido”: la imagen de dos hombres que fuman a la luz de dos faroles, en una calle desierta, en actitud sospechosa y cómplice.

Valiéndose de crónicas, análisis y una investigación sustentada en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, la Biblioteca del Banco Central de Venezuela y la biblioteca de Cedice, José Luis Briceño presenta Clásicos de tres décadas venezolanas: 60, 70 y 80, un libro que pretende, en palabras del prologuista Rodolfo Izaguirre, “exponer el dibujo de seres, situaciones, conflictos políticos, vanidades y obsesiones” de los actores políticos, culturales y sociales del momento.

Ni recuento, ni antología

–¿Qué criterios utilizó para hacer la selección de estos “clásicos”?

La investigación de cada tema, que planteó un reto documental y una investigación distinta por capítulo, tomó cuatro años y la resolución de un problema: ¿cómo contar la historia de manera distinta? Un ejemplo es el primer capítulo: ¿cuántos libros no existen sobre la guerrilla y la época armada en Venezuela? El tema fue resuelto con una crónica que compara el movimiento guerrillero con una muy popular marca de cigarrillos.

Otros temas que no podían faltar eran el Viernes negro, y por supuesto, El Caracazo. Para abordarlos, se me ocurrió hacer una analogía entre este estallido social ocurrido en Venezuela y otros parecidos alrededor del mundo, como lo ocurrido con los “chalecos amarillos” en Francia durante los meses de abril y mayo de este año. Los venezolanos solemos pensar que somos excéntricos, que lo que ocurre en nuestro país no ocurre en otro lugar del mundo. Y resulta que sí ocurre. Ese estudio sobre El Caracazo incluye la reacción de los políticos venezolanos, el manejo de la opinión pública en Venezuela —que es un tema que en mi opinión necesita atención— y cómo nuestra prensa manipuló los hechos. Earle Herrera dice, por ejemplo, que durante El Caracazo hubo 3.000 muertos; esa es una afirmación que hay que revisar.

También sentí que debía hacer mención a casos de censura en el cine, como El último tango en París (de Bernardo Bertolucci, que causó revuelo a nivel internacional por la famosa “escena de la mantequilla”) y Ledezma: el caso Mamera (sobre el triple asesinato cometido por Argenis Ledezma, apodado “El monstruo de Mamera”), así como el boom de las telenovelas que nacieron en Venezuela como un derivado de las radionovelas cubanas.

Hay temas que son indispensables. El criterio es muy particular, a priori, y como en toda selección, hay hechos que quedan por fuera. Por ejemplo, Rodolfo Izaguirre nombra en su prólogo a La República del Este (un club selecto de intelectuales de la época) y el poema de Caupolicán Ovalles ¿Duerme usted, señor presidente?, sobre los cuales no hablo en mi libro. Renny Ottolina sería uno, por ejemplo.

–¿Por qué decidió incluirlo?

–Haciendo la investigación sobre otro tema, apareció un recorte de una entrevista a Renny hecha por varios periodistas y publicada en 1973. Ese año había ganado todos los premios de la televisión venezolana y el canal 8 de la democracia no le había renovado el contrato. La foto lo ilustraba en una sala de espera, rodeado de periodistas, y lo recogido en el artículo versa más que todo sobre su denuncia ante el presunto maltrato que estaba sufriendo, a pesar de haber realizado, según sus palabras, un “ trabajo incansable por la televisión venezolana”. Entonces me di cuenta de que era un tema tremendo. Así comienza su capítulo, con el recorte de prensa y la queja de quien fuera el “número uno de la televisión”. Dice el historiador Elías Pino Iturrieta que “el que busca, encuentra”.

–¿Renny Ottolina podría haber llegado a ser presidente?

–No. Para el momento en el que Ottolina se lanza como candidato las encuestas indicaban que la abstención era del 5 % y el bipartidismo tenía un 70 % de aprobación. Renny no tenía ninguna oportunidad de ser elegido.

—¿Qué síntomas quedan de la Venezuela de esas tres décadas?

–Si hablas de síntomas, diría que el principal es el inconformismo. Mucha gente no es que quiera volver a lo que era Venezuela hace treinta años, pero observan esta vida de carencias, infortunios e infelicidad de los últimos años como inmerecida.

—¿Cuáles episodios, según su criterio, definieron el rumbo político del país?

—El Caracazo definió el rumbo tanto de los líderes y de la opinión pública como de los partidos, que comenzaron a decir que lo que ocurría era producto de la descomposición social y de la corrupción. El tema central de Por estas calles, una de las telenovelas más longevas de Venezuela, es precisamente la corrupción y la idea de que una vez que saliéramos de ella, todo iba a arreglarse. Quien capitaliza ese descontento es Hugo Chávez, con los resultados que todos conocemos.í

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