ENTREVISTA A PATRICIA ORTEGA

El cine venezolano vive uno de sus peores momentos: fallas eléctricas, problemas de financiamiento y el éxodo de sus mejores exponentes en búsqueda de nuevas oportunidades colocan en peligro la producción nacional. La cineasta Patricia Ortega, quien aún reside en Venezuela, explica cómo hacen los productores para lograr financiar las pocas películas que se ruedan en el país, y cómo las crisis económica y energética golpean bolsillos y atentan contra nuevos proyectos

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La hiperinflación tomó a Patricia Ortega en medio de la filmación de Yo, imposible, su segunda película. Recuerda claramente el año: fue en 2016, cuando un decreto presidencial ordenó sacar de circulación el billete de Bs. 100 y el precio del dólar en el mercado negro, que estaba a Bs. 1000, se disparó hasta rondar los Bs. 6.000. El presupuesto de la película se vino abajo, por supuesto, y pudo concluirla gracias a la naturaleza de la coproducción con Colombia. “Toda la postproducción de Yo, imposible se hizo fuera de Venezuela. De lo contrario no podría existir”, afirma.

Entonces Patricia, que hasta el momento se había desempeñado como guionista, productora y directora de cine venezolano, se vio en la necesidad de recurrir a otras alternativas económicas. Su habilidad para escribir le facilitó el camino para dedicarse al marketing digital en una agencia donde todos los empleados son venezolanos que trabajan vía remota. Si bien reconoce que el sueldo no es muy bueno, esa entrada en moneda extranjera es lo que le ha permitido mantenerse económicamente en Venezuela. También explica que una gran parte de quienes, como ella, se dedican al cine en Venezuela, sobreviven de esta manera. “Una entrada en moneda extranjera es imprescindible para que un freelancer pueda sobrevivir en Venezuela.


Entre el 1 y el 3 de marzo de 2019 se vendieron 90.406 entradas al cine. En cambio, entre el 8 y el 10 de marzo sólo se vendieron 6.279


La crisis del cine venezolano

Un reportaje de Micaela Domínguez Prost para la página Latam Cinema compara los 20 títulos nacionales estrenados en 2018 con los escasos ocho títulos cuyo estreno está previsto este año según el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC). En el primer cuatrimestre de 2019, el único estreno nacional ha sido el de Interferencia, una película de ciencia ficción bajo la dirección de Zigmunt Cedinsky distribuida por Amazonia Films.

Otra imagen, compartida por el periodista Humberto Sánchez Amaya vía Instagram, evidencia la caída de la venta de boletos para funciones de cine antes del apagón. Según el gráfico, con datos proporcionados por Abdel Güerere (presidente de la Asociación Venezolana de exhibidores de películas), entre el 1 y el 3 de marzo de 2019 se vendieron 90.406 entradas. En cambio, entre el 8 y el 10 de marzo (después del primer apagón nacional) sólo se vendieron 6.279.

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Una entrada en moneda extranjera es imprescindible para que un freelancer pueda sobrevivir en Venezuela

Patricia Ortega

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—¿Cómo se consiguen fondos para rodar una película en Venezuela?

—El fondo que nutría a los cineastas con un financiamiento grande y considerable era Ibermedia, ventana que permanece cerrada por una deuda que Venezuela no ha cancelado y que asciende al millón de dólares. Proyectos como La noche de las dos lunas de Miguel Ferrari, entre otros que han sido seleccionados, no han podido recibir el dinero como consecuencia de esta situación. El CNAC, si bien está activo y abierto, su capacidad financiera es deficiente y los fondos no cubren el 30% del presupuesto de la película. La última vez que tuve conocimiento del monto —dejé de revisar y el CNAC dejó de publicarlo—, la cifra era inferior a mil dólares, mientras que en otras partes de Latinoamérica los fondos de desarrollo promedian entre 5.000 y 10.000 USD.

—¿Qué ocurre entonces?

—Venezuela no puede ser productor mayoritario en una película porque no posee los fondos para serlo. Incluso cuando un cineasta se las ingenia y logra que Venezuela sea productor minoritario, tiene que ingeniárselas para ver de dónde saca los fondos para cumplir con los compromisos. Estamos frente a una situación muy vulnerable, por ello buscamos fondos internacionales, procuramos encontrar una productora interesada en el proyecto, o sencillamente optamos por rodar la película en otro país. Es decir, ya no habrá películas venezolanas sino venezolanos trabajando en películas.

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El CNAC, si bien está activo y abierto, su capacidad financiera es deficiente y los fondos no cubren el 30% del presupuesto de la película

Patricia Ortega

A esta ecuación se suma la grave falla eléctrica que reduce las comunicaciones y el acceso a Internet, lo que se traduce en un grave contratiempo a la hora de vender un determinado proyecto a potenciales clientes en el extranjero. “Internet es nuestra ventana al mundo, y son las plataformas digitales las que nos permiten desarrollar nuestros proyectos en este momento. Si esas plataformas tienen limitaciones, es como si vivieras en una jaula”, explica Ortega. La falta de luz, sin duda, atenta contra la sustentabilidad del cine venezolano al reducir sus pocas posibilidades de respirar al otro lado de la frontera. “Es lo único que hace posible nuestro cine en estos momentos”, afirma.

Su experiencia propia y las historias de sus amigos la llevaron a crear, con su pareja, la iniciativa Historias de un país a oscuras, una convocatoria abierta a todo público a través de la cual cualquier persona puede grabar un testimonio sobre cómo el racionamiento de cargas y los apagones han modificado su vida cotidiana.

Una ayuda para Mamacruz

De 78 proyectos que optaron para participar en la Residencia iberoamericana de guión Algo en común, solo 8 fueron seleccionados. Entre ellos está Mamacruz, el nuevo reto audiovisual de Patricia Ortega.

Mamacruz se gestó en las largas noches en vela en Maracaibo, cuando la plaga y el calor sofocante le impedían conciliar el sueño. La capital del estado Zulia tiene al menos dos años con graves fallas eléctricas, con cortes que podían comenzar a las seis de la tarde y prolongarse hasta las seis de la mañana del siguiente día. Cargar la computadora durante el día y trabajar de noche le ayudaron a llevar la vigilia forzada.

Pero Ortega, nacida en Maracaibo, encontró la verdadera motivación para escribir un día que se hallaba organizando el cuarto de su madre enferma. Entre ropa y antigüedades, encontró una foto de ella desnuda. Jamás imaginó que su madre, una mujer soltera, católica y convencional, poseyera un desnudo artístico en su álbum fotográfico. Al hablar con ella, la madre le confiesa que aquello fue una única oportunidad y que la fotografía permaneció escondida en el olvido por vergüenza. Fue entonces cuando Ortega comprendió que conocía a su madre en cuanto a su rol de madre, pero que no tenía idea de quién era su madre como mujer.

—¿Quién es Mamacruz?

—Es la historia de una abuela, madre, ama de casa convencional de 70 años que tiene que aprender a usar internet porque su hija se va del país y ella, que es de esas señoras convencionales que a duras penas sabe usar un teléfono inteligente, se ve en la obligación de aprender para comunicarse con ella. Conociendo ese mundo virtual tiene un encuentro accidental con la pornografía. Y a partir de ese encuentro comienza a experimentar a escondidas con fantasías eróticas y juegos con desconocidos, lo que causa un grave conflicto familiar.

—¿Qué papel juega la madre en la sociedad venezolana?

—La visión que tengo es sumamente personal, pues mi madre es soltera y en mi casa, salvo mi hermano, somos mujeres. Mi madre no tuvo esposo o novios, y su padre —mi abuelo— murió cuando ella era muy pequeña. Nací en un núcleo familiar femenino donde no había una figura paterna que proveyera absolutamente nada. Y la mayoría de mis amigas son mujeres independientes que han tenido que ser padre y madres al mismo tiempo. Pero esa no es solo mi historia. Venezuela está constituida en su mayoría por mujeres que, casadas o solteras, son quienes llevan las riendas del hogar. En nuestro país el rol de la madre lleva todo el peso de la familia: la madre alimenta, cuida, construye y mantiene el hogar. Si bien la visión tradicional de la mujer ya se está rompiendo en el mundo (hay más mujeres profesionales y menos amas de casa), todavía la mujer se ve en la obligación de sacrificar sus metas y sueños por el bienestar de la familia, y eso es precisamente lo que ocurre conMamacruz, una mujer que comienza a vivir para ella a los 70 años y eso causa una grieta en la familia.

—¿Existen suficientes personajes femeninos en el cine venezolano?

—Personalmente opino que las protagonistas del cine venezolano son la encarnación de los cánones de belleza convencionales. Pregúntate ¿cómo son las protagonistas? Son lindas, delgadas, con todas las características que debe tener una mujer que aspire a ser protagonista. Y si no lo eres, entonces representas otro estereotipo. También puedes preguntarte cuántos papeles existen en el cine para mujeres afrodescendientes donde no tengan que interpretar a una esclava, o a una mujer de barrio. O cuántos papeles existen para mujeres gordas en roles dramáticos y no cómicos. Te darás cuenta de que no existen, o son escasos. Nuestros personajes femeninos están sesgados por una serie de normas que nos dañan a todas porque cada mujer tiene diferentes colores, cuerpos y formas de ser. Lo que más me motiva de Mamacruz es tener una protagonista de 70 años y presentar un cuerpo con curvas, arrugas, sumamente real. Nadie ha visto en nuestro cine a una mujer en la tercera edad disfrutando su cuerpo y haciendo el amor, sexy.

La economía confabula para que Mamacruz no participe en Algo en común. Solo la matrícula cuesta USD 2.900, sin contar el boleto aéreo, el hospedaje y los viáticos. Por esta razón, Ortega ha recurrido a la plataforma Indiegogo para recaudar los 5.000 dólares requeridos para asistir al evento y mantenerse durante cinco semanas en la ciudad de Cali, Colombia. De las pocas puertas que puede tocar Mamacruz para su realización, la residencia de guión se vislumbra como la más probable y la mejor. Aunque, en muchos casos, tocar la puerta no significa entrar.

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