Las condiciones actuales, por el aislamiento físico a causa del COVID-19 en el que se encuentran los fieles, las diferentes parroquias y la misma Santa Sede, han hecho de esta Semana Santa 2020 una conmemoración atípica, un espacio para cumplir con la instrucción de la Organización Mundial de la Salud (OMS), al crear la asistencia religiosa con la misión: Cada hogar, un templo

Caracas.– La entrada triunfal a Jerusalén, celebrada el Domingo de Ramos, se ve contradictoria con el hecho ocurrido el Viernes Santo. Quien fue aclamado por la multitud, escuchó de ella misma la sentencia a muerte y con crucifixión. Traiciones, negaciones y dolor fueron los momentos que precedieron a la entrega por la humanidad que al final representó la división de la historia en antes y después de Cristo.

El Viernes Santo es una festividad cristiana en la que se conmemora la muerte de Jesús de Nazaret. Se celebra durante la Semana Santa, después del Jueves Santo, cuando comienza la Pasión, y antes del Domingo de Resurrección. La Pasión de Jesús según el Evangelio de Juan es contemplada hoy, con el corazón del discípulo amado, de la madre de Jesús, y de aquel soldado que le traspasó el costado. Siete palabras, siete dolores y siete momentos precedieron la muerte en cruz.

La noche del Jueves Santo, los franciscanos de la Custodia de Tierra Santa celebraron una hora santa en la Basílica de la Agonía, en el Monte de los Olivos en Jerusalén junto al Huerto de Getsemaní, donde hay una roca en la que Jesús oró previo a su arresto y la Pasión. | Foto: Giovanni Malaspina / Custodia Terrae Sanctae.
La noche del Jueves Santo, los franciscanos de la Custodia de Tierra Santa celebraron una hora santa en la Basílica de la Agonía, en el Monte de los Olivos en Jerusalén junto al Huerto de Getsemaní, donde hay una roca en la que Jesús oró previo a su arresto y la Pasión. | Foto: Giovanni Malaspina / Custodia Terrae Sanctae.

Recordaba el papa Francisco en la celebración del Domingo de Ramos el pasado 5 de abril: «El Señor nos sirvió hasta el punto de experimentar las situaciones más dolorosas de quien ama: la traición y el abandono».

La celebración de la liturgia de esta Semana Santa está acompañada de la meditación previa a la hora de la muerte de Jesús con el Triduo Pascual, la Pasión, Muerte y Resurrección, sus últimas horas en este mundo.. Como una tradición católica, se contempla en la visita a los siete templos de los siete momentos previos a la crucifixión, desde que fue apresado hasta su condena.

Las condiciones actuales, por el aislamiento físico a causa del COVID-19 en el que se encuentran los fieles, las diferentes parroquias y la misma Santa Sede, han hecho de esta Semana Santa 2020 una conmemoración atípica, un espacio para cumplir con la instrucción de la Organización Mundial de la Salud (OMS), al crear la asistencia religiosa y virtual con la misión: Cada hogar, un templo.

En Caracas es tradición que el recorrido comience en la iglesia Corazón de Jesús, continúe hacia la basílica de Santa Teresa, San Francisco, Catedral, La Merced, Altagracia y culmine en Santa Capilla. Esta vez, la tradición que nació en Roma, de visitar los Siete Templos de la ciudad del Vaticano y que se ha extendido por todo el mundo como piedad popular, será a través de un recorrido digital.


Haz clic en la imagen para visitar los siete templos

Las horas más largas

El recogimiento en casa lleva a contemplar los momentos previos a la crucifixión de Jesús en los siete templos.

  • Primer momento: se acompaña a Jesús desde la última cena hasta el huerto de Getsemaní. Se dice que es cuando Jesús sudaba sangre por el temor a la muerte inminente y cuando Judas Iscariote cumple la entrega y da el beso que sella la traición.
  • Segundo momento: se medita el paso desde el huerto de Getsemaní hasta la casa de Anás, sumo sacerdote, de quien se dice que lo interroga y lo golpea. Allí Pedro negó conocerlo y el gallo cantó por tercera vez.
  • Tercer momento: se medita el paso de Jesús hacia la casa de Caifás, el otro sumo sacerdote, donde es humillado, injuriado, maltratado y le escupen la noche que fue apresado.
  • Cuarto momento: se medita la comparecencia y sufrimiento de Jesús ante Pilatos, cuando fue condenado injustamente por la muchedumbre que le había recibido antes en Jerusalén el Domingo de Ramos. Le colocaron una corona de espinas.
  • Quinto momento: se acompaña al Señor en el juicio ante Herodes, donde fue enviado por Pilatos, porque Jesús era de Galilea y Herodes era el rey de entonces. Allí fue maltratado y no se defendió.
  • Sexto momento: se medita cuando Herodes se lo regresa a Pilatos y aunque Herodes no encuentra culpa, lo condena.
  • Séptimo momento: se contempla el camino al calvario, donde se encuentra con el dolor representado en María, su madre, y con la posterior crucifixión.

El Papa Francisco, en el séptimo año de su pontificado, durante la Misa de la Cena del Señor el Jueves Santo. Al fondo, el Crucifijo de San Marcelo, a quien ha encomendado el fin de la pandemia. | Foto: Vatican Media.

Alcanzada la meta

Es costumbre que entre la una y tres de la tarde se mediten las siete palabras de Jesús en la Cruz. La vigencia de las palabras de Jesús en la cruz escruta a cada individuo. Hoy, concretamente en medio del cautiverio por el COVID-19, cada corazón, un templo.

  • «Padre: Perdónalos porque no saben lo que hacen». (Lucas 23, 24) Jesús deja una gran enseñanza con estas palabras. A pesar de ser su condición divina, no se ocupó de probar su inocencia, ya que la verdad siempre prevalece. Jesús no pidió el perdón para Él porque no tenía pecado, lo pidió para quienes lo acusaron. No se es nadie para juzgar. Dios ha perdonado grandes pecados, por lo que el perdón vence al odio y la indulgencia a la venganza. El perdonar ayuda a quitar el odio. El amor gana al odio. La verdadera prueba del cristiano no consiste en cuánto ama a sus amigos, sino a sus enemigos. Perdonar a los enemigos es grandeza de alma, perdonar es prueba de amor.
  • «Yo te aseguro: Hoy estarás conmigo en el paraíso». (Lucas 23,43) Estas palabras enseñan la actitud ante el dolor y el sufrimiento. La manera como se reacciona ante el dolor depende de la filosofía de vida de cada quien. Los dos ladrones crucificados al lado de Jesús: uno no le dio sentido a su dolor y el otro sí lo hizo. Esta invitación de Jesús espiritualiza el sufrimiento para ser mejores personas. Jesús en la cruz es una prueba de amor. El ladrón de la derecha, al ver a Jesús en la cruz, comprende el valor del sufrimiento. El sufrimiento puede hacer un bien a otros y al alma de quien padece. Acerca a Dios si le damos sentido.
  • «Mujer, ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu Madre». (Juan 19, 26-27) La Virgen es proclamada Madre de todos los hombres. El amor busca aligerar al que sufre y tomar sus dolores. Una madre cuando ama quiere tomar el dolor de las heridas de sus hijos. Jesús y María nos aman con un amor sin límites. María es Madre de todos, de allí cada devoción mariana. María es el refugio de los pecadores. Ella entiende que somos pecadores.
  • «Dios mio, por qué me has abandonado?» (Marcos 15,34) Es el hijo que habla con el Padre. Estas palabras hacen pensar en el pecado de los hombres. El pecado es la muerte del alma. La bondad es el constante rechazo al pecado. El pecado es el abandono de Dios por parte del hombre. El hombre rechazó a Dios y Jesús experimentó esto.
  • «¡Tengo sed!» (Juan 19,28) La sed es un signo de vida. Tiene sed de dar vida y por eso muere. Él tenía sed por las almas de los hombres. El Pastor estaba sólo, sin sus ovejas. Durante toda su vida Jesús había buscado almas. Los dolores del cuerpo no eran nada en comparación del dolor del alma. Que el hombre despreciara su amor le dolía profundamente en su corazón. Todo hombre necesita ser feliz y no se puede ser feliz sin Dios. La sed de todo hombre es la sed del amor.
  • «Todo está consumado». (Juan 19, 30) Todo tiene sentido: Jesús, por amor, dio su vida. Jesús cumplió con la voluntad de su Padre. Su misión terminaría con su muerte. El plan estaba realizado. Nuestro plan no está aún terminado, porque todavía no hemos salvado nuestras almas. Todo lo que hagamos debe estar dirigido a este fin. El sufrimiento, los tropiezos de la vida, nos recuerdan que la felicidad completa solo la podremos alcanzar en el cielo. Aprender a morir muriendo a nosotros mismos, al orgullo, la envidia, la pereza, cada día.
  • «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lucas 23, 46) Jesús muere con serenidad, con paz; su oración es de confianza en Dios. Se abandona en las manos de su Padre. Estas palabras hacen pensar en el cuido del alma, no solo del cuerpo. Jesús entregó su cuerpo, pero no su alma. Devolvió su espíritu a su Padre no con grito de rebelión, sino con un grito triunfante. Nadie le puede quitar el espíritu a otro. Sacrificó todo para alcanzar la meta. Lo más importante en la vida terrenal es la salvación del alma.

La Madre en suplicio

Otra de las figuras centrales de la Pasión y Muerte de Jesús fue la contemplación silente del dolor de la Virgen María. | Foto: Instagram @sanfranciscodeasiscoro.
Otra de las figuras centrales de la Pasión y Muerte de Jesús fue la contemplación silente del dolor de la Virgen María. | Foto: Instagram @sanfranciscodeasiscoro.

Según los cuatro evangelistas, la virgen estaba allí, junto a la Cruz. Ella no llegó de repente al Gólgota; siguió paso a paso con su corazón de Madre el camino de Jesús. Queda como madre y discípula que ha seguido en todo la suerte de su Hijo, signo de contradicción como Él, totalmente de su parte.

El Santo Padre ha señalado durante la celebración de esta Semana Santa: “Cuando nos sintamos entre la espada y la pared, cuando nos encontremos en un callejón sin salida, sin luz y sin escapatoria, cuando parezca que ni siquiera Dios responde, recordemos que no estamos solos. Jesús experimentó el abandono total, la situación más ajena a Él, para ser solidario con nosotros en todo. Lo hizo por mí, por ti, para decirte: ‘No temas, no estás solo. Experimenté toda tu desolación para estar siempre a tu lado’, indicó.

El pasado Viernes de Concilio, la iglesia, como preparación para el Domingo de Ramos, meditó sobre los siete dolores de María, a saber: la profecía de Simeón en la presentación del Niño Jesús; la huida a Egipto con Jesús y José; la pérdida de Jesús y su hallazgo en el templo; el encuentro de Jesús con la cruz a cuestas camino del calvario; la crucifixión y la agonía de Jesús; la lanzada y el recibir en brazos a Jesús ya muerto y el entierro de Jesús y la soledad de María.

El Papa anima a los fieles a mirar el crucifijo para meditar en que Jesús “nos curó cargando sobre sí nuestra infidelidad, borrando nuestra traición. Para que nosotros, en vez de desanimarnos por el miedo al fracaso, seamos capaces de levantar la mirada hacia el Crucificado, recibir su abrazo y decir: ‘Mira, mi infidelidad está ahí, Tú la cargaste, Jesús. Me abres tus brazos, me sirves con tu amor, continúas sosteniéndome… Por eso, ¡sigo adelante!’”.

Sanos en un mundo enfermo

El papa Francisco ha hecho un llamado a la iglesia universal: «Nos creímos sanos en un mundo enfermo» —explicó, refiriéndose a la pandemia del coronavirus—; “el drama que estamos atravesando nos obliga a tomar en serio lo que cuenta, a no perdernos en cosas insignificantes, a redescubrir que la vida no sirve si no se sirve. Porque la vida se mide desde el amor.”

Con la colaboración de ACI Digital, Vatican News y Catholic.net

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