Percusionista, flautista, saxofonista, actor. Víctor Cuica se ha paseado por varios espectros de la vida artística venezolana y es una figura fundamental de las noches caraqueñas. Ya sea en el Café Noisette de La Carlota o en el Johan Sebastian Bar de El Rosal, el saxofón de Cuica aún posee un público cautivo, seducido por su sonido

Hay cierta parsimonia en la forma como Víctor Cuica empuña el saxofón durante sus conciertos. Sería romántico decir que ha usado el mismo durante toda su carrera artística, pero la verdad es que ya tenido saxos de todos los colores y tipos: altos, tenores, sopranos y pare usted de contar. El que usa Cuica en la actualidad tiene un sonido grave, pausado, profundo. Así es la voz de su dueño también.

Víctor Cuica sostiene su instrumento con la solemnidad con la que un militar empuñaría un fusil durante los ejercicios. Quizás viene de sus tiempos en la Escuela de Músicos Militares en La Victoria, estado Aragua. Capaz viene de su fecha de nacimiento: un 19 de abril de 1949. No es un rockstar. No es de quitarse los zapatos o reaccionar ante la música con la intempestividad que cualquiera esperaría del estereotipo de un artista. Cuica sencillamente se deja llevar por la melodía y la musa que le sugiere improvisar de vez en cuando. Cuando calla sigue con las manos el ritmo que marca la baterista en su solo, o el pianista, o incluso el bajista. Poco tiempo después todos tocan en conjunto y concluyen la pieza.

Y estallan los aplausos en Café Noisette de Los dos Caminos o en Juan Sebastián Bar de El Rosal. La gente aplaude a un hombre que tocó con Lionel Hampton, que con su saxo ha recorrido el mundo; que participó en la Radio Rochela y protagonizó una de las películas más taquilleras del cine venezolano. La gente aplaude a Víctor Cuica, padre de dos hijos, multiinstrumentista casado con el saxofón, que cuenta en primero persona su vida a continuación.


La única condición que me puso mi papá fue que no tocaría ningún instrumento de percusión. ‘Usted va a estudiar piano, saxofón, trompeta o lo que sea, pero tambor no. Cualquier negro toca un tambor 

Víctor Cuica, Percusionista, flautista, saxofonista, actor

La escuela militar

“A los 14 años yo era un muchacho tremendísimo. De ir a protestas, de lanzar bombas molotov en manifestaciones. Pero también sentía una inclinación por la música porque yo podía convertir cualquier par de palitos en unas claves o marcar ritmos de percusión con ellos. Por eso uno de mis primos, que era percusionista, solía exclamar que ‘¡ese muchacho va a ser músico!’

“Como mi papá, que en paz descanse, sabía que me gustaba la música, accedió a inscribirme en la Escuela de Músicos Militares de La Victoria. Ahí estudiaría el ciclo diversificado y me enseñarían disciplina porque yo era terrible. También podría escoger cualquier instrumento para estudiarlo e interpretarlo.

«La única condición que me puso mi papá fue que no tocaría ningún instrumento de percusión. ‘Usted va a estudiar piano, saxofón, trompeta o lo que sea, pero tambor no. Cualquier negro toca un tambor’.

“Pero cuando llegué a la escuela y asignaron los instrumentos lo primero que me dieron fue un bombo, que es un tambor, porque era el único instrumento que quedaba. También estaba la tuba, pero yo no quise tomarla porque eso es una corneta grandísima que suena bim-bom-bim-bom y era muy aparatosa. Con el bombo podía estudiar redoblante y bombo, la cosa era que yo me tenía que parar todos los días a tocar la diana antes que todos. Los que tocábamos corneta o percusión teníamos que despertarnos a las 4:00 am para parar a todos los demás”.

Ese accidente llamado saxofón

“Y llegó la temporada de visitas. En aquella escuela uno pasaba tres meses sin recibir visitas, y en ese tiempo te enseñaban los fundamentos básicos de tu instrumento y a manejar el armamento. Al cumplir los tres meses uno seguía sin poder salir a la calle, pero podías recibir visitas. Tenía a un amigo de Mérida a quien le expliqué que mi papá iría a visitarme en un mes, y que me había prohibido terminantemente tocar cualquier tipo de tambor y que no podía enterarse de que yo tocaba bombo. Sucede que él tocaba saxofón y se ofreció a darme clases, y así empezó todo.

“En un mes ya sabía cómo era la cosa con el saxofón. Cuando mi papá me visitó me preguntó qué instrumento tocaba, yo saqué mi saxo y toqué algunas cosas. Recuerdo que mi papá quedó satisfecho y se fue tranquilo. Yo seguí estudiando saxofón con mi amigo, y cuando terminaba las clases de percusión visitaba el galpón donde se encontraban los músicos que estudiaban saxofón. El profesor Paoli, que en paz descanse, permitió que yo siguiera estudiando con ellos, con la condición de que consiguiera un instrumento propio y una boquilla.

“Al terminar mis estudios me enviaron al batallón Girardot en Coro, Falcón. Eran tiempos de guerrilla y me mandaron al monte a darle clase a los soldados sobre todo lo que yo sabía, porque además de músico yo había tomado cursos de enfermería. Duré un año ahí, pero lo odiaba. Yo era de carácter tranquilo y nunca fui de dar voces de mando. Si me asignaban un grupo yo, en vez de darles órdenes como ‘¡ATENCIÓN. FIIIIIIRMES!’ les pedía que se organizaran y me siguieran sin tanta parsimonia. Por eso fue que a mí nunca me ascendieron dentro del ejército.

“Al término de ese año logré que me transfirieran a la banda de músicos militares de Caracas, pero tuve un altercado con uno de los directores y me fui a la banda de la Marina, donde alternábamos con las bandas que venían de Estados Unidos. Ahí fue que vi cómo tocaban los americanos y tuve mi primer contacto con el jazz. Pero además de tocar con la Marina solía tocar como saxofonista donde me llamaban en reuniones, o fiestas. Un día, creo que era un viernes, me pidieron cancelar uno de mis compromisos porque tenía que tocar en la Marina, yo sencillamente me monté en el autobús, dejé la Marina y asistí a mi cita. Para aquel momento tenía 18 años y trabajé de motorizado y en el archivo del seguro social”.

Los maestros

“Una vez audicioné para ser parte de la Banda Municipal de Caracas, pero la pieza que me pusieron fue dificilísima y no pasé. Seguí tocando en locales y bares hasta que Ramón Carranza, un maestro salvadoreño, fue a escucharme. A él le dijeron que había un saxofonista y que tocaba bien, y fue en mi búsqueda. Me dijo: ‘Tienes algunas cosas que yo te voy a corregir’. Y él me enseñó a perfeccionar. Me enseñó las escalas, a hacer notas largas y las frases.

“También me dijo que el saxo me sonaba malísimo. Pero a mí me gustaba y a la gente también. Es decir, él fue a verme porque le dijeron que un negrito alto llamado Víctor Cuica tocaba bien. ‘Tienes que hacer esto’, me dijo, y yo simplemente me pegué a hacer lo que él decía.

“Tiempo más adelante fui a Nueva York y conocí a Mario Rivera, que me hacía tocar con los discos de él. Me ponía a practicar las escalas con una espada en la mano y si me equivocaba me daba un espadazo. Era medio tostado”.

Víctor suena así

“Sentí que el saxo me sonaba bonito cuando sentí que se parecía al de Bob Flemming o el de Stan Getz. Un saxofón bien tocado suena como una pastica, como algo untoso, una cosa melodiosa. Después de salir de la Marina mi papá me dijo: ‘Tú no vas a quedarte ahí. Tú vas a seguir estudiando’. Y me inscribió en la Escuela Municipal de Carmelitas a estudiar dos años de clarinete que nunca me llamó la atención, aunque tiene un sonido que me encanta”.

Y después, el cine

“Así que cambié el clarinete por la flauta y me retiré por un tiempo del saxofón. Primero toqué en la Orquesta Juvenil y después en la Escuela Superior de Música.

“Hasta que me vino la cuestión del cine. Yo tengo ese defecto: que salto de un lado al otro sin darme cuenta. Me llamaron para hacer una película que se llamaba ‘Soy un delincuente’ y me dieron el papel de un policía metropolitano. Estuve toda la mañana en la jefatura de San Agustín sentado con un rolo y una pistola disfrazado de policía. Lo único que hacía en la escena era pegarle al protagonista y decirle ‘dime donde están los otros’.

“Estuve desde las 9:00 am hasta las 10:00 pm y al momento de hacer la escena ya me dolía la cintura por el peso del cinturón con el rolo. Después de eso dije que si no me daban un papel protagónico no iba a volver a pasar doce horas esperando para hacer una sola escena.

“Tiempo después me llamaron para protagonizar una película llamada ‘Se solicita muchacha de buena presencia y motorizado con moto propia’, que fue un éxito de taquilla. Después hice cuñas, participé en la Radio Rochela y comencé a juntarme con la gente del cine y del teatro. También hice la música de la primera película de Solveig Hoogesteijn, ‘El mar del tiempo perdido’. Fueron buenos tiempos”.

Volver

“Le dije a mi amigo, el Negro Maggi, que quería volver a la música. Tocábamos en la Sonora Venezuela de la Asociación de Ciegos, lo único que teníamos que hacer era fingir ceguera y usar lentes negros y un bastón. Pero el director era tijera y no pagaba, así que me fui.

“Uno de mis mejores amigos dejó la música, estudió ingeniería petroquímica y ahora vive en Estados Unidos. Hoy en día es millonario. Yo no soy millonario, pero soy feliz”.

Por último, el jazz

“El jazz me vino por el lado de la Marina, de todo el contacto que tuve con las bandas americanas. Ahí descubrí la música de Glenn Miller, Charlie Parker, John Coltrane y Sonny Rollins. Los compré y empecé a escuchar jazz.

“Yo estaba pendiente de improvisar y esas cosas hasta que en el año 73 entré a tocar con la banda de Gerry Weil. Me enseñó otras cosas y me empapé, y me zumbé. Ahí formé mi primer grupo, Víctor Cuica y su Jazz Latino, conformado por Julio Romero en el piano, Héctor Hernández en el bajo, y Oscarcito Rojas en las congas y Eleazar Yánez en la batería”.


A los jóvenes, siempre les digo lo mismo: notas largas. Mantenerse alejados del vicio. Practicar, aprenderse varias canciones de distintos jazzistas 

Víctor Cuica, Percusionista, flautista, saxofonista, actor

El hombre hoy

“Me siento bien realmente. A mis 70 años me siento bien. Tengo trabajo, no he grabado más. El público es receptivo conmigo, toco solo y en cuartetos. En España, en Alemania, en Argentina y aquí en Venezuela todo el mundo me conoce. Me siento muy bien y no pienso dejar el saxo porque sería desviarme. Cuando no lo toco siento que me falta algo, no me siento bien. Sé que voy a seguir con mi instrumento hasta el final”.

El secreto

“La fórmula es la constancia. El trabajo. La práctica. Tienes que practicar todos los días. Yo no practico como esos grandes músicos que practicaban nueve horas al día. Yo recuerdo que mis maestros repetían el mismo disco 40 veces. Cuando yo pedía cambiar el disco me preguntaban: ‘¿Ya te lo aprendiste?’ Así me decía el maestro Mario.

“Ahora practico una hora, dos horas, pero hago mi rutina diaria. Practicar el instrumento y caminar, caminar, observar, ligarse con el público, disfrutar las cosas buenas de la vida. Yo camino hasta el mercado, desayuno. La gente me conoce. Tengo un sitio fijo donde toco. No he dejado de trabajar en medio de esta crisis. A veces también Alfredo Naranjo me lleva con su grupo y toco con él y yo plomo al hampa.

“A los jóvenes, siempre les digo lo mismo: notas largas. Mantenerse alejados del vicio. Practicar, aprenderse varias canciones de distintos jazzistas. Yo me sé muchas piezas de memoria, sobre todo de Lester Gordon. También me gustó mucho el estilo de Sonny Rollins porque coqueteaba con lo latino e incluso con el calipso. Para mí, el maestro siempre será John Coltrane, pero yo no le llego ni a las medias. Utilizo sus frases, aunque con el paso del tiempo ya lo que hago es usar frases de Víctor Cuica”.

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