ENTREVISTA A CAMILA RODRÍGUEZ Y ANDREÍNA POLIDOR

Por primera vez en sus cinco años de trayectoria, el Festival de jóvenes directores de Trasnocho Cultural elige a dos mujeres como ganadoras y representantes del relevo en la dirección teatral. Andreína Polidor y Camila Rodríguez dialogan sobre su visión como creadoras y el papel que ocupa la mujer actualmente en las artes escénicas venezolanas

En 18 años, Camila Rodríguez solo ha conocido los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Siente que ser mayor de edad es angustiante, que la política lo empapa todo. La actriz y directora, reconocida recientemente con el primer lugar en el 5To Festival de jóvenes directores de Trasnocho Cultural, cree en el teatro como una manera de construir un espacio distinto y alejado para el espectador. Su obra ganadora, “Riñón de cerdo para el desconsuelo” de Alejandro Ricaño, es una oda al amor, a la magia de París y a la inocencia de quien se siente intocable en un mundo al filo de una guerra mundial.

Pero el caso de Andreína Polidor es distinto. La alumna de profesionales como Juan José Martín, Francisco Denis y Diana Peñalver, y directora reconocida con el segundo lugar del certamen cree en el teatro como un lugar para reflexionar, denunciar y hablar sobre lo que ocurre en Venezuela. Por ello propuso La misión una obra del alemán Heiner Müller sobre las revoluciones fracasadas y las muertes que deja a su paso el intento por hacerlas realidad.

–¿Qué programas existen actualmente para la formación de directores escénicos?

–Andreína: La gente siempre sueña más con ser actor que con ser director. El rostro visible, ya sea en teatro, cine o televisión es el actor. Por ello, la demanda de actores siempre va a superar a la de directores, cuya formación es un poco más compleja desde mi punto de vista. Complejo porque el director no sólo debe saber sobre dirección de arte sino de dirección de actores, que es primordial porque te enseña a hablarle al actor, a guiarlo, a explicarle el concepto de tu propuesta. El trabajo del director es sin duda más complejo.

–Camila: Talleres de actuación también hay muy pocos, lo que ocurre es que los talleres de dirección son casi inexistentes. Dependen mucho de la disponibilidad de los creadores con la experiencia para impartirlos, como Héctor Manrique, Javier Vidal, Luigi Sciamanna, Diana Volpe, Rossana Hernández o Carolina Torres, que son quienes comparten sus conocimientos de esa manera con cierta frecuencia.

–Andreína: Es necesaria, incluso, una formación “legal”. Si bien Unearte aún ofrece la licenciatura en dirección teatral, en mi opinión no lo hace con la misma responsabilidad de hace unos años. Es un pénsum muy superficial que no termina de otorgar a quien lo cursa la responsabilidad completa que amerita el director de teatro.

–¿Cómo se forman entonces los directores?

–Andreína: Cuando era estudiante de Unearte tomé varias materias sobre dirección, a pesar de que yo egresé como actriz. De ellas las más importantes fueron la cátedra de dirección teatral con Francisco Denis; Puesta en escena I con Juan José Martín y El performance y las nuevas tendencias con Diana Peñalver. Esta última tenía la particularidad de que abordaba la actuación desde un punto de vista artístico más que actoral, y sin duda eso marcó mi enfoque como directora.

–Camila: Yo comencé siendo actriz y siempre observé la dirección como algo muy ajeno. Sin embargo, entre la oferta de encuentros del año pasado por La caja de fósforos en el marco de su 5to aniversario, decidí inscribirme en un taller introductorio a la puesta en escena dictado por el actor, escritor y dramaturgo Elvis Chaveinte. Hubo algo en ese encuentro que me cautivó, aunque aún no sabía qué era. Después cursé un taller de dirección con Javier Vidal, mucho más teórico y fue muy enriquecedor. Durante esa experiencia llegué a la conclusión de que sí me gustaba dirigir. Ya con Héctor Manrique terminé de formarme como directora pero comenzó mi sed de más, en efecto sigo queriendo más. Fui asistente de dirección de Manrique en La piedra oscura y pude observar de cerca cómo maneja a los actores, cómo les habla, cómo les explica sus ideas y cómo recibe las de ellos.

–¿En qué se diferencia lo que ustedes están haciendo de lo que están acostumbradas a ver?

–Andreína: El trabajo que actualmente realizo con mi agrupación, que es Teatro de la penumbra, existe desde hace mucho tiempo pero no es común verlo en la cartelera teatral. Se trata de una investigación que llevamos, desde hace más de tres años, sobre el trabajo con el cuerpo. La misión no es la primera obra en la que se manifiesta esa búsqueda, pero sí es la primera vez que podemos mostrar como grupo lo que hemos venido creando desde el Festival de jóvenes directores como vitrina creativa. Si algo diferencia mi trabajo de lo que ofrecen los demás grupos es la búsqueda del personaje a través del cuerpo, a diferencia de los métodos actorales más convencionales.

–Camila: Creo que nuestro teatro está muy estigmatizado, pareciera que cada agrupación tiene una fórmula determinada para realizar una obra. Si observas con atención, puedes saber si una obra fue producida por La caja de fósforos, por el Grupo Actoral 80 o Jota Creativa. Quiero romper con eso, y es por eso que en Riñón de cerdo para el desconsuelo valorizo mucho los objetos. Si en escena coloco una olla es porque esa olla simboliza algo y va a ser utilizada en algún momento. Creo en el simbolismo, en el poder de cada objeto y en la interpretación particular que puedan darle tanto el actor como el espectador. Mi trabajo apunta a esa búsqueda.

–¿Cómo es la presencia de la mujer en la escena venezolana?

–Andreína: Leí en algún momento un ensayo de Virginia Wolf titulado “La habitación”, (se llama Una habitación propia) donde habla sobre el trabajo de la mujer en la literatura. Y una de las cosas que relata es que en el tiempo que le tocó vivir la mujer escritora era sumamente maltratada por sus colegas masculinos y por editores. Era tan maltratada por el patriarcado que la mujer, por dedicarse a la familia y a las labores del hogar, no tenía la libertad de encerrarse en paz a escribir, cosa que el hombre ha podido hacer en cualquier momento histórico. Ese pasado sigue muy arraigado, y la mujer sigue siendo rehén de su familia, de alguna u otra forma.

–Camila: De eso trata la película The wife: Un matrimonio donde la esposa reescribe prácticamente los libros de su marido escritor, quien termina ganándose el Nobel.

–Andreína: Existe tanto atraso aún que un amigo editor me confesó que las mujeres pueden firmar su obra con nombre y apellido si se trata de un poema, pero si es una novela deben firmar con la inicial de su nombre y su apellido por motivos de “marketing”.

–Camila: Ciertamente hay más mujeres actrices que directoras. Pero si haces un conteo total de los directores masculinos, llegarás a la conclusión de que también es un número reducido. Yo no quiero caer en afirmaciones como: “¡el teatro es machista!”, pero sí puedo decir que hay algo indefinido. Que esta sea la primera vez en la historia del Festival de jóvenes directores que ganan dos mujeres no debería ser tan impresionante, sino algo normal. La mayoría de las personas se alegra más porque somos mujeres que por ganar el certamen. En mi caso particular, tengo 18 años y la gente en vez de asombrarse porque soy la directora ganadora más joven en la historia del festival, se asombra porque soy mujer. ¿Por qué es tan sorprendente que ganemos? Eso, lamentablemente, habla mucho de nosotros como sociedad.

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