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sábado, 19 septiembre, 2020

En Caracas se come baree

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Nunca ha existido alguien tan venezolano como Cosme Paraima. El lugar común dirá que la venezolanidad empieza y termina en el Salto Ángel, en una arepa o en el chicharrón con pelo. Pero la venezolanidad de Cosme radica en sus raíces baree, una etnia originaria ya extinta que se radicó en Puerto Ayacucho, lugar de origen de Cosme. De familia pescadora y conuquera, está acostumbrado a los avatares de la selva: cruzar el río para estudiar, regresar a casa por el mismo camino, salir de caza por el otro. Ha visto de cerca tigres y caimanes. Pero Puerto Ayacucho no lo preparó para Caracas y sus heridas supurantes.

La noche que temió por su vida, Cosme, que es actor, salió de la filmación de una película entre las 6:30 y las 7:00 p. m. Se dirigió a Gato Negro para tomar los “piratas” que circulan más rápido. Como no llegaban y el pasaje había aumentado de precio, decidió hacer la cola del Sitssa (Sistema integral de transporte superficial), cuyo precio es de solo 30 bolívares soberanos.

Mientras cruzaba, notó que dos personas hacían lo propio desde aceras paralelas y lo seguían. Uno de ellos gritó: “¡Ahí va un cotorro!”. Cosme se paró en seco. Pensaba que, de nuevo, lo iban a atracar, así que aceleró el paso y logró integrarse a la multitud. Vio entonces que a los dos sujetos anteriores se habían sumado un hombre y una mujer. En vez de sustraerlo de la cola comenzaron a rodearlo, a gritar amenazas contra los cotorros. “Ya los tenemos identificados. Uno está al principio y el otro tiene un suéter azul”. Era Cosme, quien aún no comprendía por qué cuatro desconocidos se referían a él como un “cotorro”. Luego vinieron las amenazas. Los sujetos ofrecían hasta 5.000 dólares a quien pateara o incluso matara a uno.

El 20 de enero el presidente de Ecuador, Lenín Moreno, informó que su gobierno estudia la posibilidad de exigirles un permiso especial de ingreso al país a los inmigrantes de origen venezolano, después de que un hombre de esa nacionalidad asesinó a una mujer embarazada en Ibarra, provincia Imbabura. En el país sudamericano la reacción de la colectividad no se hizo esperar: grupos de ecuatorianos salieron en búsqueda de venezolanos para agredirlos, desalojarlos, quemar sus pertenencias.

En Venezuela la reacción fue más comedida, no así las amenazas. En Facebook se pueden leer publicaciones como: “¿Quién se activa a matar ecuatorianos?” o “Se le informa a toda el hampa venezolana que empiecen también a matar ecuatorianos”. Incluso un llamado a la organización: “Hermanos, si se junta un combo pa’ matar ecuatorianos, escríbanme”.

En la Asociación de pequeños comerciantes Cruz Verde, algunos de los vendedores que ahí laboran llegaron a recibir cadenas de amenazas vía Whatsapp. Muy pocos hablan, pero todos coinciden en que las amenazas se quedaron en las redes y no trascendieron a la violencia física.

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Nunca se sabrá qué hubiese pasado con Cosme Paraima si el autobús del Sitssa no hubiese llegado como una señal de la Providencia. No tardó en abordarlo. Logró llegar a su casa, y al hacerlo, lloró. Llamó a su esposa -que vive actualmente en Colombia con su hijo pequeño- y le rogó que se cuidara. “Cuida a Maxi; cuídate tú, por favor”. Solo entonces buscó en internet qué significa “cotorro”, y solo entonces entendió que es la palabra usada para referirse a los ciudadanos de origen ecuatoriano. Cuatro individuos lo habían confundido a él, a un indígena originario, con un extranjero. “Lo que más me duele es que esto me pasó en mi propio país”, confiesa Cosme con la voz llena de indignación.

Su malestar no mejoró cuando descubrió que en redes sus propios amigos fomentan la violencia contra los ecuatorianos. Como si la sangre derramada limpiara las culpas o distribuyera la justicia. Como si la muerte de una mujer no fuese un asunto de machismo, sino de nacionalidades.

Esa noche Cosme Paraima no pudo dormir. Había estado expuesto al peor tipo de animal: el ser humano.

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