El pianista, compositor y arreglista experimenta a sus 80 años con nuevas formas de hacer música y prepara un nuevo proyecto con Johabeat y la agrupación de hip-hop Free Convict. Resalta que vive a plenitud y que ama a Venezuela y su gente

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Gerry Weil rescata de su vasto anecdotario aquella vez que casi lo asaltan. Ocurrió en los años 80 cuando tocaba en los barrios de Caracas con el Grupo Madera de San Agustín y, más tarde, mientras daba clases de música a los reclusos de la Cárcel Modelo. Sea por falta de recursos, sea por avatares políticos, lo cierto es que la experiencia de Weil como maestro de presos quedó en suspenso.

Tiempo después Weil, austriaco de nacimiento y caraqueño desde los 17 años, transitaba por una calle oscura de la capital y fue abordado por varios hombres que tenían la intención de robarlo. Pero uno de ellos lo reconoció, puesto que había sido su alumno en la Cárcel Modelo y disuadió a sus demás compañeros con esta exclamación:

¡Achanta, que el pure es pana!

Somos un instrumento de percusión con diferentes sílabas

Gerry Weil

Esa noche a Weil no lo robaron. Convirtió a los ladrones en sus amigos porque logró tocarlos con música del mismo modo que ha hecho con su público cautivo durante toda su carrera.

–Hay gente que no llega a los 80 años con su misma vitalidad. ¿Cuál es la fórmula?

–La fórmula, ante todo, es entender que el camino te resta y no te suma. ¿Qué quiero decir? El ser humano tiende a buscar la felicidad en acumular cosas: conocimiento, riquezas… Solo cuando reconoces esa fuerza que creó las nubes, la música, la poesía y vives con agradecimiento de estar vivo, de poder inhalar, sonreír y exhalar y quedarte feliz solo con escuchar una frase hermosa, no necesitas más nada. Tú estás completo. La gente me hace preguntas como: “¿Cómo está, señor Gerry?” Y yo digo: “Vivo, por supuesto”. Entonces me responden “¿Qué más?” Y yo pregunto: “¿Hay algo más? Estoy vivo, eso es todo”. Si me traes un durazno, lo disfruto. La vida es un vaso de agua cuando tengo sed. El primer sorbito de cerveza a las 11:00 am en la playa. El mordisco de un sándwich bueno. Una buena película o un buen libro. La vida es muy sencilla, es dejar fluir y aprender que menos es más. Al final solamente queda esta alma individual que somos y la gran alma de la que venimos. La muerte tan temida, tan grande, es volver a esa alma. 

La música es un gesto de amor de lo divino hacia nosotros

Gerry Weil

El pure más pana de Venezuela

Achanta que el pure es pana es el nombre de una producción que legendario pianista realiza en compañía de otros artistas como Johabeat y Free Convict. Gracias a ellos, Weil hace beatbox.

–Todos tenemos un instrumento, somos nosotros mismos. En 1982 yo estuve en el festival Berliner Jazztagen (Festival de Jazz de Berlín) y vi por primera vez a un personaje que cambió mi vida. Su nombre era Bobby McFerrin. El hombre salió, se paró frente a un micrófono e hizo él solo la versión de España de Chick Corea haciendo la percusión, el bajo, todos los instrumentos con su voz, con su cuerpo. Ahí realmente descubrí que somos nosotros un instrumento. Y somos un instrumento de percusión con diferentes sílabas. Johabeat me está enseñando y yo estoy trabajando en eso. Si me quedo desempleado puedo pararme en el Metro de Caracas, colocar un platico, hacer beatbox y recitar alguna poesía. Poesía y ritmo, rhythm and poetry son las bases del RAP.

Me gusta toda la buena música. No puedo definirme. Toco de todo

Gerry Weil

–¿Cómo es un concierto de Gerry Weil?

–Mis conciertos tienden a ser multidireccionales porque me gusta la música. Y me gusta toda la música. En mis conciertos suelo compartir con el público los géneros y estilos que son de mi agrado. Puede que como producto este concepto sea un poco disperso porque se trata de un público de jazz, del mismo modo que existe un público específico para la música clásica, para el hip hop, para la música folclórica. Y creo que también existe un público que es como yo y le gusta todo tipo de música.

–¿Qué es la música para usted?

–La música es un gesto de amor de lo divino hacia nosotros y, a la vez, es nuestra respuesta a ello con pasión y agradecimiento

Al enseñar música, enseño a amar la música y por lo tanto a amar al arte y por último amar a la vida

Gerry Weil

–¿Qué compositor representa para usted este concepto?

–En los últimos años he llegado a la conclusión de que Johann Sebastian Bach es el padre de la música porque la suya no es terrenal. Se conectó con la divinidad y permitió que la divinidad le dictara las frases y fórmulas perfectas de la armonía. Su obra es absolutamente monumental y fuera de lo humano. Va más allá de lo humano, es perfecta. No falta ni sobra una nota.

–En sus últimos años un noble de nombre Hermann Carl von Keyserlingk le pidió a Bach música que le aliviara unos fuertes ataques de una enfermedad que no recuerdo, muy dolorosa y muy agonizante. Entonces escribió las Variaciones Goldberg, una de sus últimas obras. Es música curativa, terapéutica. Llevo seis años dedicado a escucharlas porque comprenden 30 variaciones y un aria. Esa es la música que necesitamos ahora, que vivimos tiempos tan difíciles.

–¿Qué le gusta incluir en sus conciertos?

–Bach, jazz, música venezolana… Me gusta toda la buena música. No puedo definirme. Toco de todo.

Puedo irme a cualquier sitio, pero me gustaría seguir viviendo aquí si se puede.

Gerry Weil

–¿Y lo baila?

–Me muevo, pero no me atrevo a decir que bailo. Donde yo he practicado baile es en mis casi 40 años de karate.

El lado oriental del austríaco más venezolano

A sus 80 años Weil es cinturón negro y primer dan en karate. Dice que pone un canal en japonés y no entiende nada, pero lo habla y maneja los tres sistemas de escritura del idioma.

–Japón es un país que visité por primera vez en 2006. Competí en el Mundial de Karate en la categoría Máster y tuve además cinco presentaciones en distintos lugares del país. Ese mes en Japón cambió mi vida.

Necesitamos una revolución cultural muy intensa en Venezuela

Gerry Weil

–¿Qué le marcó más?

–Japón me impresionó por su concepto inherente del honor. El honor por encima de todas las cosas. El barrendero tiene honor, el presidente de una multinacional tiene el mismo honor. Tokio me impresionó por lo ordenado, lo correcto. Fue una cultura que se cuidó por cientos de años y no permitió entrar a la cultura occidental. Me impresionó su manera de dormir, de comer, la ceremonia del té.

Recientemente, Weil tuvo presentaciones en ciudades como su natal Viena y Madrid, ciudades que no duermen y donde hasta el agua de los excusados es potable. Regresó a Venezuela a la 1:30 de la mañana, con el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía iluminado a duras penas y, sobre todo, en total silencio. Al llegar a su hogar en Sabana Grande no había electricidad y tuvo que subir tres pisos con sus maletas.

–Pero aquí estoy. Este es mi país y de aquí no me voy

–¿Por qué?

–Yo amo a este país. Yo amo a Venezuela. Amo al verdadero venezolano, el que visitas a su casa y en tres minutos te ofrece café. Esta amabilidad, esta humanidad, esta forma abierta y el sentido del humor que tenemos así. Son las cosas que me amarran aquí: la humanidad, la libertad que tenemos. En Europa debes amarrarte a un crédito toda tu vida para pagar una casa. Esta casa en la que estamos hablando es mía desde hace años. Además, aquí tengo mis alumnos, tengo mi público. Puedo irme a cualquier sitio, pero me gustaría seguir viviendo aquí si se puede.

–¿Qué valoración hace de esta nueva generación de músicos?

–Me preocupa un poco esta generación porque hay una tendencia hacia los videojuegos muy fuerte. Los jóvenes me preocupan. Es mucho el look, pero hay carencia de cultura. El reggaetón es una forma maquiavélicamente planeada para la gente que no tiene cultura y vive en un mundo donde todos quieren dinero, sexo o un yate.

–Hay una generación cultura, inteligente y talentosa que se está yendo. Hay una juventud que necesita valores, un jardín donde nacer, donde jugar. Necesitamos una revolución cultural muy intensa en Venezuela. Lo necesitamos para el venezolano, que en esencia es muy talentoso. Una de las razones por las que sigo en mi país es porque siento que siembro cultura. Y así les enseño a amar. Al enseñar música. Les enseño a amar la música y por lo tanto a amar al arte y por último amar a la vida. Si tú amas, tienes futuro.

–¿Cómo le explicaría la música a alguien que nunca la ha escuchado?

–No la explicaría, tocaría. Porque la música expresa mejor lo que es que cualquier definición lingüística o verbal. Estoy seguro de que me va a captar. Por ejemplo, si unos extraterrestres me capturan y pudiera llevarme solo una pieza musical a otro planeta llevaría el aria de las Variaciones Goldberg, que es bellísima. Y la tocaría, no les explicaría. La música habla por sí misma.

El reggaetón es una forma maquiavélicamente planeada para la gente que no tiene cultura y vive en un mundo donde todos quieren dinero, sexo o un yate

Gerry Weil

–¿Cómo es el disco que le falta por hacer?

–Los discos, querrás decir. Hay mucha música en el mundo que me falta investigar. Pero me llama la atención las manifestaciones nuevas de géneros como el reggae, el rock, el hip hop y el folclore de diferentes partes del mundo. Me gusta la música de la india, la música persa, la música de los mongoles que conozco desde hace cuatro años para acá. Desde hace pocos años me interesa la relación entre el verbo, el idioma y la música. Por eso me gusta el beatbox, el rap y el scat.  Encontré el nexo entre idioma y música, que es otro idioma. Creo que ahí está el secreto: desarrollar poesía y música. Rhythm and poetry.

–¿Qué músicos incluiría en un soundtrack de su vida, además de Bach?

–Muchas cosas. Estaría Domenico Scarlatti, Peter Gabriel, Bobby McFerrin y Keith Jarrett, mi pianista favorito.

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