El programa “Fábrica de cine” llega a su III edición formando a jóvenes entre 14 y 18 años provenientes de zonas populares del municipio Baruta. Bernardo Rotundo es el director de Gran Cine, circuito que promueve el programa desde 2015, ofrece las estadísticas del programa y explica los proyectos en curso para su extensión

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¿Puede conocerse a una persona por las películas que selecciona? Si la respuesta es negativa, al menos el ejercicio resulta entretenido. La oficina de Bernardo Rotundo, presidente del circuito Gran Cine, permite hacerlo: en su despacho no hay afiches de blockbusters (películas con un gran presupuesto y engrosadas por los actores del momento), sino más bien una curaduría de cine clásico. Hay al menos dos fotogramas del Ciudadano Kane de Orson Welles. Un afiche minimalista de La última tentación de Cristo de Martin Scorcese, que muestra un entramado de espinas. Los alumnos de John Keating cargándolo en una secuencia de La sociedad de los poetas muertos de Peter Weir. Y la imagen romántica e infaltable de Humphrey Bogart con su mejilla apretada contra la de Ingrid Bergman en Casablanca.

Porque en Gran Cine, más que hacer cine, se difunde. Por algo, Rotundo se describe como “promotor de cine y de buen cine”.

El programa Fábrica de Cine llegó este año a su tercera edición y hasta el momento ha atendido a casi 4.000 jóvenes entre 14 y 18 años, todos estudiantes de escuelas públicas del municipio Baruta. El resultado es palpable, evidente: seis cortometrajes documentales realizados por potenciales cineastas que denuncian, a través de su trabajo, problemas y carencias vinculados con su comunidad y con el país.

La iniciativa que promueve el Circuito Gran Cine comenzó en 2015 y Bernardo Rotundo, su director general, explica que tiene un objetivo claro y conciso: promover la formación de jóvenes a través de las artes cinematográficas, con sentido crítico ante la realidad y enfocados en temas relacionados con los derechos humanos.

Tarea nada fácil, cabe acotar. A lo largo del programa no han sido pocas las voces disidentes que acusan al programa Fábrica de Cine de adiestrar o sugestionar el juicio de menores de edad al convidarlos a adoptar una actitud crítica ante lo que ocurre en Venezuela, día a día, en materia de economía, seguridad y salud. Gran Cine, y en especial Rotundo, han sido enfáticos al afirmar que la inscripción al taller solo es válida cuando el interesado asiste con el permiso firmado por sus representantes legales. Solo así se valida su admisión.

La cuarta edición de Fábrica de Cine, cuyos encuentros tienen lugar en la Casa de la Cultura del municipio Baruta, va bastante avanzada. “El programa va por la parte más bonita, más fructífera, que es la de la de realización cinematográfica”, explica Rotundo.

A lo largo de un año, los jóvenes que aplican al programa reciben formación en cultura cinematográfica, derechos humanos, reportería ciudadana, guión, producción y otras etapas comprendidas en el proceso estándar de llevar una historia del papel a la pantalla grande.

La Fábrica de Cine comienza con una etapa conocida como “siembra”. La razón del nombre es muy sencilla: representantes de Gran Cine asisten a escuelas públicas de Baruta y proyectan en ellas películas cuyos temas abordan, o están directamente relacionados, con los derechos humanos. Solo en esta etapa, el programa alcanzó a 1.100 jóvenes entre 2015 y 2016; 1.300 entre 2016 y 2017, y 1.500 entre 2017 y 2018. Culminada la “siembra”, se abre la convocatoria a los jóvenes interesados, de los cuales se inscriben un promedio de 80 en cada período.

Durante un año, esos jóvenes reciben formación desde las 9:00 am hasta la 1:00 pm, con profesionales de la talla de Fernando Fernández y Luis Carlos Díaz, además de integrantes de organizaciones no gubernamentales como Cofavic.

Posteriormente, son 30 los jóvenes seleccionados para desarrollar una película documental de corta duración, cuyo tema debe estar centrado en problemas de la comunidad. Los cortometrajes documentales de la experiencia Fábrica de Cine II (período 2017-2018) pueden encontrarse en el canal de YouTube del circuito Gran Cine y muestran, en un promedio de ocho minutos, los problemas que preocupan a los vecinos baruteños (y a Venezuela) como la fuga de talentos, la migración, la censura en medios de comunicación, el descalabro del sistema de salud y la deserción de los profesores de instituciones educativas por los bajos sueldos.

Destaca, entre ellas, un documental producido por Gran Cine titulado Baruta a secas, bajo la dirección de Omar Mesones, donde la participación de los vecinos y líderes comunitarios fue fundamental durante la investigación y el abordaje de la escasez de agua en el municipio.

Un cine sin espectadores

La motivación de Rotundo y Gran Cine para impulsar un programa como la Fábrica de Cine es clara: “Nuestro interés es plantearles a los jóvenes una propuesta de trabajo que les permita seguir creyendo y creando en el país”, explica. Pero las estadísticas no son alentadoras.

La crisis económica es una de las grandes causas del descalabro de la producción de cine nacional, después de los “avances importantes” que, según Rotundo, registró la industria entre 2005 y 2015, cuando títulos venezolanos como Hermano (Marcel Rasquin, 2010), Azul y no tan rosa (Miguel Ferrari, 2012), Pelo Malo (Mariana Rondón, 2013), o Desde allá (Lorenzo Vigas, 2015), lograron triunfar tanto en Venezuela como fuera de ella.

A partir de 2016, el deterioro es evidente. Según datos manejados por Gran Cine, ese año comenzaron las regulaciones energéticas y su aplicación a los centros comerciales, factor que influyó considerablemente en la disminución de los espectadores. De 30 millones de boletos vendidos durante el año 2015, el número se ubicó en 13 millones al cierre de 2018. El circuito espera que la cifra siga reduciéndose y 2019 cierre con tan solo 10 millones de boletos vendidos en todo el año.

Es poco alentador el futuro del cine venezolano y para los jóvenes realizadores que egresen del programa Fábrica de Cine con miras a trabajar en esta industria venezolana. Sin embargo, Rotundo propone un modelo, cuyo proyecto busca patrocinantes, para crear células de cine-clubes en las comunidades.

La educación de Gran Cine parte, explica Rotundo, de la idea de profesionalizar la labor del difusor cultural cinematográfico en las zonas populares. “Nuestra idea es que los cine-clubes que concebimos sean productivos desde el punto de vista económico”. El proyecto comprende la creación de “mini cines populares” o salas de cine en pequeño formato que posean un ritmo de proyección parecido al de las salas de cine convencionales, donde se realicen cine-foros y se cobre el boleto de entrada. Rotundo hace énfasis en acompañar la labor de los “mini cines” con la creación de una caramelería, pues se ha comprobado que el negocio del cine no encuentra su rentabilidad en el costo de la entrada sino en la venta de dulces, bebidas y otros alimentos.

El proyecto, como tantas otras grandes ideas, se encuentra actualmente en pañales. Esperan un golpe de suerte, un patrocinante bondadoso o el primer joven que encuentre motivos para quedarse y decida arriesgarse con su ejecución.

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