En este barrio de Caucagüita se levantan los ranchos de unas 268 familias con maderas y zinc sobre la tierra amarilla. Verónica, al igual que todos los habitantes de la zona, no cuentan con ningún servicio básico y ni siquiera tienen unas escaleras de cemento o aceras para entrar a la comunidad

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De repente todo se puso oscuro y apenas eran las 2:00 de la tarde. El gris vistió el cielo y comenzó a tronar como si chocaran con fuerza esas mismas láminas de madera y zinc de las que están hechas las casas en Ciudad Tablita, un barrio, cerro adentro en pleno corazón de Caucagüita, en el municipio Sucre del estado Miranda.

Pero Verónica Reinezo no se deja asustar. Ella escucha el primer trueno como si se tratara de una carcajada, como si el ruido no vaticinara que su casa y todo el barrio se va a inundar en poco tiempo. Como si no recordara que cada vez que cae un aguacero para los que viven en Ciudad Tablita no hay refugio posible, porque las maderas solo sirven para encauzar hacia adentro de sus casas el agua, el pantano y los problemas.

Verónica no recuerda. No quiere recordar. Ella sigue viendo lejos hacia las montañas.

–Yo estoy segura que allá en ese cerro, detrás de los ranchos de Ciudad Tablita, está Dios– Dice con los ojos aguados.

–¿Qué cosas dices, mujer?– le contesta un visitante de la Fundación Impronta que se encuentra en el umbral de su casita.

–Te estoy diciendo que Dios está allí y yo estoy segura que desde allí nos ve y nos cuida a nosotros, a los pobres, y nos acompaña– Le contesta Verónica.


Yo estoy segura que allá en ese cerro, detrás de los ranchos de Ciudad Tablita, está Dios

Verónica Reinezo

Pero, aunque Verónica sostiene con seguridad su premisa, parece que nadie, ni Dios, mira hacia Ciudad Tablita, un sector popular sin agua, con luz robada, sin telefonía fija, sin transporte y sin escaleras de cemento, ni aceras. Allí parece que alguien cortó alguna parte de la vegetación e incrustó sobre la tierra amarillenta ese cúmulo de casitas que se construyeron con tablas, láminas y escombros con apenas la estabilidad necesaria para alzarse como paredes y levantar algunas habitaciones. 

Para poder entrar hay que buscar entre la maleza la baranda que anuncia unas escaleras y que las acompaña solo los primeros 10 escalones. Luego toca pisar fuerte la tierra de la que están hechas las escalinatas y ver a los lados, para evitar la sorpresa de una culebra, rata o rabipelado que salga del monte. 


Si los agarra la lluvia aquí abajo, aquí abajo se quedan

Verónica Reinezo

Luego de bajar más de 100 escalones y un camino de tierra de unos 200 metros, hay que seguir sorteando monte y caminando por pasillos improvisados para llegar a las primeras casitas de tabla. La de Verónica es de las primeras y está dividida en tres espacios: dos cuartos y una cocina. Alrededor ella tiene sembradas matas de lechosa, de pimentón, de ajíes y de parchita, además de “monte para remedio” y “el que sirve para aliñar”.

El ranchito de Verónica se está cayendo, las tablas están separadas y el agua se filtra. Allí viven 14 personas, ocho de ellas niños que son nietos de Verónica y que se encarga de criar a punta de dulce de lechosa, pan y pescado seco que uno de sus yernos trae a casa y que ella se encarga de preparar. 

Pero, a pesar de las carencias, Verónica procura que sus niños tengan “mente y cuerpo ocupados” para que desarrollen sus capacidades y mejoren sus condiciones de vida. En eso colaboran fundaciones como Impronta, organizaciones y líderes comunitarios que desde que inició el año 2019 visitan la zona y ayudan donando ropa y suplementos alimenticios para los niños. 

Hambre que da miedo

En la casa de Verónica nadie se queda sin comer. Propios y vecinos se alimentan de cualquier cosa que ella prepare, así se trate de un jugo. Ella ofrece a todo el que la visita algún dulcito y le pide que lo coma rápido porque “si los agarra la lluvia aquí abajo, aquí abajo se quedan”.

Los relámpagos y truenos agobian a la gente de Ciudad Tablita, la obligan a vivir en zozobra, pero aunque cada aguacero es una posibilidad de quedarse sin casa, la lluvia no los mortifica tanto como el hambre. En Ciudad Tablita “se pasa hambre que da miedo”.


Tengo meses encerrada en mi casa. No salgo porque no tengo para el pasaje y los niños se pasan el día ahí en el piso, jugando con el perrito, o los despierto bien tarde para que no les de hambre. Aquí pasamos mucha hambre y ellos lo saben. Ya no piden tanta comida

Neida Albino

Esa es la expresión que usa Neida Albino, una habitante de este conglomerado de ranchos en donde asegura que no son tomados en cuenta para cosas tan básicas como los servicios de agua, de gas, de luz o teléfono. Neida tiene tres niños de 1, 5 y 6 años de edad y ninguno va a la escuela porque no tienen cuadernos, uniformes o comida y ella no trabaja. Además, lo que gana su esposo, a destajo como obrero, no alcanza.

–Tengo meses encerrada en mi casa. No salgo porque no tengo para el pasaje y los niños se pasan el día ahí en el piso, jugando con el perrito, o los despierto bien tarde para que no les de hambre. Aquí pasamos mucha hambre y ellos lo saben. Ya no piden tanta comida– cuenta Albino. 

Esta mujer incluso cuenta que su hijo más pequeño, de un año y medio, tuvo paludismo y “casi se muere”. Ella volvió al barrio con él aún en estado delicado y nunca pudo cumplir el tratamiento completo o la dieta porque no tenía con qué.

El testimonio de Neida le da la razón a Verónica, quien no miente cuando asegura que “Dios es el sustento” de ella y de toda la gente de Ciudad Tablita, una comunidad de 268 familias (según un censo hecho por los vecinos en el mes de julio de 2019), en donde la coincidencia general, además del material del que están hechos los ranchos y que le da nombre al barrio, es la falta de trabajo y el hambre. 

Casi todas las vecinas se pasan el día en casa, limpiando. Porque, eso sí, los ranchos de estas mujeres son de tierra, pero todo está en orden, no hay juguetes, escombros o bultos de ropa en el suelo. Casi todas reciben a sus visitantes con la escoba en la mano como muestra del oficio que hacen. Y, aunque muy humildes y sin agua, en estas casitas de tabla no huele a orine, ni a basura.

–Hay que seguir bajando, pero pendientes porque va a empezar a llover y esto se vuelve un desastre– dice Noslen Cova, una chica del barrio que encontró en este sector la independencia que necesitaba para vivir con su pareja.

–¿Pero qué tan feo es cuando llueve?

–Bueno con decirte que no se puede subir, esto se vuelve un pantanero, las escaleras se borran y eso es gente cayéndose como si fuera un tobogán porque ni luz hay para ver donde uno pisa– responde la chica. 

Como ella, otras muchachas jóvenes encontraron en la comunidad esa posibilidad de tener una familia. Adriana Díaz es de ese grupo. Tiene 19 años y una bebé de un año de nacida. Compró un rancho en Ciudad Tablita hace dos años por 900 bolívares de los fuertes y desde entonces vive con su pareja, con quien sale todos los días a vender chupetas en el Metro. 

Ella celebra por sobre todas las cosas la tranquilidad del barrio. Dice que no hay robos, que no hay peleas y que la delincuencia, como el agua o las soluciones, no pasan nunca por Ciudad Tablita. Y aunque no conoce la historia de este sector, coincide con personas como Carmen del Rosario, quien tiene 40 años en la zona, en que la tranquilidad es casi el único privilegio de vivir allí. 

La familia del Rosario es una de las pocas del barrio cuya casa tiene piso de cemento. Aseguran, sin embargo, de que se trata de una ventaja que no sirve de nada, pues todo alrededor empobrece y dificulta las condiciones de vida. Otra coincidencia entre los vecinos son los deseos siempre vigentes de irse “a un lugar mejor”.


Por eso cuando llueve siempre escampa, porque uno siempre con la ayuda de Dios puede resolver

Nancy González

Los residentes de Ciudad Tablita no han encontrado unos oídos dispuestos a escuchar su clamor y algunos atribuyen a la desunión en el barrio la inacción de las autoridades locales y estadales con respecto a las carencias de la zona. Aseguran que se han quejado con el consejo comunal Ávila I de Caucagüita, al que pertenecen, y que muchas veces Protección Civil ha visitado la zona y declarado la condición de inhabitabilidad, pero sin que hasta el momento se tomen acciones. 

La inacción reina entre esta gente que espera en los umbrales de madera de sus ranchos que caiga el aguacero. Ellos viven con miedo. Miedo de la lluvia, miedo de que se vaya la luz, miedo de que salga un animal, miedo de que sus casas se desplomen, miedo de que le caiga la casa encima, de que se quemen los ranchos cuando queman el monte, de enfermarse por la proliferación de plaga.

El miedo los martiriza, pero su Dios, ese que vive detrás de las montañas de Ciudad Tablita, los ampara y los provee este y cada día. “Por eso cuando llueve siempre escampa, porque uno siempre con la ayuda de Dios puede resolver”, dice Nancy González, una vecina cuya hija de 12 años tiene una compleja condición de salud que ella también le deja a Dios porque “para remedios, médico o pasaje para bajarla, no hay”.

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