Venezolanos se reinventan al infinito: Yo, el Chino Latino

Todo comenzó en Brooklyn, o tal vez fue en Caracas, ¿cómo saber si su mandarin tiene o no un acento latino marcado? Lo único que se puede asegurar es que también hace reír a los chinos en su propia lengua, a los "niuyorkers" los cautivó con su toque caraqueño en la cocina y a los latinos los pone a bailar con su melomanía entre saxo, cuatro y bajo

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Guillermo Hung no es familia del chino maracucho Francisco Hung, genuino representante del expresionismo abstracto venezolano, pero verán que es un emblema, un emblema criollo.

Su abuelo paterno, Alberto, llegó a Caracas en 1958; dejaron Ying Ping, Canton, y no emigran a Cuba. Nadando contra la corriente se van a otro paraíso latino para la época: Venezuela. Pasando por el 23 de Enero dijo: «¡Qué carajo voy a hacer en este país tan retrogrado!» Sin embargo, no tardó en conseguir su camino.

Guille recuerda que en las historias del abuelito figuraba como el jefe de la mafia de garitos chinos donde hizo su fortuna con apuestas ilegales.

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Los recuerdos de Guillermo se suscriben a estar clandestino con él y la abuela en todos los hoteles de Caracas, Maracay, Valencia y La Guaira, pues en ciertos momentos se “enconchaban” porque de verdad estaban siendo buscados y preferían, ciertamente, no ser encontrados.

Como madre solo hay una…

Los abuelos por parte de mamá tenían un negocio de compra-venta de oro en Valencia. Después de muchos negocios, el abuelo llevó la economía familiar a la quiebra por ser un jugador empedernido. Fue gracias a la madre del Chino que lograron sortear la situación; apostaron a un buen matrimonio y esta vez ganaron.

Su padre era lo que llamaban “un buen muchacho”. Tenía un negocio al mayor en el periférico de Coche. Luego abrieron restaurantes chinos, la primera franquicia de restaurantes llamado Orient Cream, una idea traída de San Juan de Puerto Rico, una extraña y exitosa combinación de comida china y helados.

En el Orient Cream trabajaba hasta el gato. Allí, Guillermo estuvo hasta graduarse de la escuela secundaria y fue entonces cuando se fue de Venezuela. En esos 12 años Guille absorbió inconscientemente todo el conocimiento del negocio de la restauración.

Viaje al Imperio

Guille siempre fue músico; cuando joven, su pasión por los ritmos caribeños fueron impregnados del jazz del Berklee College of Music, en Boston, de donde egresó con mención producción musical. A su regreso tomó el Hunan Garden de Santa Mónica (de sus padres) y antes de los 30 años ya Guille gerenciaba un concert-bar-restaurant que estuvo de moda por aquellos tempranos años 90.

En ese retorno se integró al Team Malin (1995-2000), que para muchos fans se llamaba así por tener al Chino entre sus integrantes. Entonces las cuentas sí daban. Luego pasó veloz al saxofón con Bacalao Men (1999). Allí se queda hasta desintegrarse el grupo por nuevas migraciones.

Éxitos como El reloj todavía suenan en el soundtrack de los 90; esa época que hoy nos resulta tan ansiada como lejana.

Por eso el Chino habla perfecto mandarín, inglés y un español caraqueñísimo.

Entonces llegó la primera ola de emigración

El Chino parte a Nueva York y un par de años después se regresa a Venezuela convertido en fotógrafo. Entre sus experiencias registró con su cámara mas de 100 bodas, convirtió el dedo y el gatillo en el fin de su mirada. Al llegar a Caracas se coló entre un circo ambulante y participó en peleas de gallos (típico en la cultura tradicional venezolana) apostándolo todo al click. Hizo exposiciones y regresó a Nueva York para montar junto a su esposa, María Antonia Blanco, (artista y productora venezolana) Pao and Cha Cha, lo cual convirtió en un éxito en Astoria.

En suma, el Chino es totalmente multitasking. Si en los 90 popularizó sus videos de clases de cocina Balas Chinas, en Astoria compartía por Facebook Live recetas con música y amigos que lo visitaban. Periodistas iban y venían para entrevistarlo y probar su sazón: “El Chino Latino” rompe record y supera los 9 millones de vistas en YouTube. (https://www.facebook.com/watch/?v=10156958653514267)

Ahora, mientras nutre la navidad venezolana en Nueva York con sus fabulosos panes de jamón y cachitos va preparando maletas. El chino latino retoma el camino, cual Fito Paez “le gusta estar al lado del camino”. Su meta es Miami: recorrer las autopistas de la Costa Este de EE. UU. visitar Carolina del Norte, e ir visitando algunos restaurantes, cocinar para ellos, intercambiar técnicas y recetas, dar a conocer por sus redes sociales los tesoros y sorpresas que le esperan en el camino.

Miami es el regreso al hogar, el hogar son sus afectos y allí, entre tantos amigos criollos, tiene un par de cómplices: un editor y otro productor de Telemundo, con quienes relanzará Balas Chinas. Ya el podcasting le venía en la sangre: Guillermo va con todo, deja el invierno neoyorkino y se entrega al calor. Las playas de Miami están llenas de posibilidades con sus restaurantes de todo tipo de comida. “La Gladys” es su compañera de viaje: una casa rodante marca Gladiator, su nuevo amor, su nueva aventura.

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