Pensar en que pudo haber salido del hospital en cenizas sin tener familiares que las recibieran fue el miedo que acompañó por tres semanas a la merideña Dahiana Araujo, mientras tuvo la enfermedad por el nuevo coronavirus en Nueva York

El miedo fue inevitable para Dahiana Araujo, una venezolana, oriunda del estado Mérida, cuando la llamaron del hospital de Elmhurst, el 31 de marzo, para decirle que el resultado de la prueba que se había hecho tres días antes era positiva para enfermedad por el nuevo coronavirus.

Dos semanas de tos seca, dolores de cabeza como si le hubiesen puesto candela y finalmente fiebre le hicieron sospechar acerca de la posibilidad de ser positivo al COVID-19. La idea no era descabellada, pues la cantidad de contagios ya eran alarmantes en Nueva York, sitio donde reside desde hace dos años.

Para descartar la sospecha fue al hospital de Elmhurst, el 27 de marzo. Había tanta gente que esperó aproximadamente nueve horas y nunca fue atendida. Al día siguiente, el 28 de marzo, volvió con más dificultad para respirar y le realizaron la prueba de Reacción de Polimerasa en Cadena (PCR por sus siglas en inglés). Tres días después, el resultado fue positivo para COVID-19.

El miedo la acompañó durante tres semanas. Pensar en que vive en un país sin su familia le generaba terror. El pensamiento de ir al hospital por sentirse peor y no salir de allí la atormentaba constantemente.

“Aquí –en Nueva York– la gente entra a un hospital con coronavirus y si no te recuperas no puedes volver a ver a más nadie. Ni tu familia te puede esperar afuera, menos en mi caso que no tengo familia acá. Te mueres, te entregan en cenizas y se acabó. Aquí hay muchas personas que se murieron y las familias no pudieron venir, hacer funeral ni nada. Mucho inmigrante que su familia está en otros países”, narró a El Pitazo vía WhatsApp.

Convertirse en cenizas era su mayor temor, así que aguantó en su hogar todo el malestar que tuvo. Hubo momentos en que sentía que se desmayaría o caería de las sillas mientras estaba sentada en su casa. Debió ser fuerte y aguantar porque en el momento en que le informaron que tenía COVID-19 las indicaciones de la persona por teléfono fueron claras: “solo puede venir al hospital si no puede respirar nada, si está morada por no tener oxígeno”.


Todos los días se me aguan un poco los ojos acordándome o pensando en cuándo podré volver, quisiera volver ya pero también me atormenta pensar que ya no existe esa Venezuela que tanto extraño

Dahiana Araujo

Con esas palabras y lo vivido en el hospital antes de la prueba PCR entendió que el sistema de salud en Estados Unidos, aunque funciona sin escasez de medicamentos, es distinto al venezolano pese a todas sus precariedades. Para Dahiana la calidad humana, la preocupación de médicos y enfermeros sobre el paciente, la empatía y el cariño es algo que considera que solo en Venezuela puede conseguir.

“Tener coronavirus en un país extraño y lejos de la familia es súper difícil. Afortunadamente los síntomas que tuve fueron leves en comparación a muchas personas que estuvieron en el hospital. Los días que no podría respirar fueron los peores. Me senté a llorar, me senté a orar y mi miedo era que me dejaran en el hospital y fuera la última vez. De verdad da mucho miedo pensar que no te vas a poder despedir de tu familia porque prácticamente estás solo en otro país”, confiesa.

Coronavirus por toda la ciudad

Dahiana no tiene certeza de cómo se contagió. Nueva York es el epicentro del COVID-19 en Estados Unidos. Para el 25 de mayo de 2020 el Centro de Ciencias e Ingeniería de Sistemas (CSSE, por sus siglas en inglés) de la Universidad Johns Hopkins reportaba en su mapa interactivo en tiempo real que Nueva York registraba 358 mil 700 casos confirmados, siendo esta la ciudad con más infectados en todo el mundo y de Estados Unidos, donde se registran más de un millón y medio de personas contagiadas.


Aquí -en Nueva York- la gente entra a un hospital con coronavirus y si no te recuperas no puedes volver a ver a más nadie

Dahiana Araujo

No imagina dónde pudo contraer el virus. Piensa en el metro, en su trabajo donde prepara jugos naturales, en que pudo haber sido su novio quien, aunque asintomático, también resultó positivo para COVID-19. Considera que es difícil saberlo porque se enfermó en la ciudad con más casos de toda la nación y el planeta.

Tras días de ahogo y desespero, la sensación fue pasando poco a poco. El 15 de abril volvió al hospital para realizarse otra prueba PCR y el 17 de abril supo que estaba libre de la enfermedad por coronavirus.

Con resultado en mano pudo volver a su trabajo, y aunque la felicidad de haber salido del COVID-19 sin que se cumplieran ninguno de sus temores era insuperable, sus compañeros de labores, aunque no decían nada, la miraban extraño y con un poco de recelo. Sin embargo, el trabajo no fue el lugar con mayor rechazo, pues en donde vive sellaron puertas por miedo.

“Yo vivo en un sótano que habilitan para alquilar tipo apartamento y arriba hay tres pisos que conforman la casa donde estamos. Las personas sellaron las puertas con plástico. Las puertas que comunican el sótano con la casa de ellos fueron las que cerraron por completo con madera o plástico, imagino porque tenían miedo de que fuéramos a contagiar porque mi novio y las dos personas con quienes compartimos espacio fuimos todos positivos”, recuerda.

Nadie se salva

Ahora que ha pasado este episodio, Dahiana reflexiona sobre la enfermedad que ha paralizado al mundo entero. Con 33 años de edad, la merideña ha dedicado su vida al ejercicio físico. Antes de salir de Venezuela entrenaba en el gimnasio dos horas al día, fue atleta, corrió maratones y tenía una condición física que considera muy favorable, además de que siempre creyó que era inmune a cualquier enfermedad, pues nunca se enfermaba por su buen estado de salud producto de la constante actividad física.

“Siempre pienso que si a mí, que soy dentro de lo que cabe joven y atleta y siento que tengo un buen sistema inmunológico porque nunca me enfermo, me dio así que no podía respirar y me sentía tan mal y sobre todo el hecho de sentir que no te entra suficiente aire, cosa que nunca había tenido, no quiero imaginarme a alguien con el sistema inmunológico débil o con alguna patología respiratoria o fumadores. No me imagino cómo el virus los ataca y destruye”, confiesa.

Dahiana salió de Venezuela en 2018, tras evaluar qué sería de su vida en el país donde ya estaba comiendo poco, donde pensaba que llegaría a los 40 años sin tener nada propio, viendo cómo la calidad de vida suya y de su familia se deterioraba. Todo eso hizo que decidiera irse. Pero aunque en el sitio “más mágico del mundo”, como define a Nueva York, tiene estabilidad económica, emocional y cosas materiales que en Mérida no hubiese podido comprar, en su corazón aún guarda la esperanza de volver a su país cuando todo haya cambiado.


Los días que no podría respirar fueron los peores. Me senté a llorar, me senté a orar y mi miedo era que me dejaran en el hospital y fuera la última vez

Dahiana Araujo

“De Venezuela extraño hasta el aire que se respira, el sol, el clima, la gente buena. Extraño a mi familia, las calles, las costumbres. Todos los días mi país está en mi corazón: sus playas, todo. Todos los días se me aguan un poco los ojos acordándome o pensando en cuándo podré volver. Quisiera volver ya, pero también me atormenta pensar que ya no existe esa Venezuela que tanto extraño”, dice Dahiana al hablar sobre su tierra.

Todo lo vivido, especialmente por haber formado parte de las estadísticas mundiales por haber sido positivo al COVID-19, ha hecho de Dahiana Araujo una mujer más fuerte, más consciente de todo lo que tiene y quiere tener. Aunque ya superó el virus, está segura de que le contará a sus nietos este episodio de su vida.

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