Mayret de los Ángeles Carías contó su historia a El Pitazo tras superar el COVID-19. Una experiencia que le dejó sinsabores, pero también grandes aprendizajes

El 19 de marzo de 2020 Mayret de los Ángeles Carías (39 años) sintió en carne propia la delgada línea que separa la vida de la muerte. Ese día un grupo de médicos del Hospital General Simón Bolívar de los Valles del Tuy fue hasta su casa para informarle que tenía COVID-19. En aquel momento tres palabras pasaron por su mente: Aislamiento, desolación y muerte.

Esos términos definían las imágenes que Mayret había visto por televisión semanas antes: las calles de España vacías, los italianos cantando desde sus balcones, entierros sin familiares y los hospitales de campaña de Nueva York abarrotados de pacientes. Sin embargo, no había tiempo para pensar, así que armó su equipaje con su ropa, sus angustias y miedos.

En la ambulancia que minutos antes había visto aparcar frente a su residencia, Mayret fue trasladada hasta el centro centinela. Iba tan nerviosa que un recorrido de solo tres minutos se le hizo una eternidad. Pero ella no viajaba sola; su hijo de seis años la acompañaba. Había la sospecha de que también estuviera contagiado.


No hay que preocuparse por el mañana, sino vivir como si fuera el último día, y el pasado hay que dejarlo atrás porque no lo podemos cambiar

Mayret de los Ángeles Carías

Mayret de los Ángeles vivió un año y dos meses en Cúcuta, Colombia, junto a su esposo y su hijo. Migró al país vecino empujada por la crisis en Venezuela y la posibilidad de empleo en el área de construcción para su pareja sentimental. Durante ese tiempo se dedicó a su hogar, confiada en que regresaría a su país natal, donde quedaban sus afectos, sus costumbres y sus raíces. Ese sueño lo cumplió el 19 de febrero de 2020, una vez que a su esposo se le venció el contrato de trabajo.

Las primeras dos semanas en casa, Mayret no sintió malestar corporal, pero la noche del domingo 8 de marzo presentó alergia nasal, y al día siguiente un fuerte dolor de cabeza la tumbó en la cama desde las 12:00 m hasta las 10:00 pm. El martes pasó el día sin síntomas, luego aparecieron los estornudos y, el jueves, una gripe con tos recurrente la desveló. El fin de semana su temperatura superó los 38 grados.

«El domingo fui al hospital porque amanecí con conjuntivitis y dolor en los ojos. El médico me diagnosticó una infección respiratoria aguda y me dijo que regresara el lunes para hacerme la prueba de descarte de contagio por coronavirus y así lo hice. Martes y miércoles estuve en casa con malestar gripal, siempre conservando las medidas recomendadas, como el uso de tapaboca y el distanciamiento, hasta que el jueves me dieron el resultado de la prueba y me ingresaron con mi bebé en el centro de salud», recuerda.

El temor de que su hijo estuviera contagiado de COVID-19 le impedía a Mayret dormir en aquella cama incómoda, que no era la suya. Fueron dos días tensos, llenos de incertidumbre; sin embargo, tener a su pequeño cerca era un aliciente. El sábado 21 de marzo se despejó la incógnita: la prueba del hijo de Mayret resultó negativa.

Aquel diagnóstico era una buena noticia en medio de tanta adversidad. Mayret recuerda que lloró, tal como lo hizo cuando su esposo fue en busca del pequeño para que regresara a casa. Ahora se quedaba sola, encerrada en cuatro paredes blancas, en un ambiente que seguía siendo desconocido, silente y oscuro por las noches.

En el hospital de Ocumare del Tuy a Mayret la trataron bien. Su caso era el primero de COVID-19 que se registraba en los Valles del Tuy. En el lugar comprobó que los médicos y enfermeras trabajan con pocos suministros. Muchas veces no tenían algodón; tampoco inyectadoras.


Viví un mal momento, pero no guardo rencor en mi corazón. En estos casos la gente debe apoyarte, unirse en oración, ser más compasiva y no hacer críticas destructivas porque uno no quiere contagiarse. Hace falta más humanidad, sobre todo ahora que vivimos una situación difícil en el mundo entero

Mayret de los Ángeles Carías

Al cumplir una semana en el centro centinela, la depresión fue ganando terreno en la mente de Mayret. Aunque se sentía bien físicamente, su estado anímico comenzó a debilitarse. Pensar que tenía una enfermedad mortal le provocaba un bajón emocional. Estar sola le daba ansiedad, así que decidió aferrarse a Dios y esperar a que la tormenta pasara.

En el tiempo que estuvo hospitalizaba, Mayret llevó consigo su teléfono celular. Eso le permitió estar en contacto con su familia. Sin embargo, se apartó de las redes sociales. En esta oportunidad ella había sido el blanco del mal uso de estas herramientas de comunicación. Ante ello prefirió ignorarlas.

Y es que el día que a Mayret le informaron que tenía COVID-19, una foto de ella junto a su familia y otra de la fachada de su casa se multiplicaron en los grupos de WhatsApp. El dedo acusador de la sociedad la apuntó sin compasión. A partir de ese rechazo social, que te puede llevar al abismo por su perversión, Mayret aprendió a ponerse en el zapato del otro y a no juzgar.

«Viví un mal momento, pero no guardo rencor en mi corazón. En estos casos la gente debe apoyarte, unirse en oración, ser más compasiva y no hacer críticas destructivas porque uno no quiere contagiarse. Hace falta más humanidad, sobre todo ahora que vivimos una situación difícil en el mundo entero».

La enfermedad también le dejó a Mayret otra enseñanza: Vivir un día a la vez y nunca dejar de soñar. «No hay que preocuparse por el mañana, sino vivir como si fuera el último día, y el pasado hay que dejarlo atrás, porque no lo podemos cambiar», reflexionó.

La importancia de la unión familiar y de honrar a los padres se sumó a su maleta de aprendizaje. «Mis afectos me apoyaron y eso fue fundamental para mi recuperación. Después de todo este sinsabor, le agradecí a Dios que fui yo y no mi hijo o mi madre».


Mis afectos me apoyaron y eso fue fundamental para mi recuperación. Después de todo este sinsabor, le agradecí a Dios que fui yo y no mi hijo o mi madre

Mayret de los Ángeles Carías

El lunes 29 de marzo un médico que viajó desde la ciudad de Caracas a los Valles del Tuy le hizo una prueba rápida a Mayret, de las que recién habían llegado al país. El resultado fue negativo, no obstante, tenía que esperar el resultado de la PCR, para el miércoles siguiente. Ese día le confirmaron que estaba curada.

En la misma ambulancia que Mayret fue trasladada al centro centinela, regresó a casa. El calor que la arropó en su hogar le demostró que la familia es irremplazable, y el abrazo de su madre, de quien dice está hecha de fuego y madera, le llenó el alma y le sirvió de bastón para dejar a un lado el miedo.

Mayret continúa orando para que la pandemia pase pronto. No sabe si está inmune al COVID-19, pero su mente creó un sistema de defensas para bloquear los malos pensamientos. Hoy se siente más segura de sí misma, consciente de que hay que llevar la vida con calma y, sobre todo, cuidar la salud. Cuando se mira al espejo, ve a una nueva mujer.

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