Entre las restricciones aplicadas por las Gobierno italiano quedaron suspendidas misas, bodas y exequias. Si se violan las normas, incluso a la hora del sepelio, los deudos pueden ir presos. El COVID-19 ha causado 1.266 muertes y 17.660 contagios en ese país hasta el sábado 14 de marzo. Las autoridades solo permiten las actividades en los sectores industrial y sanitario

Por: Nancy Faría Lugo *

Italia se aisló del mundo. Es “zona roja” por causa del “COVID-19”, el conocido coronavirus que en diciembre pasado apareció en China, pero que desde hace en tres semanas llegó a esta península europea y en solo 20 días se ha expandido velozmente por el país, causando 1.266 muertos, de los 17.660 contagiados con este mal respiratorio, según cifras reportadas por las autoridades hasta este sábado 14 de marzo.

Otros 163 países están afectados por este virus y en total se contabilizan 145.405 casos confirmados y 5.432 decesos en el mundo, según el informe de la Universidad Johns Hopkins publicado este 12 de marzo. “Pandemia”, calificó la Organización Mundial de la Salud desde el 11 de marzo. Todos a resguardarse en casa, es la obligación para frenar los contagios.

La actividad industrial nacional es prácticamente la única que continúa en acción en Italia porque las drásticas medidas por la emergencia sanitaria decretadas por Giusseppe Conte, presidente del Consejo de Ministros, en Roma, mantienen a la población en un aislamiento total. Incluso se han suspendido “las misas de exequias” hasta el 3 de abril.

La cotidianidad está trastocada. Por ser un país donde 74% de sus 60 millones de habitantes es católico, pareciera exagerado que dentro de la normativa gubernamental se haya prohibido la celebración de las misas diarias y dominicales, bodas eclesiásticas y ceremonias funerarias en iglesias. El decreto anunciado por el Gobierno cuenta con el respaldo de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI), rectoría que desde el miércoles de Cenizas procura colaborar para evitar más contagios dentro del territorio.

Ante esto, dar el último adiós a un difunto que no sea un familiar podría acarrear sanciones penales por atentar contra la salud pública, según el artículo 452 del Código Penal, debido a que el plan de aislamiento domiciliario dice que solo “personas estrictamente cercanas a los fenecidos” asistirán a los velorios. Se subraya que los ciudadanos no deben salir de sus casas, ni movilizarse por las calles, mucho menos asistir a lugares concurridos; salvo por trabajo, emergencias de salud o compras de alimentos.

La asistencia de familiares cercanos a funerarias quedó además condicionada a que mantengan un mínimo de distancia de un metro uno del otro, evitar abrazos, besos y apretones de manos. Sabiendo, de antemano, que el traslado del difunto a la iglesia no será posible, porque simplemente la misa de funeral no debe efectuarse. La plegaria del sacerdote, en solitario, es lo permitido.

La tumba sellada

En medio de estas prevenciones “la muerte” por diversa causa no cesa. Al cementerio siguen arribando difuntos. Mientras, todos los residentes en Italia están encerrados en sus casas y quienes se atreven a salir deambulan en calles solitarias y entre negocios cerrados por decreto. Tienen la sensación de transitar por pueblos fantasma. Prefieren no hablar con nadie y mucho menos acercarse.

En tanto, otra lápida fue sellada en el camposanto de Macerata. Eran las 11:15 am del soleado miércoles 11 de marzo, día característico del inicio de la primavera italiana. Apenas una decena de familiares presenció, tras una pared de cristal y a una distancia de no menos de 20 metros, como los restos mortales de su ser querido eran depositados en un nicho.

Minutos después, sepultureros, solo uno de tres con tapaboca, dejaron acercarse a los asistentes, siempre y cuando siguieran respetando la distancia. La aprensión se palpó en el aire, solo padres e hijos o esposos se atrevían hablar cerca, mientras entraban al estrecho y frío pasillo, en cuyas paredes reposan quienes han precedido en la muerte. Allí lloraron a su amada.

Dos horas antes de esta despedida, el cuerpo de la dama de 89 años de edad, que murió el lunes 9 de marzo luego de padecer del corazón y varias complicaciones por meses, permanecía en uno de los cuatro salones de la Funeraria de Macerata, ubicada a 260 kilómetros de Roma y 480 km de Milán.

Precisamente, en esta última ciudad de Lombardía, al norte del país, apareció el primer caso del coronavirus italiano. Desde entonces, nada es igual en Italia. Colegios, universidades, comercios, cines, restaurantes, museos, estadio o cuanto sitio público y privado que reúna gente debe estar cerrados. La bolsa de Milán cayó el lunes 20% y para el miércoles otros 17%. Los hospitales a reventar por los contagiados con el virus, llamaron a médicos, enfermeras y personal de salud desempleados para contratarlos y hacer mayor el personal que atiende enfermos.

Todo lo anterior ocurre, mientras las visitas a este velorio se resumieron en dos horas la noche del martes y la apertura de la sala a las 8:00 de la mañana del miércoles, para luego ser llevada al cementerio. Ante la premisa del decreto de prohibición de asistir a velatorios, por el coronavirus, las familiares lejanos, amigos y conocidos optaron por llamar por teléfono o enviar mensajes por las redes sociales. No hubo otra opción.

Aún así un amigo de la familia contó que decidió llegar el lugar. Pasadas las 8:00 am. Verificó que el formato del documento emanado por el Gobierno italiano, denominado “autodeclaración” y en el que se debe justificar toda movilización, estuviera a la mano dentro de su carro, porque el decreto establece que para trasladarse de un municipio a otro debe haber una razón justa.

En el trayecto de 10 kilómetros –por zona campestre– entre Corridonia y Macerata no se topó con ningún bloqueo policial, a pesar de ser una de las medidas para el combate del virus. En otras ciudades si están ya en función.

Llegó al destino a las 8:40 am. En el mediano estacionamiento de la funeraria solo estaban tres vehículos, incluyendo el carro fúnebre. La puerta de entrada al edificio se abrió electrónicamente y a primera vista observó un dispensador antibacterial y junto a los muebles de la recepción servilletas, que de inmediato recordaron el mandato de lavarse las manos continuamente, no tocar ninguna superficie y sobre todo no pasar las manos por los ojos, nariz y boca.

El pasillo estaba solo. En la primera sala a la derecha, el único velorio del día. Se apresuró al escuchar la oración del Santo Rosario. Dentro, el féretro en centro, el crucifijo a un lado y algunos ramos de flores circundantes. Pero algo evidentemente no era común, había solo 15 sillas, a pesar de ser mucho más grande el espacio. Cada asiento blanco, de madera, estaba ubicado a un metro de distancia. Incluso, los dos hijos de la difunta, su hermana y otros siete familiares no estaban sentados cercanos. Su proximidad era solo los Avemaría de la plegaria.

Durante el paso de un misterio al otro, se escuchó toser a una de las mujeres presentes. Ella de inmediato tapó su boca con la bufanda que usaba para proteger su cuello del frío clima. El gesto no impidió que el resto de las personas la miraran y tuvieran movimientos involuntarios, porque por la información difundida saben que el virus COVID-19 se transmite en las gotas de saliva, incluso, que el virus permanece por varios días sobre las superficies y cualquiera puede contagiarse. Así que hoy toser, estornudar o hablar muy cerca produce miedo inmediato.

Aunado a los decretos y las sucesivas medidas sanitarias contra el “coronavirus” que arropa ya las 20 regiones de Italia, desde febrero pasado existe un nerviosismo colectivo. Todos buscan protegerse, siendo la principal necesidad la compra de comida, usar mascarrillas, guantes o productos de higiene personal y detergentes para desinfectar casas, la vestimenta y sobre todo el cuerpo.

Los sepelios tutelados por la orden gubernamental

Afuera de la sala, la directora de la funeraria –trajeada de negro como sus dos empleados– mientras supervisaba el servicio dijo: «Aquí estamos cumpliendo con las previsiones emanadas por el Gobierno, como la disposición lejana de las sillas y se hace hincapié en que solo pueden entrar 10 personas a la vez por sala, a pesar de tener capacidad para unas 30. Además cada 10 minutos deben salir cinco para dejar entrar otros cinco y así sucesivamente. También mantienen encendido un aparato de ozono para purificar el área”.

A su vez, mencionó que esta semana la asistencia a los funerales no ha excedido de 15 o 20 personas, poca en comparación con el promedio de 50 (como mínimo) que reciben siempre por difunto, y tanto menos si se trata de una persona pública o política, cuando han llegado a la funeraria hasta 500 allegados a la vez.

Sobre las exequias reiteró que tienen prohibido llevar difuntos a las iglesias, pero allí se cuenta con una capilla, así que los familiares –que han querido– solicitan venir a un sacerdote y ofrecer solo “una plegaria”, porque según la disposición de la Diócesis, cada presbítero celebrará la misa en solitario y es allí donde oran por quienes han muerto durante la vigencia de la cuarentena.

Mientras, dentro de la sala, finaliza el rosario a las 9:10 de la mañana. Tres de los asistentes manifiestan su pesar a la hija de la difunta, dos con un gesto desde lejos y solo uno le brinda un abrazo, éste último siempre pensando si es conveniente o no hacerlo de esa forma, porque las medidas contra el coronavirus dicen que no; pero su instinto de solidaridad humana lo lleva a acercarse.

Familiares se disculpan por no ir a la iglesia para la misa y pidieron acompañarlos en una “bendición” del padre. En días dirán cuándo harán la misa.

Personal trasladó el féretro a la capilla, ubicada a 20 metros al final del pasillo, con mayor espacio; pero igualmente los asientos estaban separados. A las 9:35, en el altar reposaban dos velones encendidos, la biblia en centro y la fotografía con gesto sonriente –en vida– de esta mujer que nació en tiempos de dictadura en Italia, vivió en carne propia estragos de la Segunda Guerra Mundial, terremotos y murió ahora en medio de una de las peores crisis sanitarios en Italia.

Allí, en el ataúd caoba claro, de pasamanos dorados y solo una figura en relieve de la Virgen María en sus costados, el cuerpo permanecía cubierto por un velo de tul blanco hasta su pecho. Esperando ser bendecido.

Con el paso de los minutos otros familiares llegaron. Una nieta, evidentemente entristecida, asistió portando un tapabocas, debajo de la bufanda que se trenzó hasta la nariz. A pesar de su resfriado, no dejó de acompañar a su “nonna”, comentó a uno de sus primos. Y para ello acató la recomendación de usar el tapabocas y mantener las distancias.

Más de 15 sillas vacías hacían más desolado el ambiente. A 5 minutos para las 10:00 am, entró el sacerdote invitado, solo se revistió con el listón purpura de la Cuaresma sobre su cuello y de principio alertó: “Esta es una situación atípica”, refiriéndose al hecho de no ir a la iglesia. Leyó el evangelio de San Juan.

Con un Padrenuestro, un Avemaría, el roció del agua bendita solo sobre el ataúd y la bendición, finalizó el servicio religioso a las 10:15 am. Duró solo 20 minutos. Para ella no hubo el acostumbrado sonar de las campanas.

Sobre esta forma de hacer la bendición a difuntos, el párroco venezolano Alexis Dávila, vía telefónica, opinó que son tiempos de prevención, “así que se hace el entierro y más adelante se hará la misa”.

Viaje final en medio de la emergencia sanitaria

Veinte minutos después el cuerpo fue depositado dentro del carro fúnebre. El amigo de la familia, que vino desde Corridonia, preguntó si se podría ir hasta el cementerio, a lo que familiares responden que todos tenían la misma inquietud; más se animaron a seguir hasta allá, esperando no ser detenidos en el camino.

En su último viaje al cementerio, que finalizó a las 11:00 am, el cortejo atravesó el centro de Macerata, ciudad antigua y amurallada de la región agrícola de Las Marcas (centro de Italia), donde al igual que el resto del país ha habido casos de coronavirus y hoy se cumplen las estrictas previsiones.

Allí las calles están casi vacías a diferencia del ajetreo estudiantil universitario que la caracteriza. Los vehículos parqueados en las vías eran la muestra de que únicamente los trabajadores continuaban en su rutina. Los autobuses del transporte público portan un par de personas. Bares, restaurantes, tiendas y todo aquello que no sea servicio de primera necesidad está cerrado.

Salir a comprar comida al supermercado es una de las pocas cosas permitidas y que se observa, pero el virus hizo que –para muchos– sea también espacio de desconfianza ante un posible contagio, porque el coronavirus no se sabe dónde puede aparecer. Así que ahora se debe hacer cola para entrar en turnos de cinco en cinco, o dos y dos, para hacer la comprar. Los anaqueles y refrigeradores ya no están repletos como antes del coronavirus.

En medio de la cresta de emergencia, la vida sigue y cada uno hace lo posible por mantenerse sano; pero para quienes mueren en estos días deberán esperar y pasada la crisis sanitaria podrán tener la santa misa de funeral. Mientras Italia está aislada.

* Periodista egresada de la Universidad del Zulia. Exreportera de Panorama y El Pitazo. Vive en Corridonia Macerata, Las Marcas.

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