Los merideños tienen más de un mes enfrentando la escasez de combustible. Colas de hasta 7 días, listas de espera y revendedores que cobran en dólares son las únicas opciones que tienen en la entidad para surtir gasolina

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“Hace 22 días dormí seis noches en esta misma cola para echar gasolina”. Esta declaración podría parecer una exageración, incluso, si es contado por un tachirense, pero no lo es. La vivencia la narra Rodrigo Antúnez en la avenida Andrés Bello de la ciudad de Mérida. Es mediodía del viernes 21 de junio y el estado andino cumple más de un mes con la más grave y prolongada escasez de combustible de su historia automotriz. “Le gané incluso a mi familia en San Cristóbal, que lo máximo que han estado en una cola son cinco noches”, dice hasta sonreído quien prefiere tomarse con soda la nefasta situación que ha trastocado la cotidianidad de los merideños, aunque lo que tenga es agua en el envase viejo de 2 litros de refresco que saca de su Toyota Land Cruiser FJ-40. “¿Quiere un poquito para pasar el calor?”, ofrece a José Contreras, que está detrás de él en la cola.

Es cierto que la escasez de combustible en Venezuela se acentuó tras las sanciones impuestas por el gobierno de los Estados Unidos desde comienzos de este año, pero el mal manejo de la estatal petrolera y la progresiva paralización de las refinerías del país constituyen las causas iniciales de la crisis que se registra desde hace años en este sector. Sin embargo, es desde hace como un mes que resulta imposible surtir gasolina sin hacer largas colas en varios estados del país, entre ellos Mérida.

La situación ha paralizado casi por completo a la ciudad universitaria. En los municipios agrícolas del estado los productores ven cada vez más difícil llevar sus cosechas a otras entidades del país. Quienes viajaban con frecuencia al Puerto Santander, en Colombia, a comprar alimentos o a vacunar a sus hijos, ya no pueden hacerlo, o al menos les costaría mucho más que antes. En Mérida un litro de gasolina es revendido por los llamados “pimpineros” al precio de un dólar. Sí, la crisis de combustible trajo al estado andino ese oficio ilegal desconocido hasta entonces en la entidad.

Colas, listas de espera y grupos de WhatsApp: las únicas opciones ¿legales? para poder surtir

En algunos sectores de Mérida la gente que necesitar surtirse de gasolina se ha organizado para evitar pernoctar en las colas porque el hampa también hace de las suyas en tiempos de escasez. Algunas personas prefieren anotarse en listas de espera a las que hacen seguimiento a través de grupos de WhatsApp creados para ese fin. En otros casos las reglas son más rígidas y no basta un mensaje por el celular. Como en las escuelas, los anotados deben decir presente todos los días cuando el encargado de la lista los llame para chequear.

La señora Nelly es la encargada de la lista que va del número 5.200 al 5.300 para surtir en la estación de servicio ubicada en Alto Chama. Cuando José Contreras se anotó en esa lista, el lunes 17 de junio, la última gandola con combustible que había llegado alcanzó para unos 400 carros de la lista que apenas va por el número 2.000.  “Con suerte echaríamos en agosto”, le dijo Contreras a Antúnez en la cola que decidió hacer en vista de la larga espera que le aguarda en Alto Chama.

Si bien una gandola de gasolina contiene entre 30.000 y 40.000 litros, que alcanzarían para unos 1.000 carros, con el racionamiento que se está implementando, quienes se anotan en listas de espera o hacen colas van detrás de los usuarios preferenciales. Médicos y otros justifican su prioridad, pero algunos usuarios han denunciado que hay quienes ganan la preferencia “V.I.P” por ser familiares o amigos de los dueños de las estaciones de servicio, o por pagar en dólares a funcionarios policiales o guardias nacionales que custodian las colas.

Rodrigo Antúnez no es usuario V.I.P ni confía en listas de espera. “Uno no sabe a quiénes meten en esas listas, mientras que aquí yo sé qué carro va adelante y no me dejo colear”, explica quien prefiere hacer la fila, aunque siempre tenga la misma certeza: ese mismo día no logrará echar gasolina. “Hasta aquí donde yo estoy hay unos 150 carros, o sea que sí logro echar con la próxima gandola”, calcula. Ya son las dos de la tarde y nadie en la cola sabe a qué hora pasará a asignar números la dueña de la estación de servicio ubicada en Pie del Llano.

De repente Rodrigo y José se percatan de una aglomeración que se ha formado metros más abajo de donde ellos están. Rodrigo identifica la camioneta que se ha parado al lado de la cola y alrededor de la cual se forma la aglomeración. “Esa es la dueña de la bomba”, asegura a los presentes. En efecto, minutos más tarde el vehículo llega a donde los dos hombres aguardan. Una mujer de mediana edad se baja y empieza a hablar como quien regaña: “yo no sé quién les dijo que se pusieran a hacer cola desde ahorita. Hoy no va a llegar gandola y quizás mañana tampoco”. Al tiempo que refunfuña, también da órdenes: “no me dejen espacios en la cola porque aquí nadie le va a guardar puestos a nadie”, dice mientras gesticula con la mano para que los carros se corran. “Aquí todo el mundo asume labores policiales”, comenta José mientras se dispone a mover su carro.

Un dólar por litro de gasolina de dudoso octanaje

En uno de los edificios de la urbanización Los Sauzales el olor a gasolina es insoportable. Uno de sus habitantes decide alertar por un grupo de WhatsApp sobre lo que ha descubierto recientemente: un vecino suyo está almacenando gasolina en pimpinas dentro de su apartamento para revenderla a quienes prefieran evitar las colas. La situación preocupa a todo el vecindario. “Este señor pone en riesgo la vida de todos nosotros”, advierte en el mensaje enviado quien pide reservar su nombre en este texto.

José Contreras, vecino de Rodrigo, pero en la cola de gasolina, le cuenta que hace una semana tuvo que comprarle 10 litros a un “pimpinero” porque ya tenía menos de un cuarto de tanque. “Se los compré por 10 dólares. Yo vi cuando los echó, pero la aguja del flotante nunca se movió”, cuenta con lamento. “Eso es porque la gasolina que está llegando es de apenas 60 octanos. Uno nomás de verla se da cuenta de que es más clarita. Se evapora mucho más rápido”, le explica Rodrigo con la seguridad de quien conoce del tema, aunque ninguna fuente oficial haya indicado dicha reducción del octanaje.

Desde comienzos del mes de junio, el protector designado por el Ejecutivo Nacional para el estado Mérida Jehyson Guzmán se encarga de la distribución de combustible en la entidad. En las redes sociales se comparte diariamente una lista oficial de estaciones de servicio, por municipio, a las que llegará gandola e indicando el tipo de combustible que contienen (diésel y/o gasolina de 91 o 95 octanos). Sin embargo, la información es considerada inútil por algunos usuarios. “Sí, la gasolina llega a las estaciones de servicio que aparecen en esas listas, pero quienes pueden surtir es porque llevan días en cola o estaban ya anotados en una lista”, explica José Contreras.

¿Cambures por gasolina? Un negocio en dólares

A la conversación de José y Rodrigo se une una mujer joven en estado de gravidez. Pregunta a los hombres si tienen idea de a qué hora repartirán los números, pues van a ser las tres de la tarde y ella aún no ha almorzado. Ambos se encogen de hombros y niegan con la cabeza. La mujer decide quedarse con ellos, que aún conversan sobre la reventa del combustible. Se introduce en la conversación leyendo un mensaje que le llegó por WhatsApp y que comienza así: “Aprenda cómo hacer dólares mientras los cambures verdes se maduran”.

Según el texto, los choferes de camionetas y camiones que llevan racimos de cambures para distribuirlos en puntos de venta tienen prioridad para surtir combustible e, incluso, les llenan el tanque con capacidad de hasta 120 litros. “Y si hay algún camión sin cambures en la misma cola de los cambureros, alquilan los cambures en dólares para que ese camionero también coloque” (sic), se lee en el mensaje que la embarazada muestra a Rodrigo y José. “El negocio pasa entonces de la venta de cambures a la reventa de gasolina. Un “negoción, ¿no?”, pregunta la mujer de forma retórica a sus interlocutores.

El Pitazo no ha podido constatar si la reventa de gasolina por parte de quienes transportan cambures es cierta, pero sí que el precio por litro de los llamados “pimpineros” es de un dólar y que cada vez más personas se están dedicando a esta práctica en el estado. Son las seis de la tarde cuando José Contreras decide marcharse de la cola, sin número ni gasolina. Hacia las cuatro de la tarde un hombre pasó tomando fotos a las placas de los carros en fila, “para evitar que otros se coleen”, dijo. Pero las horas siguieron pasando y nunca nadie les informó si repartirían números hoy. “Yo no me arriesgo a quedarme a dormir en una cola”, aseguró a Rodrigo, quien sí optó por pasar otra noche en su vehículo, con la esperanza de que al día siguiente le asignen un número. “¡Traigan un dominó!”, alcanzó a escuchar José cuando prendía el carro para marcharse.

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