María y José Gutiérrez viven, escaleras abajo, en un sector del barrio San Blas de Petare. Allí, donde reina la desnutrición y la pobreza, esta pareja y sus dos hijos hacen lo que sea necesario para proveer ese plato de comida que las mamás de la barriada no tienen cómo ofrecer a sus hijos

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Los 35 niños juegan a tumbar latas con piedritas, mientras María sirve el arroz con pollo que almorzarán esa tarde. En el piso de tierra fuera del comedor Pan de vida se forman los niños para entrar y sentarse uno al lado de otro en el piso, pues no hay sillas ni mesas. Allí se prestan los cubiertos, las tazas y los vasos para alimentarse.

En el sector El Huequito, del barrio San Blas de Petare, lo único que abunda es el hambre. Es normal para las familias tener niños de 5 años que parecen ser de dos por la estatura y el peso, y muchachas de 14 que ya cargan un niño en sus brazos. Casi todos andan descalzos o con zapatos rotos y caminan solitos por todo el lugar esperando que los llamen a comer.

María Gutiérrez conoce mejor que nadie las carencias de su comunidad. Ella tiene más de 20 años viviendo en esta zona petareña y ha pasado toda su vida haciendo labor social como misionera de la iglesia cristiana en la que se congrega. Desde allí, ha podido palpar mejor que nadie la necesidad de sus vecinos; ha tenido que alimentar a mujeres embarazadas desnutridas, regalar comida, ropa y zapatos, atender a algún enfermo e, incluso, ayudar a muchos con trámites legales que van desde sacar la cédula, hasta unirse en matrimonio.

Para muchos, la convivencia en el barrio gira en torno a esa labor que María y su esposo, José, iniciaron desde que llegaron y que, ahora, cumplen junto a sus dos hijos, María José e Israel.

“Aquí anteriormente lo que se hacía era vender cervezas, pero cuando nosotros empezamos a implementar esto, los mismos vecinos empezaron a cambiar… Había como 15 ventas de cerveza en lo que se llamaba El Huequito que generaban violencia, y hoy en día de esas escaleras para abajo tú ves que en las puertas dice que venden tetas, helado, hielo”, recuerda María.

Los Gutiérrez han labrado de a poco su labor en la comunidad. Los habitantes de El Huequito reconocen en esta familia a “esa gente a la que se le puede pedir un favor” y la certeza de esa afirmación se revela en el desprendimiento que demostraron al ceder toda la planta baja de su vivienda en el barrio para poner a funcionar un comedor popular para niños de 0 a 14 años y para madres lactantes.

No debe ser casualidad que María y José lleven esos nombres. No es casualidad que María y José vivan con desprendimiento y cosan ropa y cholitas hechas de caucho para conseguir los recursos que su comedor y que la comunidad requiere para mantener a sus niños sanos, a sus mujeres contentas y a sus hombres productivos.


En el sector El Huequito, del barrio San Blas de Petare, lo único que abunda es el hambre


María y José construyeron un pesebre propio en donde comen, y son atendidos todos los que necesitan pan, agua, ayuda y hasta un abrazo. Ese comedor de estos pastores es un espacio en el que todos los vecinos encuentran espacio para acomodarse.

El Pan de Dios es el nombre de ese comedero que este grupo familiar organizó para 35 niños de su barrio. Esta familia dedica gran parte de su tiempo a encontrar recursos, incluso propios, para mantenerlos, pues aunque la mayor parte de la comida la aporta el programa Alimenta la Solidaridad Petare, ellos incluyen más niños e incluso a madres que lo necesitan y aún no están dotados de todo lo necesario.

María y José tienen su casa a medio construir sobre el espacio en el que funciona el comedor. El piso es de tierra en algunas partes, las paredes no tienen friso, la cocina no está terminada y no hay un baño. Les toca pedir ayuda a sus vecinos para poder bañarse y hacer sus necesidades.

Cuando se le pregunta a María por qué no ha terminado su vivienda, ella es tajante en admitir que “ha habido otras prioridades, más gente necesitada”.

“El comedor nosotros lo estamos haciendo como hacemos de todo, aparte de los matrimonios, o la recolección de ropa, porque gracias a Dios, nosotros como pastores hemos ido haciendo un trabajo en este lugar y yo me disfruto de verdad ayudar y por eso cuando a mí me dijeron de la donación de este comedor venía para este sector no lo pensé, porque considero que en este lugar se necesitaba, se necesita esta colaboración, en este lugar se necesita decirle a los niños, ¡sí se puede! aunque mamá no te puede dar un almuerzo, Dios te lo va a proveer”, dice esta mujer.


“El Pan de Dios” es el comedero que este grupo familiar organizó hace seis meses y en el que alimentan a 35 niños, casi todos mal nutridos


María cose. Cose muchísimo para mantener a su familia y, en muchas ocasiones, saca de su propio bolsillo para sostener este comedor y que ningún niño, censado o no, se quede sin alimento, pese a las carencias que aún persisten en este espacio.

Pero, aunque no hay platos, a veces no hay tanto de comer y en el barrio siguen los peligros, la desnutrición y la falta de valores asechando, María sonríe con la certeza que tienen aquellos que esperan con fe que las buenas acciones sean compensadas, no solo para quienes las ejecutan, sino para los que las necesitan.

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