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lunes, 24 junio, 2024

Maratón CAF 2023: el milagro de mi amigo pemón

Yurni Lezama, un porteador pemón de 28 años, obró un pequeño milagro en la última edición del maratón CAF 2023, celebrado el pasado domingo 19 de marzo en Caracas

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Ayer fue uno de esos días en los que la realidad superó con creces a la imaginación. Yurni Lezama, un porteador pemón de 28 años, obró un pequeño milagro en la última edición del maratón CAF.

Todo comenzó por una gorra.

En el año 2016 subí al Roraima. Justo cuando llegábamos de vuelta a Paraitepuy después de seis días de excursión, un pemón que entonces tenía 20 años se acercó a nosotros para preguntar por el maratón CAF. ¿El motivo? Uno de los amigos que había conocido en ese viaje llevaba puesta una gorra de ese maratón.

En ese momento me sorprendió que un pemón —ellos que suelen ser tan calladitos— me abordara de la nada para preguntar sobre una carrera. Ese pemón era Yurni. Había corrido ya dos ultramaratones a campotraviesa en la Gran Sabana y los había ganado. Soñaba con correr un maratón sobre asfalto, pero no sabía por dónde empezar. Le vi la ilusión en la cara y, en ese instante, supe que ahí había una buena historia.

Llegué a Caracas emocionado. Me acerqué a mi socio, Gustavo Alemán, para decirle que había descubierto algo que valía la pena contar a través de un documental. Decidimos financiar el proyecto a pulmón y nos acercamos a CAF para que nos facilitara los accesos el día de la carrera.

Con la ayuda de mucha gente trajimos a Yurni a Caracas y, en marzo de 2017, corrió su primer maratón. En esa oportunidad hizo un tiempo de 3 horas 20 minutos. Como era una buena marca, pensamos que había cumplido su sueño, pero Yurni no estaba conforme y, en cierto sentido, nosotros tampoco. Él nos decía que podía hacer un mejor tiempo y nosotros sabíamos que era posible: jamás había salido de la Gran Sabana, jamás había entrenado para un maratón y jamás había corrido sobre asfalto.

Todos teníamos ganas de más. Sin embargo, CAF suspendió los maratones y un par de años después llegó la pandemia del coronavirus. Entre una cosa y otra habían pasado seis años. Seis años de nada. Y así, justo cuando pensábamos que el proyecto quedaría en el olvido, CAF anunció que retomaría los maratones en 2023. Entonces Gustavo dijo: “Es el momento de reactivar el proyecto”. Nos acercamos a CAF y se interesaron por la historia.

Javier Melero y Gustavo Alemán siguieron cada paso de Yurni durante el maratón CAF. Quedaron sorprendidos con el tiempo que hizo el corredor | Foto Javier Melero

Después de mil peripecias para dar con Yurni, lo encontramos en Chirimatá, un pequeño caserío de la Gran Sabana. Ahora tenía mujer y un niño pequeño. Ya no era el muchacho soltero que vivía con su hermana. Era padre de familia. Había dejado de correr para trabajar en el conuco y mantener a los suyos. Es decir, no había podido entrenar en todos esos años. Aún así le preguntamos si se animaba a competir de nuevo en el maratón y la respuesta fue rotunda: por supuesto que sí.

Con esa confirmación pusimos en marcha el nuevo proyecto. Volvimos a Roraima a finales de enero de 2023 y le entregamos a Yurni un plan de entrenamiento. El maratón sería el 19 de marzo así que tenía menos de ocho semanas para entrenar. Estaba lejos de ser un plazo ideal, pero era lo que teníamos. Regresamos a la ciudad y comenzamos a armarlo todo.

Katunko: el inspirador documental del joven pemón que quiere conquistar la maratón CAF

El 16 de marzo de 2023 Yurni volvió a Caracas después de seis años. Basados en su marca anterior (3hrs 20min), y en el hecho de que no tiene un Garmin ni había entrenado en mucho tiempo, buscamos a un corredor veterano (un pacer) que apuntara a terminar la carrera en 3 horas 10 minutos. Era una forma práctica de orientarlo. Estábamos convencidos de que ese tiempo sería un gran triunfo para Yurni y un muy buen final para el documental. Le dijimos a Yurni que siguiera al pacer desde la salida hasta la meta.

Para rastrearlo durante la ruta y coordinar la logística de los camarógrafos, le dimos un bolsito mínimo con un Airtag y un teléfono con GPS, así podríamos saber en tiempo real dónde estaba en cada momento.

Por eso, desde el pistoletazo inicial, vimos el ícono de Yurni moverse en la pantalla de la computadora. Sin embargo, empezamos a notar algo raro: Yurni comenzó a pasar antes de lo previsto por los hitos del mapa. Además, nos llamó la atención que en algunos videos que enviaban los camarógrafos Yurni no aparecía junto al pacer. ¿Iba más atrás?, ¿más adelante? No entendíamos.

Para colmo, un poco después del kilómetro 32, el ícono que representaba a Yurni en la pantalla se detuvo de golpe. ¿Se había lesionado, se había acabado la batería del teléfono, se había dañado el Airtag? No podíamos saberlo, estábamos literalmente a decenas de kilómetros de él. Pasaron uno, dos, cinco minutos interminables en los que el ícono de Yurni permanecía congelado en la pantalla de la computadora.

De pronto uno de los camarógrafos nos envió un mensaje: “Estamos con Yurni en el Km 37”. No era posible, eso contradecía en más de 20 minutos el plan de ruta. Era demasiado pronto para que estuviese ahí. Sin embargo, ahí estaba y con esa información pedimos a los camarógrafos y al drone que regresaran lo antes posible a la meta, en el kilómetro 42.

Fueron minutos de niebla. ¿Dónde está Yurni?, ¿por dónde vienen los camarógrafos?, ¿y el drone? Los radios habían dejado de funcionar y el ícono en la pantalla del GPS jamás volvió a moverse. Teníamos solo incertidumbres.

De pura angustia nos acercamos al embudo final. A esa hora el asfalto de la última recta era un reflector solar. No había forma de ver más allá de la meta sin encandilarse. Según el plan, faltaban más de 15 min para que Yurni apareciera.

Para ese momento, solo habían llegado unos pocos atletas élite. El grueso del maratón seguía en plena faena. Sin embargo, a unos 200 metros de la llegada, comenzó a distinguirse la figura menudita de un corredor. Venía solo, sin nadie delante ni nadie atrás. ¿Yurni? Era tan improbable y estaba tan fuera de tiempo que el camarógrafo que acababa de llegar ni siquiera apuntaba hacia la meta. El drone había aparecido pocos minutos antes y yo miraba hacia los lados tratando de ubicar al resto del equipo. Una de las camarógrafas intentaba saltar una cerca para entrar al embudo.

Cuando volví a mirar hacia el frente lo imposible estaba ocurriendo: aquella figura menudita y baja que corría con el alma era Yurni. Venía con los brazos abiertos, como abrazando al mundo. En vez de las 3hrs 20min de su último maratón; en vez de las 3hrs 10 min que habíamos soñado para él, ese chamo calladito y flaco de Roraima, que apenas tuvo tiempo de entrenar, cruzó la meta en 2hrs 52min. Había mejorado su tiempo en 28min.

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Yurni logró un tiempo para calificar al maratón de Boston | Foto: Gustavo Alemán

El presidente de CAF lo esperaba para ponerle la medalla, pero Yurni siguió de largo. Tuvimos que correr varios metros detrás de él para decirle que podía parar. En el equipo nos mirábamos incrédulos, con una mezcla de sorpresa y júbilo. La gente aplaudía y gritaba su nombre.

Mi amigo taurepán, ese que había conocido por casualidad en 2016, logró un tiempo para calificar al maratón de Boston, uno de los más exigentes del mundo. Ese chamo al que el asfalto más cercano le queda a cuatro horas de camino a pie; ese “indiecito” sin acceso a proteínas ni gimnasios; ese muchacho flaquito que solo había corrido cinco veces antes de la carrera porque debía trabajar en su conuco, había llegado en el puesto 13 de todo el maratón y conseguido el segundo lugar en su categoría.

¿Qué puedo decir? Primero que nada, gracias, gracias a toda la gente buena que nos ayudó a cumplir este sueño; esto no es solo un triunfo para Yurni, ayer triunfó también la solidaridad de los venezolanos. Lo segundo es que esta no es solo una historia de superación; como me dijo un amigo anoche, esta es también una historia de oportunidades. Una historia de lo que ocurre cuando tendemos puentes en la dirección correcta. Quizá en Roraima está escondida nuestra propia Kenya —esa cuna improbable de maratonistas rompedores de récords. Quizá nuestros taurepán son los taraumaras de Suramérica. Solo lo sabremos si les damos una oportunidad.

Poco después de haber cruzado la meta, ya de camino hacia la carpa de prensa, Yurni me miró con esa cara de infinita ingenuidad que solo alguien de su origen puede producir y me preguntó: “¿Crees que esto me dé otra oportunidad?”. Desde lo más profundo del alma quiero decirle que sí, que lo que hizo es un milagro y que alguien se dará cuenta para ayudarlo. Nosotros vamos a intentarlo.

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