Los Aguacaticos, un barrio que se construye con el esfuerzo de su gente

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A casi dos kilómetros de la Redoma La India se levanta una barriada que guarda a más de 700 familias y que se alzó, y lo sigue haciendo, gracias al empeño de quienes creen que siempre se puede mejorar. Para muchos, vivir en el barrio no significa vivir mal, por eso, a pesar de la precariedad, insisten en procurar un entorno más amigable y en el que haya más oportunidades para todos

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Sobre un cerro desde el que se ve el suroeste de Caracas se levanta el barrio Los Aguacaticos, que forma parte de la parroquia La Vega. En todo el sector hay una sola escuela: una vieja casa que se convirtió en cuatro salones y una cocina pequeña que recibe diariamente a 198 estudiantes de primaria.

La Unidad Educativa Distrital Los Aguacaticos fue erigida por la comunidad en la década de los años 70, durante la primera presidencia de Carlos Andrés Pérez. La principal responsable de la tarea fue Aura Rico, a quien no le gusta decir su edad, pero precisa que tiene 55 años viviendo allí y, además de la escuela, impulsó la construcción de calles y escaleras, de la red de abastecimiento de agua potable y la instalación del alumbrado del sector.

Según los encargados de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (Clap), a esa comunidad la integran 740 familias, pero cuando Aura llegó no había más de 10 casas. Desde la suya se pierde la vista entre techos plateados y paredes terracota. También se aprecian el azul intenso del cielo y el verde de la montaña que se asoma entre los ranchos. Durante el día, el sol no deja de brillar sobre las láminas de zinc y, a veces, la brisa golpea tan fuerte que los adornos de Aura se tambalean sobre las repisas de su sala.

Aura fue la presidenta de la asociación de vecinos durante 16 años, antes de que Hugo Chávez llegara a la presidencia, y aprovechó el tiempo para construir todo lo que pudo. La escuela fue el primer gran proyecto de la comunidad. Luego de que un colombiano donara la casa y Aura tramitara las autorizaciones ante la Alcaldía de Libertador, los vecinos pusieron manos a la obra para adecuar el espacio: frisado, pintura y limpieza.

La cocina la consiguieron apenas en 2008, cuando Adriana Guerra –habitante del sector, madre de cuatro y coordinadora del comedor– organizó a un grupo de representantes y otros vecinos para presionar a las autoridades municipales para que aprobaran un presupuesto para la creación de un espacio en el que algunas madres pudieran preparar los almuerzos del alumnado.


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En el ínterin, durante la gestión de Claudio Fermín, liderada por Aura, la comunidad logró que la alcaldía construyera el sistema de bombeo de agua potable e instalara el alumbrado público.

Como a Adriana, a Aura desde siempre la han motivado las necesidades. Se admite opositora al chavismo, pero no ve banderas políticas cuando de ayudar a otros se trata. “A la comunidad no se le puede pedir colores, hay que trabajar por el que lo necesita”, dice.

Deporte versus pobreza

No solo las escaleras de Los Aguacaticos se levantaron gracias al esfuerzo colectivo; también su gente. La casa de Lino Pérez y María Mercedes Mora está llena de medallas, trofeos y cinturones que son la muestra de una familia de campeones del boxeo. Lino tiene 74 años y es entrenador desde hace más de 40, aunque se montó en un ring por primera vez a los 8. Representó a Venezuela en el exterior en cinco oportunidades antes de cumplir los 30. Ahora, eso lo hacen sus tres hijos.

Pero los reconocimientos no se lograron fácilmente. Formar a un campeón del boxeo, cuenta Lino, implica dinero, porque la alimentación debe ser la adecuada para lograr y mantener el peso del deportista; además, deben costearse los implementos, uniformes y viajes. Por eso Lino ha conseguido patrocinantes para sus hijos, pero no todos los jóvenes del barrio logran una carrera deportiva. La pobreza, a veces, parece destruir los sueños de algunos.

Para Jairo Pérez, líder comunitario, es importante crear espacios y ofrecer herramientas para que los niños y las niñas se desarrollen en un entorno más amigable y con más oportunidades. Siempre que puede, Jairo organiza torneos deportivos para la comunidad. De cierta forma, piensa, el deporte ha salvado a muchas familias de la violencia.

Vivir en un barrio no significa vivir mal

Jairo también trabaja para no tener que esperar, mensualmente, una caja de alimentos subsidiados por el Estado ni madrugar para poder conseguir un poco de agua. Cree fervientemente que los barrios no necesariamente son sinónimos de miseria. Los Aguacaticos también son invitaciones a jugar dominó un domingo en la tarde; bailar salsa o merengue en medio de la calle los viernes por la noche; rebotar un balón durante horas y competir por encestarlo más veces que el oponente; compartir el agua con el vecino; ofrecer café con azúcar a la visita; conversar sobre cualquier cosa en el porche de la casa.

“Decir que se viene de un barrio no debería significar vergüenza”, opina Jairo. A él le gusta decir: “Vengo del barrio y trabajo por él”. Ha sido así durante al menos 10 años. Por donde quiera que camina lo saludan, le piden ayuda o le proponen algún proyecto nuevo. Nadie le paga por colaborar, tampoco espera una retribución monetaria; su recompensa es ver que unas niñas preparan una obra de teatro para celebrar el Día del Niño o saber de algún joven que no abandonó el bachillerato a pesar de las precariedades.

En Los Aguacaticos, incluso, las diferencias políticas quedaron de lado y todos prefieren trabajar unidos para generar cambios positivos. No esperan por ayudas de partidos políticos, ni de oposición ni de oficialismo; si quiere hacer algo, Jairo se propone y, junto con sus vecinos, lo logra. Como el cine comunitario que instaló hace semanas en un local que es de su propiedad: una pared blanca, unas sillas plásticas y un proyector de videos fueron suficientes para entretener a más de 60 niños y niñas cada semana.

Ni Jairo, ni Aura, ni Adriana se irían del barrio. Tampoco abandonarían a su gente. Cuando algo no les gusta porque afecta de forma negativa a la comunidad, trabajan para cambiarlo. Hoy por hoy, la pobreza se suma a las fallas de los servicios básicos y la calidad de vida disminuye a diario, pero ellos insisten en quedarse allí, con sus techos de zinc y paredes de ladrillos, hasta el día en que las cosas mejoren.

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