En esta parroquia del municipio Sucre, los problemas abundan y las soluciones prometidas por los gobiernos locales y estadales de turno no se concretan desde hace más de nueve años. Viven sin agua, sin transporte, sin alumbrado y sin conectividad telefónica o de internet

Se debe virar hacia el este de Caracas y ver cómo el paisaje va cambiando mientras se dejan de ver los edificios de concreto armado y luces llamativas. Se deja atrás la esfera de Soto en la autopista y comienzan los cerros de casitas de ladrillo, bloques y zinc que dan la bienvenida a Petare.

Luego es necesario tomar la carretera Petare-Santa Lucía y aventurarse a la soledad de una línea de asfalto que parece no terminar hasta que se atraviesa Mariche, una de las zonas más peligrosas de Petare. Después de unos 30 minutos de recorrido, finalmente encuentras La Dolorita, una parroquia de Sucre a la que las soluciones no han sabido llegar.

“No han subido, para acá las soluciones nunca llegan”, repite como un mantra Migdalia Espinoza, una mujer que se sabe de memoria todos los rincones de esta comunidad y que la recorre a diario intentando activar a sus vecinos para que procuren esas respuestas que les han sido negadas en tantos años.


No han subido, para acá las soluciones nunca llegan

Migdalia Espinoza, vecina de la comunidad

La Dolorita es una de las cinco parroquias que componen el municipio Sucre y para 2011 (último censo del Instituto Nacional de Estadística) su población era de más de 84.000 personas. Ocho años después, sus vecinos aseguran que la cantidad de habitantes se ha multiplicado tanto como los problemas que los aquejan. El más grande de ellos: la incomunicación.

La Dolorita era una hacienda cafetalera hasta que, en el año 1957, se transformó en una fábrica de bloques y sus espacios fueron invadidos paulatinamente por los damnificados que dejó una crecida del río Guaire en Petare.

Poco a poco se construyeron los primeros ranchos de unas 60 familias, pero llegó más gente. En aquella época no dejaron de subir las familias y también los funcionarios de seguridad del Estado que intentaban descomponer la comunidad que allí empezaba a conformarse, pero ya era muy tarde.


Eso es lo que recuerdan los vecinos más antiguos y es justo lo que hoy extrañan, ese llegar de gente nueva que aportaba cambio y mejoras a su Dolorita


Eso es lo que recuerdan los vecinos más antiguos y es justo lo que hoy extrañan, ese llegar de gente nueva que aportaba cambio y mejoras a su Dolorita. Hoy, hasta quienes viven allí tienen dificultades para llegar, pues el transporte es escaso y costoso, las promesas de un Metrocable quedaron varadas hace más de seis años y ni siquiera las llamadas para mantener el contacto con otros son posibles, pues en la zona el servicio de Cantv no existe.

Mientras más se sube, más dificultades se encuentran. Por eso, en los barrios más altos de La Dolorita hace más de nueve años que no llega ni el agua. Tirma Guillén cuenta con naturalidad, mientras come caraotas con bollito, que los vecinos hasta se cansaron de trancar la calle para exigir la reparación de las tuberías de los sectores La Bolívar, El Tanque, El Lindero, Las Flores y La Lira para que lleven cisternas que nunca alcanzan para toda la comunidad.

Subir estas calles es un reto a la gravedad. Lo empinado corta el aliento a los vecinos y devuelve el agua en sus tuberías, por eso han tenido que reunir tobos para comprar y almacenar el líquido, pagando hasta 7.000 bolívares para que les llenen cada envase, sin importar el tamaño.


Subir estas calles es un reto a la gravedad. Lo empinado corta el aliento a los vecinos y devuelve el agua en sus tuberías, por eso han tenido que reunir tobos para comprar y almacenar el líquido


“Las cisternas nos llenan dos o tres pipotes por familia cada vez que vienen, que eso es como cada tres meses y de resto sin agua”, cuenta Guillén. Ella está segura de que teniendo las posibilidades, hace tiempo se habría ido a vivir fuera del barrio, pero cree que “ha pasado tanto tiempo que ya uno se acostumbra a vivir así”.

Recostada de su tanque azul completamente vacío, Jois Rodríguez piensa igual. Ella cree que la resignación de los habitantes de La Dolorita es la que los ha llevado a padecer tantas carencias. En zonas como Las Flores, la gente está tan adaptada a la falta de agua que se les ve limpiando sus casas con apenas un frasco con un poco de agua y desinfectante, y todo mientras cantan reguetón.


Solo llegan a La Dolorita cuando hay que buscar votos

Elsy Rodríguez, vecina de la comunidad

Para quienes se resisten a la decadencia, como Elsy Rodríguez, las quejas no son la única forma de manifestar sus problemas. Ella, que tiene 47 años en esta comunidad que debe su nombre a la leyenda de que allí se apareció la Virgen de los Dolores, cree que es deber de los vecinos pedir no solo a su santa esas mejoras, sino a las autoridades que “solo llegan a La Dolorita cuando hay que buscar votos”.

En su andar, Elsy muestra los cables cortados de Cantv en los postes de la comunidad y cuenta que hay zonas como El Campito que tienen más de un año sin el servicio. Esto a pesar de que hay una planta de la empresa estatal en la zona que, asegura, no atiende las denuncias de la colectividad.

Con sus propios medios

Los Bloques de La Lira son otra famosa zona de La Dolorita. Allí, los propios residentes han construido alternativas al deterioro de su calidad de vida y a la paralización del progreso que se palpa cada vez que el Metrocable de Mariche se paraliza sobre sus cabezas, porque se va la luz y sus pasajeros pueden pasar hasta tres horas contemplando los nueve edificios bajo sus pies.

En el urbanismo, la maleza puede medir lo mismo que una persona promedio y el abandono se nota en lo deteriorado de la pintura de cada edificio, en las alcantarillas rotas y en la falta de alumbrado público que condena a los ciudadanos de este urbanismo a “encerrarse temprano” para evitar ser víctimas de la delincuencia, tal como lo cuenta Carmen Parada.


Aquí tenemos dos años sin teléfono fijo ni internet, no desmalezan las áreas verdes, no hay luz y ya es normal que se vaya. La guinda del pastel es la falta de agua que, como en casi toda La Dolorita, no llega desde hace años


“Aquí tenemos dos años sin teléfono fijo ni internet, no desmalezan las áreas verdes, no hay luz y ya es normal que se vaya, y la guinda del pastel es la falta de agua que, como en casi toda La Dolorita, no llega desde hace años”, expone esta vecina que vive en los bloques desde 1981, cuando adjudicaron los primeros apartamentos y que ha podido percibir el deterioro de esta comunidad.

Parada y otros vecinos siguen enumerando las obras inconclusas que quedan en la parroquia. Allí mismo, en La Lira, tienen de testigo los restos del preescolar Juan Pablo Pérez Alfonzo, un espacio que fue desalojado hace dos años para una remodelación que no llegó, pese a que los recursos bajaron no una sino dos veces a las contratistas encargadas, tal como indica Migdalia, la líder comunitaria que reside en esta zona.

Cansados, incluso, de esperar por agua desde hace nueve años, los propios vecinos idearon un mecanismo para que las cisternas llenen tanques hechos por ellos que luego surten el agua a cada apartamento y le permiten a los habitantes llenar sus tobos.

Esta es la muestra de que en el barrio los vecinos encontraron sus propios medios para solucionar lo que tanto les prometieron los políticos de turno y nunca les llegó: soluciones.

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