Los barrios de Caracas están tan cerca del cielo que la noche pareciera llegar más temprano. La música comienza antes de que el día termine. Por eso quienes suben los cerros de la parroquia Santa Rosalía, luego de un día más en un país con una economía fracturada, se apropian de las calles para entregarse al ritmo de la salsa, el merengue y el reguetón, así como a la euforia del alcohol. Quizás así olvidan sus penas


Esta es la primera entrega de La noche en el barrio, un especial que muestra cómo se vive cuando se oculta el sol en Santa Rosalía, Petare y Catia


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7:00 p. m.

Nadie habla. Ni una palabra. Hay tanta quietud que se tiene la sensación de escuchar latidos. Los segundos parecen horas. Nadie se mueve, y de pronto, un golpe seco rompe el silencio en medio de la noche: la ficha de dominó que determina la partida es lanzada contra el tablero. Todos gritan y uno de ellos se levanta de su silla para celebrar. Se pasan una botella con un líquido naranja que desprende un olor a cítricos con alcohol.

Cuatro hombres, una mesa de madera y un juego de dominó son una suerte de garita de vigilancia instalada cada noche en el barrio Los Castaños de la parroquia Santa Rosalía. De fondo, y a lo lejos, suena reguetón a todo volumen.

Moisés Gómez es uno de los jugadores. A quien quiera que pasa le ofrece un trago y asegura que hace algunos años era imposible estar allí: “Muchos malandros se han ido y a otros los han matado”. Noemí Roa coincide con él y recuerda la época cuando la violencia ocupaba más espacios que los habitantes de la zona. Mientras ellos buscan la victoria con fichas blancas, un grupo de adolescentes juega con un balón y un aro en la pared.

Nadie sabe exactamente cómo ni cuándo cambiaron las cosas, pero lo cierto es que ahora las noches les pertenecen y ellos hacen todo lo que pueden para que siga siendo así. “Aquí, en esta calle, nadie consume drogas ni anda buscando pleito”, asegura Moisés.

En la parroquia Santa Rosalía hay cerca de 80 barrios y viven 118.000 personas, de acuerdo con las estimaciones del Instituto Nacional de Estadística (INE); sin embargo, hasta hace unos años, luego de que el sol cayera, las calles parecían deshabitadas.

La hiperinflación, la caída del poder adquisitivo y las fallas con el trasporte público obligaron a muchos a olvidarse de salidas nocturnas hacia el este de la capital, a lugares como Las Mercedes o El Rosal, y bares olvidados de la parroquia comenzaron a llenarse nuevamente. Basta caminar unas cuadras para darse cuenta de que, además de viejas tascas, abundan las casas convertidas en licorerías en las que la música hace retumbar las ventanas.

El bar Copa de Oro tiene más de 60 años. José Luis tiene 56 y no recuerda otro lugar tan bien como ese local. Desde hace 14 años es uno de los empleados. Es un viernes cualquiera: un grupo mueve las barajas y apuesta en una partida de caída; otro conversa con cervezas en manos; unos cuantos miran los televisores que transmiten las carreras de caballos y todos gritan y agitan los brazos; y la salsa brava, como le dicen, suena por encima de todo. José Luis precisa, grita, que en una noche así, cerca de 150 personas visitan la tasca. Sí, la economía fracturada los golpea, pero admite que también lo hace feliz volver a tener música dentro de ese lugar.

10:00 p. m.

En el barrio no hay leyes. Un anuncio reza: “Prohibido ingerir licor dentro y en los alrededores de este negocio”. Aun así, afuera de la licorería de Henjerby Villarreal no hay menos de 30 personas sosteniendo botellas y escuchando música desde las cornetas de sus carros. Por noche se venden entre 50 y 70 cajas de cerveza. Él también ignora el imperativo; a la vez que responde, va sorbiendo la bebida amarillenta. Mientras no haya peleas, no hay problemas: la calle es de todos.

Luis Mariano Talavera, líder comunitario, dice que desde hace algunos años la forma de rumbear en los barrios de Santa Rosalía es reunirse con unos amigos en alguna calle, escuchar salsa, merengue o reguetón y tomar guarapita –mezcla de licor y frutas–, anís o birra. “Lo que llaman achantes”, se burla. Conforme avanza la noche, las esquinas se van llenando.

La venta de licores, en la mayoría de los casos, es clandestina. En el barrio El León, la gente se agrupa para compartir. En cuatro o cinco casas despachan brebajes, pero nadie dice cuáles son. El que sabe, va y paga su botella. El que no, no toma nada. Pero la falta de alcohol no disminuye las ganas de celebrar. Lo que se busca es liberarse del estrés.

Juan Osorio piensa que las reuniones nocturnas han permitido solventar conflictos entre sectores. Los fines de semana todos se olvidan de los problemas, de la política, de Juan Guaidó, de Nicolás Maduro, de las promesas y de las sanciones. Bailando salsa nadie piensa en eso.

Un hombre sostiene a una mujer por la espalda; casi toca sus glúteos. Sus caras sudadas están juntas, goteando. Cuando parece que sus cuerpos ya no pueden estar más cerca, él la aprieta con fuerza y le canta al oído lo que suena en toda la cuadra: “Quiero llenarte, llenarte toda, que nada entre los dos te dé vergüenza, que puedas navegar sobre mi cuerpo y hacer lo que devuelva tu tibieza”. Ella se ríe y le corresponde los pasos.

12:00 am.

No hay espacio en Santa Rosalía en el que no haya fiesta. En Los Jabillos, además de música, hay comida. En una misma cuadra se puede conseguir perros calientes, hamburguesas, parrilla y arroz chino con costillas de cerdo. La medianoche es el mejor momento para los comerciantes, porque, según cuentan, a esa hora es cuando apenas comienza la fiesta en muchos barrios: nadie rumbea con el estómago vacío.

Ángel Silva prepara perros calientes con una agilidad que solo da la experiencia. Despacha uno, dos, tres. Parece imparable.

—¿Podrías contarme qué tal es la gente del sector?

—Todo es chévere. Todos me conocen, yo los conozco a todos y perfecto.

—¿Se cuidan entre ustedes?

—Claro, claro, siempre. Todo es como una familia, pues. Nos ayudamos y vaina —contesta y despacha otro perro caliente.

—¿Qué es lo que más te gusta de la parroquia?

—Todo, todo. Las mujeres —se ríe.

Aunque en la noche la temperatura baja, en Los Jabillos el vapor de las cocinas atenúa el frío. En el local de los hermanos Edward y Carlos, el fuego se levanta sobre un wok en el que sofríen cebollín y chuleta ahumada. Luego agregan arroz blanco cocido, jamón y salsa de soya. La cuadra es un lugar para que quienes planean bailar hasta el amanecer, recarguen energías.

En Santa Rosalía siempre han rumbeado hasta que salga el sol, pero el barrio se vivía durante el día. Leonardo Torres recuerda: “Íbamos para discotecas. Llegábamos aquí como a las cuatro o las cinco de la mañana y aquí preparábamos un sancocho o nos íbamos a la playa”.

Desde hace algunos años, por lo menos cinco, los habitantes del sector decidieron apropiarse de los espacios públicos y los achantes son de viernes a domingo. No importa si las licorerías, tascas o restaurantes cierran; mientras haya gente en la calle, la fiesta sigue.


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