En Petare el peligro acecha. La oscuridad reina en cada esquina, el sonido de las motos acelera los latidos de los caminantes aventureros que transitan parajes vacíos. Pero al llegar al cerro todo cambia: la oscuridad es combatida con líricas urbanas, rimas cortantes, bullicio, mucha música y diversión


Este relato corresponde a la segunda entrega de La Noche en el Barrio, un especial que muestra cómo se vive cuando se oculta el sol en Santa Rosalía, Petare y Catia


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7:00 pm

No hay esquina que no esté ocupada. Desde temprano cada grupito toma su espacio, se apodera de él, se instala y hace que las aceras, muros y bordes se conviertan en un espacio cómodo para pasar el rato.

Algunos sacan sillas, bancos y carpetas para sentarse. Todos se adaptan al bullicio, al escándalo que va subiendo de volumen con el pasar de las horas y en el que participan todos: niños, jóvenes y adultos. En La Machaca, un barrio escondido en un rincón de Petare, la gente sale y enfrenta el peligro con rumba.

La madrugada del 2 de septiembre, un grupo de hombres armados tomó por asalto varias casas del sector. Usando armas largas y capuchas, los delincuentes que se identificaron como un comando policial, se llevaron pertenencias de varios vecinos y sembraron el terror. Pero los residentes no se dejaron intimidar y, al día siguiente, montaron el concierto de hip hop que tenían planeado. “Con nosotros en la calle nadie se va a venir a meter para acá”, aseveró un ciudadano que tomaba licor en una esquina de la tarima dispuesta ese día.

La oscuridad reina después de las 7:00 pm en La Machaca y esa es la única coincidencia entre las noches de este barrio y las del resto de Caracas. Pero en esta zona, contrario a la soledad que trae la ausencia de luz artificial en el resto de la ciudad, los muchachos, los niños y los mayores se apoderan de la calle y enfrentan el miedo para pasar un buen rato.

En este sector, la movida se marca en “beat” y la rumba depende de una buena pelea, una en la que los golpes y las balas que abundan en los barrios se cambian por rimas, rap, compases y “beatbox”: ese sonido que los raperos pueden reproducir con sus cuerdas vocales y que salvó de la delincuencia a los jóvenes de este barrio.

Una tarima al final de la empinada calle es la excusa para retomar la fiesta y cerrar el paso a los malandros que hace dos años impidieron a los vecinos disfrutar de la noche. Silvana Aguirre es la líder comunitaria de esta barriada y, aunque intenta mantener la seriedad, pasadas las 8:00 pm se deja llevar por la fiesta y hasta hace rimas y corea: “La Machaca es arte, La Machaca es un baluarte”.

“La fiesta es sana”, insiste Silvana. Mientras tanto, Elvis Ruiz, un muchacho de 19 años, con muchos gestos, risa fácil, ojos aguarapados y algo de temblor en sus manos, espera su turno para estrenarse en la tarima como rapero y exponer uno de sus versos en los que asegura que “todos en el mundo somos delincuentes porque la motivación es solo una distracción”.

10:00 pm

La oscuridad solo es mitigada por los bombillos que algunos pusieron en las entradas de sus casas. Todos están sentados, parados, bailando y el olor a anís impregna la escena. Mientras, en el escenario los muchachos de Olimpus Trap, un grupo de hip hop que surgió en el barrio, sacan su “lírica” para conquistar la atención de un público capaz de aplaudirlos para celebrar o de burlarse por cualquier palabra mal combinada.

Los gritos de los niños en la calle se mezclan con las risas estruendosas de los adultos que corean canciones, conversan y saludan a los visitantes del barrio San Blas, que “se llegaron” a este callejón para disfrutar de la noche. Los foráneos también bailan, cantan y gozan. Pero en todos ellos se deja ver ese halo de cautela. Miran a los lados constantemente, preguntan a otros por las caras nuevas que se topan en el camino y llaman a sus niños a acercarse cuando ven a alguien que no les inspira confianza.

César Díaz justifica la desconfianza al decir que “antes había malandros y la gente igual amanecía con las puertas abiertas. Pero desde hace nueve años esto dejó de ser así cuando a una vecina se le metieron a su casa y la mataron para llevarse a su hija de 18 años”. César asegura que desde ese día en La Machaca se dieron cuenta que “no se puede confiar en nadie”.

Por eso las noches casi siempre son vacías y silenciosas hasta que alguna actividad organizada por los líderes comunitarios rompe la rutina y les permite a los vecinos vivir algo diferente.

12:00 am

“Uno se sienta afuera a jugar dominó, a robarle el wifi a los vecinos y siempre hay peligro porque hay, pero no me da miedo porque es mi barrio”, la frase de Ana Morales, vecina de La Machaca, recoge el sentimiento de esta comunidad que se niega a abandonar las calles en las noches.

Con un pie bailando y otro listo para “echar a correr”. Así se vive la fiesta en La Machaca. Mientras avanza la noche, la palabra que más se repite es “activo”. Así se gritan entre amigos para alertar sobre una presencia extraña, algún desconocido que “no da buena espina” o alguna discusión que podría terminar mal. Pero esa noche todo va bien, todos se portan bien.

El peligro no evita que los niños inunden las calles, incluso pasadas las primeras horas de la noche. Amelia Córdoba, otra muchacha del barrio, lo justifica: “ahora son rumbas de chamitos porque todos los que rumbeamos tenemos ya hijos”.

Es inevitable la sensación de incertidumbre. Quien va a rumbear a La Machaca se contagia con esa ansiedad que hace que debas mirar a todos lados, que no prestes total atención a quien te habla y que visualices un escape posible. Pero todo se esfuma cuando alguna niña decide apoderarse de la pista en donde disfrutan los adultos y mueve las caderas con la pericia de alguien experto.

Los gritos y vitoreos no se dejan esperar. Todos miran a la bailarina, incluso algunos hombres hacen gestos indescifrables. Los bailes siguen. Hay niños, alcohol, líderes comunitarios vigilando que todo fluya bien, vecinos echando cuentos, muchachos rapeando en esquinas y gente bailando y tratando de llenar con ritmo la oscuridad que ocupa casi todo alrededor.


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