La vida olvidada de las 115 familias que quedan en El Morro

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El urbanismo El Morro, en Petare, fue inaugurado en 2010 luego de la vaguada que afectó a 90.000 personas en Falcón, Vargas, Miranda y Distrito Capital. La promesa habitacional de Hugo Chávez se ha caído durante los últimos cuatro años y de las más de 400 familias que había, solo quedan 115 que sobreviven con servicios básicos deficientes y con el miedo de que, durante la noche, el techo se les caiga encima

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| Fotos: Ronald Peña

Freidy Rodríguez sube seis cuadras de una pendiente que le exige bastante a sus piernas cada mañana para llevar a sus gemelas de 10 años a la escuela, en el sector Obelisco de Petare. Luego, toma una camioneta que la deja en la estación del metro La California. De allí, va a su trabajo en Las Mercedes. De regreso, camina casi tres kilómetros desde Paulo VI hasta El Morro, conjunto residencial que forma parte del municipio Sucre, pero que parece estar aislado del mundo.

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Para Freidy, lo peor no es la distancia que recorre para volver a casa, sino el miedo que siente cada vez que el sol comienza a ocultarse y a ella todavía le falta trayecto por recorrer: no recuerda cuándo fue la última vez que esa calle estuvo iluminada.

La vía hacia El Morro parece salida de una película de western: soledad, silencio y un sol sofocante a casi toda hora. La maleza y la basura ocupan más espacio que el asfalto, deteriorado por los huecos, las aguas negras que salen de las alcantarillas y los desechos que tienen más de un año acumulados.

El urbanismo El Morro fue construido en el marco de la Gran Misión Vivienda Venezuela y fue inaugurado por Hugo Chávez en diciembre de 2010, cuando una vaguada afectó a 90.000 personas en Falcón, Vargas, Miranda y Distrito Capital, de acuerdo con el entonces ministro de Defensa, Carlos Mata Figueroa.

En El Morro, hasta hace unos años había más de 400 familias; ahora quedan 115 que sobreviven en medio de las precariedades. Luego del segundo apagón masivo, que afectó a 17 de los 23 estados del país, en ese asentamiento urbanístico se quedaron sin servicio eléctrico durante más de ocho días; el agua aún no llega. Otros servicios, como el gas, deben buscarlos en Paulo VI cada mes; el aseo urbano no existe para ellos y cuando llueve, los problemas aumentan porque los apartamentos de las plantas bajas se inundan.

Freidy es de una de las 115 familias que esperan por una reubicación. Llegó ahí porque su casa en San Blas, también en Petare, quedó derribada luego de las fuertes lluvias. Recuerda con felicidad lo bien que lucía todo: jardines, techos de madera, escaleras sin óxido, sala amoblada, canchas y hasta una plaza. El apartamento que le asignaron tiene tres habitaciones, dos baños y una salía amplia, suficiente espacio para ella, sus dos hijas y su mamá. Pero no hay un día en el que, como los demás, no pida un cambio.


La vía hacia El Morro parece salida de una película de western: soledad, silencio y un sol sofocante a casi toda hora


La imagen evocada por esta madre fue transmitida a través del canal Venezolana de Televisión (VTV) en el programa Aló, presidente número 368, en el que Hugo Chávez recorrió el complejo en las terrazas siete y ocho, justamente en las que vive Freidy.

Galicia De Lamas vivía en Los Cangilones de la parroquia La Vega, y en 2011 fue sacada de su casa porque estaba construida sobre un terreno en riesgo. Luego de tres años de reclamos, Galicia solo desearía nunca haber salido del barrio. Aunque no siempre fue así: “Cuando yo llegué aquí esto era bello, bello, de verdad. Yo me sentí tan feliz que pensé que me sacarían de aquí cuando muriera, no que iba a padecer este suplicio”.

El 20 de marzo, Galicia y varios habitantes de la terraza siete protestaron frente a la sede del ministerio de Hábitat y Vivienda y, según denunciaron, fueron intimidados por funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana (PNB). Ese día nadie respondió la demanada.

Las tardes en El Morro no cambian demasiado; hay una calma que Galicia describe como tensa. Los niños se ríen y juegan, el sonido de balones rebotando contra el piso nunca se detiene; madres y abuelas conversan sentadas en las escaleras o paradas debajo de alguna sombra. Quienes no trabajan prefieren no salir porque llegar allí implica mucho esfuerzo. Galicia sale lo menos posible. Aunque siente que no se entera de nada, lo prefiere así.

Cuando se les pregunta qué sienten, Freidy y sus vecinas admiten que decepción. Aunque ninguna quiere decir de quién, Freidy se arriesga: “Yo sí lo digo, del Gobierno. A lo mejor no es (Nicolás) Maduro directamente, pero la gente que trabaja con él no hace nada”. Se preguntan cómo el Ministerio para Hábitat y Vivienda permitió la instalación de tantas familias si ese espacio no era apto.

En 2003, la División de Gestión de Riesgos de Protección Civil de la Alcaldía de Sucre y los vecinos de esa zona informaron que el terreno es inestable luego de que Chávez asomara la idea de construir viviendas allí.

En 2016, las paredes que bordeaban el complejo comenzaron a caerse por el movimiento de la tierra. Ahora los edificios parecen estar en una isla que cada vez se hunde más. Hay grietas por donde se mire y secciones del asfalto están totalmente hundidas. Los vecinos comenzaron a llamar Titanic a los asentamientos que se iban derrumbando porque se inclinaban. Freidy, desde su casa, puede ver varios que quedaron vacíos, están sin techo y con menos paredes cada semana.

El día de la inauguración, Hugo Chávez aseguró: “Esto es sin costo alguno. Esto no es que si cuota inicial, que tú tienes que estar pariendo plata, no, no. Las personas que perdieron su vivienda sencillamente reciben una nueva vivienda. No es lo mismo que tú vivas alquilado o en una casa que, bueno, aun cuando pobre y humilde, sin embargo, que esté es un sitio estable (…). Ahora, ¿cómo creen que yo les voy a estar cobrando? No, esto es de ustedes”.

Para Freidy, esa es una de las razones por las cuales las personas a las que se les asignaron viviendas no se preocuparon por el mantenimiento, mucho menos luego de que comenzaron a notar que la infraestructura se venía abajo y las autoridades gubernamentales les informaron que debían ser reubicados. Nadie limpió más que puertas adentro; no volvieron, tampoco, a retocar la pintura de las escaleras ni de las paredes de los pasillos comunes. Nadie cuida algo que no es suyo, dice Freidy.

Todas las veces que alguna comisión del Ministerio de Hábitat y Vivienda ha visitado El Morro para decir que en Caracas no hay espacio para reubicaciones y que deben tener paciencia, Freidy les pregunta a los voceros si ellos pasarían una semana ahí, en esas condiciones. La respuesta siempre es silencio. A ella no le sorprende: “Nadie quiere vivir así, obviamente”.


El gas deben buscarlo en Paulo VI; el aseo urbano no existe y cuando llueve, los problemas aumentan porque los apartamentos se inundan


Ni siquiera la policía sube hasta El Morro. Hace un par de años, los vecinos comenzaron a denunciar violaciones y los funcionarios de Polisucre prometieron hacer seguimiento a los casos y vigilar el sector; sin embargo, la única forma de que los habitantes logren ver a un uniformado es cuando algún carro robado aparece por esos lados.

Parece que solo Dios los ampara. Galicia le pide, cada día, por una casa en la que pueda dormir sin preocuparse por que el techo se le caiga encima.

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