Carmen Hernández no vio venir la desgracia sino hasta que su casa se le estaba cayendo encima, literalmente. Por un derrumbe en el sector Campo Rico, de Petare, se quedó en la calle y ahora solo agradece la ayuda de sus vecinos y pide poder volver a conectarse con Dios

Con las manos apretándose el pecho, como para evitar que el corazón se le resbale por el mismo barranco por el que se fue su hogar, Carmen Hernández se asoma a la ventana que antes mostraba el producto de su esfuerzo de 10 años y que ahora sólo deja ver algunos trozos de esa vida que construyó.

A Carmen, de 55 años, se le cayó su casa.

El aguacero interminable de la noche anterior al sábado 8 de agosto, las tuberías de aguas servidas rotas bajo la construcción, la inestabilidad del terreno o simplemente el destino son algunas de las explicaciones que Carmen, una mujer desempleada, intenta darle al derrumbe que en segundos arrasó por completo con su vivienda y generó el colapso de unas seis casas más entre las calles 2 de Mayo y El Polvorín, de Campo Rico, en Petare. 


Mi vida se deslizó por ahí

Carmen Hernández

—Mi vida se deslizó por ahí —dice Carmen señalando con la boca el lugar en el que se erguía su casa, con las manos aún puestas en el pecho y sosteniendo una medalla de la Virgen María, lo único material que rescató del derrumbe.

Abajo unas cuerdas de alambre con algo de ropa enredada, un mueble con recuerdos y fotos de la Primera Comunión y los cumpleaños de su hijo Cristofer, CD regados, un borde de la nevera que se asoma entre las placas de bloque y cemento y un juego de muebles de madera hecho pedazos es lo único que da testimonio de que allí había un hogar. 

Carmen tuvo señales tímidas del desastre y se admite negligente cuando se le pregunta por qué no las escuchó. Pero ella no creía que fuese algo tan grave, estaba trabajando para reunir los 30 dólares que le había pedido un albañil para asegurar las bases de la vivienda. Llevaba 15 dólares guardados el día que la casa se cayó y se los tragó. 

Foto Andrés Rodríguez

En 2012 se enteró de que su hogar, el que hizo en el terreno que le cedió su madre, estaba construido sobre tierra inestable y hace poco tiempo supo que aguas servidas debilitaban la estructura. Pero las señales más claras no llegaron sino con la lluvia de esa noche de agosto en la que la casa comenzó a crujir y se escuchaban ruidos como martillazos que venían desde el suelo.


al salir notó que una gran grieta separaba la casa de la columna de soporte de la estructura


Cristofer y Carmen no durmieron. Escuchaban piedras caer del balcón de la casa y veían el friso de las paredes resquebrajarse. A las 5:00 am ya estaban fuera de la cama. Carmen montó las arepas y Cristofer entró al baño, al salir notó que una gran grieta separaba la casa de la columna de soporte de la estructura. Los martillazos eran más fuertes, pero Cristofer, un joven de 23 años, se negó a salir de la casa.

—Entonces nos vamos a morir aquí los dos —le dijo Carmen desesperada.

El ruido se hizo más potente y ambos vieron la cerámica del piso de la sala abrirse como un volcán. Solo tuvieron tiempo de lanzar piedras y gritar para alertar a los vecinos de las casas de abajo. Al correr hacia el pasillo que unía a su casa con la de su madre y que servía de puerta hacia la calle principal, Cristofer y Carmen tuvieron que saltar una gran grieta entre las escaleras y fue desde allí donde contemplaron como la casa se vino abajo. 

Las arepas se quedaron montadas, el café servido y Sarabita aullando. Carmen ni siquiera pudo rescatar a la perrita que fue su compañera durante 14 años, solo se quedó con la ropa de dormir, unas cholas y la medalla de la Virgen que su hijo encontró poco después asumir que se quedaron sin techo, sin ropa, sin comida, sin documentos, sin recuerdos. 

Foto Andrés Rodríguez

Fe que ayuda

Carmen es bajita, pero cuando habla de Dios parece crecer. Se define como católica y se refiere a sus compañeras de la iglesia como hermanas. Aunque perdió su casa y se quedó sin nada no hace reproches. “Dios me quiere como me sacó de allí”, repite y asegura que ahora no sueña con una casa o un apartamento en El Marqués, como cuando era niña. Ahora solo desea poder volver a rezar y conectarse con su Dios en ese lazo que siente se rompió un poco desde que vio caer su casa.

Pero esas hermanas y el propio Padre de la Iglesia San Juan Evangelista la ayudan a volver a encontrar ese lazo perdido con la fe en sus obras. Desde la mañana del derrumbe activaron una campaña de recolección para los afectados y hoy no solo Carmen, sino las 18 personas que se quedaron sin hogar se han vestido, comido e incluso cobijado con donaciones hechas por los propios vecinos y conseguidas a través de la Iglesia. 

Carmen se está quedando en la casa de una de sus compañeras de catequesis de la iglesia, su hermana que vivía en la casa de su madre y que también debió desalojar, le donó parte de su ropa. Mientras camina por Campo Rico los vecinos se detienen a abrazarla, a darle palabras de aliento y a ponerse a la orden.

Carmen solo asiente y agradece cuando le dicen que todo estará bien.

—Cuando estoy soñolienta me veo entre ese poco de piedras y paredes toda torcida y entonces sé que Dios me salvó la vida —dice con las manos apretándose el pecho. 

Si usted quiere ayudar a Carmen y a las otras siete familias afectadas por el derrumbe en Campo Rico puede llevar sus donaciones a la iglesia San Juan Evangelista, en ese sector o comunicarse al teléfono 0412-2939254.

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