Para los que vivían de trabajar a diario para poder comer a diario, la cuarentena se convirtió en un enemigo tan poderoso como el COVID-19. En Venezuela, hay más casos de hambre que de coronavirus. Una pandemia dentro de la pandemia

«Todavía, ninguna plaga es tan letal y, al mismo tiempo, tan evitable como el hambre».
Martín Caparrós, El Hambre

I

Era el día 28 del confinamiento, Ángel abrió la reja de su casa y corrió en círculos por la calle. Gritó, gritó mientras se tomó su cabeza con las manos. Eran las siete de la mañana del lunes 13 de abril. Los vecinos salieron a ver qué pasaba, era la primera vez que lo veían así, sin control.

Su esposa se le plantó en frente, lo tomó por el brazo y lo metió a la casa. Adentro no dejó de gritar y comenzó a llorar junto a sus hijas Sugey y Angelina, de 13 y 8 años, quienes estaban asustadas y extrañadas.

Ángel llevaba 48 horas sin dormir, sin asomarse a la calle, sin hablar mucho. No pudo contener más lo que le inquietaba desde que en Venezuela, el pasado 13 de marzo, se decretó la cuarentena para evitar el contagio de COVID-19.


A ÁNGEL, NO TENER CÓMO BUSCAR COMIDA PARA SUS HIJAS, LE HIZO PERDER LA CORDURA


No pudo guardarse más lo que le producía insomnio, lo que le ahogaba: qué iban a comer sus dos hijas; cómo compraría comida si no está trabajando, si está prohibido salir a la calle, si no tiene ahorros, si no hay quién le ayude.

Ángel perdió la cordura al no tener cómo buscar comida para sus hijas.

Porque el confinamiento golpea el estómago de millones de venezolanos que dejaron de percibir ingresos por una cuarentena que se convirtió en un enemigo tan poderoso como el virus mismo. No te da fiebre ni tos, pero sí ardor en el estómago, tristeza e incertidumbre por no tener opciones seguras para llevar alimentos a la casa.

Ángel es parte del 50 por ciento de la fuerza laboral de Venezuela, calculada hasta 2017 en 14 millones de personas, que vive del trabajo informal, que gana dinero diario, que el día que no trabaja no come bien o no come nada.


Si no hacen algo, aquí nos vamos a morir de hambre. Yo creo que esto no se aguanta un mes más así

Jeanneth, esposa de Ángel

Forma parte de ese grupo de venezolanos que ya no puede comer tres veces al día, que ya no tiene la posibilidad de comprar carne, y que ahora depende de la caridad de otros.

Desde ese día que Ángel explotó, ya no es el mismo. El hombre de 43 años ya no busca oficio para trabajar en lo que se ocupaba antes: lavar aires acondicionados, plomería, o atender una venta de garaje frente de su casa. Y es que por más que quisiera hacerlo, su mente no lo deja.

«Él sigue preocupado. No quiere ver la realidad y yo tengo miedo de que no reaccione porque él es el que trae la comida», cuenta su esposa Jeannett Arrieta.

En esa familia de cuatro, sólo las niñas comen tres veces al día. El almuerzo se los dona una escuela pública que está a unos 300 metros de su casa donde se benefician al menos 800 niños. Por lo general es arroz con lentejas o pasta sola. Algunas veces le echan sal y verduras.

La caridad de vecinos y amigos permite que esa familia coma algo en el desayuno, en la cena y los fines de semana cuando el comedor escolar no funciona. Por lo general, el plato principal es una arepa con mantequilla, a veces les dan queso y algún día comen huevo.

Ángel y Jeanneth comen lo que sus hijas dejan, lo que sobra.

Ángel perdió peso. Es de contextura delgada, pero la piel cada vez se le pega más a sus huesos, se le pueden contar las costillas y las vértebras de su columna.

Vive al oeste de Maracaibo, en Zulia, el estado petrolero por excelencia de Venezuela y donde hay 39 de los 1.211 casos de COVID-19 confirmados en el país. Reside en un sector de clase media profesional, donde las casas como las de Ángel, rodeadas de arena y con las pinturas de las paredes desconchadas y sucias, son una excepción en sus calles.

II

Las historias de hambre son una paradoja en el país con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo; y a la vez no resulta contradictorio porque Venezuela está en recesión desde hace siete años, tiene una inflación de las más altas del mundo –el FMI estima para 2020 una tasa de 15.000%–, y según el Programa Mundial de Alimentos (WFP) de Naciones Unidas, una de cada tres personas (32.3%) está en inseguridad alimentaria y necesita asistencia.

En Venezuela la comida es un lujo. Para cubrir la canasta alimentaria se requieren al menos 252 dólares mensuales, según datos del Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros (Cendas – FVM), y el salario mínimo es de apenas 800.000 bolívares, equivalente a cuatro dólares y el más bajo de América Latina.

Ángel, antes de la cuarentena, ganaba entre 25 y 30 dólares semanales. Con esto le alcanzaba para que su familia comiera tres veces al día y carne cuatro veces por semana. Hoy ya no es posible. En sus bolsillos no entra un dólar desde hace dos meses, porque las estrictas medidas de cuarentena que se impusieron paralizaron la economía y dejaron sin opciones a los que vivían del día a día.


ÁNGEL Y JEANNETH COMEN LO QUE SUS HIJAS DEJAN, LO QUE SOBRA


Se ordenó el cese de las actividades económicas que no están vinculadas a alimentos y salud, se suspendieron las clases y el transporte público; pero al estado Zulia, se sumó la restricción de la distribución de gasolina para sectores no priorizados y la movilidad en las calles después de las dos de la tarde.

Las posibilidades de conseguir oficios que genere algún ingreso son reducidas, y en el caso de Ángel la situación se complica porque su salud mental lo limita.

Hace siete años vivió su primer episodio de crisis tras no tener recursos económicos para asistir a su madre enferma y a su hija menor recién diagnosticada con autismo.

Esas son las únicas dos veces en las que su esposa Jeannett lo ha notado distinto: callado, distraído, encerrado y sin ánimos de trabajar.

Un cambio que resulta abismal para una persona que acostumbraba a atropellar a la gente al hablar, a levantarse a las 6:00 am y salir a trabajar, a no estar encerrado, a no quedarse tranquilo hasta llevar la comida a su casa.

Las crisis sociales pueden impactar sobre la salud mental de las personas, dice Víctor Coronado, psicólogo de la Fundación Rehabilitarte, quien se interesó por el caso y la institución decidió darle asistencia vía telefónica. El especialista hace la salvedad de la primera frase: “Cada quien responde de diferentes maneras”.

Cuando tuvo la primera crisis, un psiquiatra le recetó pastillas para dormir, pero su esposa no sabe el diagnóstico. Buscó la receta médica, leyó el nombre de la medicina y un vecino se las donó a Ángel quien las tomó sin prescripción médica por unos días.

A mediados de mayo, una hermana de Ángel le regaló dinero para que volviera al psiquiatra. Su esposa dice que no hubo diagnóstico o quizás no quiso contarlo.

Sí dijo que a su esposo le recetaron nuevos relajantes y somníferos que mantienen a Ángel durmiendo.

III

La situación particular de Ángel se vive en otras escalas. La cuarentena afecta a organizaciones que asisten a poblaciones vulnerables. La ayuda no les llega oportunamente, es lenta, es incierta y miles de familias quedan en riesgo de no poder alimentarse.

Caritas, por ejemplo, es una de las ONG que tiene dificultades. Sus reservas de alimentos apenas alcanzan hasta finales de mayo. Una paralización de sus programas afectaría a 7.000 personas de comunidades pobres en todo el país.

“No tenemos alimentos. Tenemos el alimento terapéutico para ayudar a los niños con desnutrición. Pero nadie trae alimentos, el normal y corriente, el que nos pide la gente. Lo que nos queda es para resolver algunas demandas este mes”, asegura Janet Márquez, directiva de Caritas.


LA CUARENTENA AFECTA A ORGANIZACIONES QUE ASISTEN A POBLACIONES VULNERABLES


A la mujer se le quiebra la voz, como le sucede a la esposa de Ángel cuando cuenta que en su cocina sólo hay un kilo de arroz, medio kilo de pasta, medio de azúcar, un pote de margarina y 10 huevos. Luego de cinco segundos de silencio por el teléfono, la representante de Caritas dice: “Si no tenemos alimentos y sigue la cuarentena, mucha gente va a quedar en el aire”.

Caritas, una red de pobres que ayuda a pobres, según Janet Márquez, y que depende de la Iglesia católica, registra un aumento de entre 20% y 25% del número de personas que buscan su asistencia durante la cuarentena para poder llevar un plato de comida a sus hogares. La mayoría son voluntarios y sacerdotes de sectores populares.

“La cuarentena hace mella”, lamenta Janet.

En los dos meses de aislamiento preventivo, Caritas ha recibido unas 1.000 llamadas telefónicas. Se trata de padres y madres, como Ángel y Jeannett, que no tienen comida para alimentar a sus hijos. “Hay una cantidad de gente que se la está pasando muy mal, pero no hay, no hay recursos, no hay insumos”, insiste con desesperación, mientras repite que se aferra a Dios.

“Por primera vez, nosotros nos sentimos más deprimidos que la gente que nos llama”.

El pasado 24 de abril, el director ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas, David Beasley, dijo en una conferencia que el mundo podría entrar en otra pandemia tan viral como la del COVID-19: “La pandemia del hambre”.

Por eso para la esposa de Ángel, la cuarentena ha significado lo peor.

“Si no hacen algo, aquí nos vamos a morir de hambre. Yo creo que esto no se aguanta un mes más así”.

El reto no es fácil, suena duro, y más cuando hay niños en casa. Ángel, pese a su condición, lo sabe. Entre lo poco que habla, le repite a su esposa: “Esto está feo, muy feo”.


El texto es producto del Taller de Crónica-Ensayo dictado por Jorge Carrión y patrocinado por la Fundación para la Cultura Urbana.

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