Lo que viví del COVID-19

Reportero en todo el sentido de la palabra, Alfredo Morales no dejó de escribir mientras recibía tratamiento para combatir el COVID-19. Rodeado de médicos y enfermeras, redactó estas líneas que sus allegados nos remitieron para compartirlas íntegramente con ustedes. Nuestro entrañable periodista plasmó en esta crónica, llena de sentimiento, emotiva y con un toque de humor, su amor y respeto por su familia, colegas y amigos. A dos semanas de su partida, en El Pitazo lo recordamos

Antecedentes lejanos

Recuerdo que siempre en clases de educación física en Tinaquillo, Cojedes, en los Llanos Centrales de Venezuela, nos enseñaban a inhalar por la nariz, contener unos segundos, y luego exhalar para nivelar el cuerpo con el fin de no cansarnos en las caminatas que odiaba. Yo nunca aprendí a hacerlo y hoy lo resiento.

El “bicho”, el coronavirus, llegó sin previo aviso y sigo sin saber cómo se instaló en mi cuerpo. Este es un relato personalísimo que no está apegado a lo que dice la OMS, la OPS o los ministerios de salud del mundo. Es mi vivencia personal, única, alejada de cualquier rigurosidad científica, porque quiero mostrar lo que se vive y, claro, lo que sufrí.

¿Cuándo comenzó todo? Es la pregunta reiterativa que me han hecho médicos, enfermeras y todo el mundo. No tengo respuesta. Un día comenzó una tos, que achaqué al inicio de las lluvias y al cambio de frío a calor, y viceversa sin previo aviso.

“Cierra las ventanas del cuarto que te vas a resfriar”, me decía Mery, mi mamá, quien me recordaba que era un pollo chiquito. Hasta el sol de hoy le hago caso y si me sereno, fijo que me resfrío.


Nunca sufrí cansancio. Salvo una vez que limpié la cocina y la factura resintió en el cuerpo de casi 50 años. Nunca perdí el gusto ni el olfato

Alfredo Morales

Después de la tos fastidiosa, se alojó una flema que era como el gargajo que en el momento menos oportuno se atraviesa y te deja sin habla. Primer jarabe para la tos. Los tiempos de cada proceso, insisto, los olvidé de mi mapa mental. Algo raro pasa. No sé qué es.

Nunca sufrí cansancio. Salvo una vez que limpié la cocina y la factura resintió en el cuerpo de casi 50 años. Nunca perdí el gusto ni el olfato.

A los días vino un sofocón nocturno. “¿Andropáusico?”, pensé. Y comencé a sudar como tapa de mondongo, sin razón aparente. La almohada era una cosa húmeda que debía cambiar a cada rato. Pensé que era quebranto y fogaje. Pero un buen día, en pleno apagón nocturno, comencé a temblar a pesar de que hacía un calor de los mil demonios. La fiebre era inevitable y quemaba mis ojos.

Comencé a consumir el tratamiento básico para COVID-19. No me sentía mal y hasta tenía mucho apetito. Pero una noche no pude dormir y comencé a tener dificultad para respirar.

Me asusté.

Mi primer recuerdo de apnea

Hace años, cuando se podían hacer planes con esfuerzo y sacrificio, viajé con mi mamá, un amigo y su abuela a Estados Unidos. Todo el año ahorrando y planificando para pasar el Año Nuevo en un crucero en Miami, que estaba en oferta. Mi mamá quería conocer Nueva York, así que hicimos el esfuerzo. En diciembre el sur de la Florida nunca es demasiado frío. La temperatura es como la de Caracas y a veces hace hasta más calor. Cuando bajamos del barco teníamos menos de cuatro horas para hacer transbordo a Nueva York y a mí se me ocurrió la maravillosa idea de ponerme suéter, bufanda y abrigo largo. No era por fashion, sino porque así ahorraba espacio en la maleta, además íbamos a un sitio que estaba por debajo de cero grados centígrados.

No había taxi grande, tomamos una minivan que solo tiene una entrada. Me tocó el último puesto con un montón de maletas encima y apenas una rendija de ventana. No había calor, pero el perolero y trapero que cargaba encima comenzaron a hacer mella. Traté de disfrutar de la ciudad y contemplarla. Pero llegó el ataque de pánico. Me quité la bufanda y el abrigo y acerqué mi cara a la ventanita. Fue inútil. Me quedaba sin aliento y mi familia advirtió que algo estaba mal.


Mi amigo me quitó el saco y casi rompe la camisa. Con una carpeta comenzó a echar aire y mi madre me agarraba con fuerza y comenzaba a respirar conmigo. “Respira hondo, suave, luego bota suavecito, ya vamos a llegar», repetía

Alfredo Morales

Mi mamá comenzó a gritar:

–¡Pare, pare… que se me muere el muchacho!

–Señora esta es una autovía. Si me paro me multan –habló el conductor, un moreno dominicano.

–¡Mi hijo no puede respirar! –insistía mi madre.

Mi amigo me quitó el saco y casi rompe la camisa. Con una carpeta comenzó a echar aire y mi madre me agarraba con fuerza y comenzaba a respirar conmigo. “Respira hondo, suave, luego bota suavecito, ya vamos a llegar”, repetía. Eso, más la legión de santos que la abuelita montó en el carro para pedirles, bajaron la ansiedad.

¿Qué sentía? Como cuando una ola en Cata, pueblo costero en Aragua, te revuelca una y otra vez y quedas, literalmente, sin aliento.

Desde entonces quedé tocado y temeroso. En clases de relajación nunca lograba el estado ideal de control, y salía peor. No aprendí a respirar.

El bicho ataca

Esa noche el aire acondicionado de la casa se congeló y había vapor. Daba vuelta una y otra vez en cama, hasta que sentí pánico. Me levanté y me acosté sentado. Comí gelatina fría que me alivió. No dormí. La noche dio paso a la madrugada y yo con los ojos en vela. Cuando traté de ir al baño se me fueron los tiempos. Todo se borró y sentí que me desmayaba.

Lo que vino después era obvio, como dicen los médicos, hay un cuadro sugestivo de COVID-19. Para mí no era sugestivo, era el bicho que encontró en mí el cuerpo ideal para sus vacaciones.

“Hay que internar”, explicó un médico amigo que literalmente me obligó a salir de casa.

Otro galeno, ya en área de emergencia dijo: “No podemos dejar que se desature”. Hasta ese momento desconocía que había algo llamado saturómetro y que los niveles óptimos estaban entre 90 y 100. Yo estaba muy por debajo, no recuerdo cuánto. Tocó la primera terapia de oxígeno y luego nebulización, además de otros remedios que penetraron mi vena.

Advierto en este fragmento del relato que lo ocurrido hasta ahora es mi vivencia y que no voy a abordar en este texto los inconvenientes del sistema de salud, públicos ni privados, mucho menos experiencias que desconozco. Eso lo dejaremos para después.

Pacientes covid son dirigentes

Lo que más afecta a los pacientes positivos es la ansiedad y el miedo a quedarse sin aire. Eso lo vivía a diario. Ir al baño, a menos de 50 metros de mi cama, era caminar una media maratón. Muchas veces sentí que no llegaba. Abrir una pasta dental y un jabón era casi misión imposible. La desazón te alcanzaba y aceleraba. Tuve muchos eventos de ese tipo y siempre recurrí a la gente que me ha querido y que ahora está en otro plano para que me ayudara.


Esa noche el aire acondicionado de la casa se congeló y había vapor. Daba vuelta una y otra vez en cama, hasta que sentí pánico. Me levanté y me acosté sentado. Comí gelatina fría que me alivió. No dormí

Alfredo Morales

“¡Papá, abuelo, abuela, San Antonio, Madre María, dame fuerzas!”, pasaba por mi mente una y otra vez.

Quise guardar prudencia por un tema de decisión personal, pero fue inevitable que todo se hiciera visible. Mucha gente que está afuera y que ni conozco me tienen cariño y me respetan como periodista, es el resultado de años de trabajo en televisión. Ahora apenas lo percibo. Además de mis amigos de siempre, los que me aman en las distancias y mi carácter voluble, a los que nunca veo pero siempre están allí, estaban más que pendientes. Ni hablar de mi familia, mis hermanos, sobrinos, tíos, primos y la más importante, mi mamá a quien siempre traté de mantener al margen.

“Estoy muy preocupada porque siempre he estado contigo en cualquier cosa, hijo ❤”, me escribió cuando se enteró.

Ella entendió que esta vez nuestro contacto sería mínimo porque el aislamiento es necesario.

“Hijo tienes que tener mucha fortaleza y fe. Esto es algo pasajero y trata de no alterarte por nada. Pronto estarás conmigo si Dios quiere. No contestes sino con un corazón❤”.

Y así fue. Ella escribía y respondía con un ❤.

Pero a muchos amigos comenzó a asaltarle la duda. Se preocuparon, con razón, comenzaron a agobiarme con preguntas: ¿Qué tienes? ¿Desde cuándo lo tienes? ¿Cómo se te pegó?… y la peor de todas las preguntas ¿Cómo te sientes?

Jamás pregunten eso. Al menos a mí me incomodaba. A veces la respuesta era “estoy bien”, pero en otras “no estaba nada bien”. No había mala voluntad, lo sé y reconozco la angustia compartida, pero en estas condiciones cada palabra que escribes cuesta y mucho.


Me dio pena no responder a todos y pido disculpas. Pero es difícil con una máscara de oxígeno y una vía conectada a la mano derecha. Costó mucho despegarme de lo que pasaba en Aragua y el trabajo prácticamente me exigió que dejara de enviar notas

Alfredo Morales

A los días emití un comunicado:

“Agradezco a cada uno su preocupación por mi estado de salud. En este momento debo guardar absoluto reposo, por lo que no podré responder llamadas o mensajes. Debo cumplir a cabalidad mi tratamiento para el COVID-19, por lo que espero entiendan si no les respondo. Gracias por estar pendiente y por sus oraciones”.

Algunos lo entendieron. Pero otros no. Me dio pena no responder a todos y pido disculpas. Pero es difícil con una máscara de oxígeno y una vía conectada a la mano derecha. Pensé en dejar por ratos el celular (que es lo mejor) para hablar solo con mi mamá, hermana, médico y enfermera. Costó mucho despegarme de lo que pasaba en Aragua y el trabajo prácticamente me exigió que dejara de enviar notas.

Lo hice y bajaron mis niveles de angustia.

Igual al rato los leo pero con menos frecuencia y más relajado. Veo mucha televisión por youtube y leo. Por cierto, en este maremágnum mediático del coronavirus les confieso que me pierdo en un mar de informaciones y desinformaciones. Hasta ahora no hay unas claves de qué desayunar, almorzar o cenar. Muchas generalidades. Nada concreto. Tampoco he visto trabajos para saber cómo nos sentimos y cómo los contagiados como nuestros familiares deberían manejar esto.

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Celia, mi hermana, me decía: “No pienses en eso (el agobio) ni en el tiempo. Cierra los ojos en la posición que mejor te sientas y piensa en algo agradable, vamos tu eres fuerte”.

Soy muy inquieto y esas recomendaciones, al comienzo no me funcionaban y le decía en tono molesto: “Tápate la boca y no respires y te pones a pensar bonito. No se puede”.

Yo no podía. Pero una corte de enfermeras me ayudó. En pleno confinamiento, solos, me decían lo que me recomendaba mi hermana y ellos no eran nada mío, ni tenían vínculo alguno.

«Vamos, tú puedes, suave. No estás grave. Esto pasará».

Claro estaban las regañonas…

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