Tiempo de pandemia | Historias frágiles (V)

El habitual ruido de las calles ya no se siente debido al aislamiento social decretado a mediados de marzo por la llegada del COVID-19. Quienes salen a comprar comida, a vender lo que pueden o a pedir una ayuda para comer ya no gritan como antes, ni se ríen con desparpajo. Algo cambió en la ciudad más bulliciosa del país

Es una ciudad distinta. Hace el mismo calor que llega hasta los huesos y el mismo sol que quema, pero es distinta. La mayoría de los comercios están cerrados, solo tienen permiso para abrir las ventas de alimentos y las farmacias. Todo cambió de un día para otro en Maracaibo, la capital de los mollejeros.

En la ciudad más bulliciosa del país, donde la gente habitualmente grita al hablar, gesticula con fuerza, saluda con abrazos apretados y palmadas en la espalda, nada se parece a lo que era. La cuarentena decretada para evitar la expansión del COVID-19 le bajó volumen a Maracaibo y a su gente.

Ahora, la mayoría va con tapaboca y casi nadie con guantes. Como llevan media cara tapada no es fácil leer las expresiones, pero como en esta ciudad la gente se ríe a carcajadas y se burla con desparpajo del otro sin causarle molestia, que haya tanto silencio “genera ruido”.

El decreto de la cuarentena hecha por el gobierno de Nicolás Maduro se anunció el 13 de marzo y en Zulia, uno de los primeros estados donde se pidió aislamiento, comenzó el 16 de marzo.
A la fecha, hay cinco casos de contagio por COVID-19 y una persona fallecida. En Zulia se dan balances a diarios y hay dos hospitales centinela.

Fue en la primera semana de la cuarentena cuando Delia Faría tuvo que salir a hacer compras. Sobre la ciudad en la que caminó explica: “Es que tenemos miedo. Yo tengo miedo”. Fue a comprar comida con los últimos 300.000 bolívares que tenía en su cuenta de banco. Solo pudo llevarse dos kilos de harina, dos kilos de arroz y algunas verduras. En ese momento pagó 80.000 bolívares por cada kilo de harina y 41.000 por cada kilo de arroz. En la oficina donde trabaja como secretaria le dijeron que no había trabajo hasta nuevo aviso. Y tampoco pago.

“Caminé 12 cuadras desde mi casa hasta aquí para conseguir mejores precios. En este supermercado, el arroz y la harina están más baratos que en el abasto de mi cuadra. Todos quieren aprovecharse”.


COMO LLEVAN MEDIA CARA TAPADA NO ES FÁCIL LEER LAS EXPRESIONES, PERO COMO EN ESTA CIUDAD LA GENTE SE RÍE A CARCAJADAS Y SE BURLA CON DESPARPAJO DEL OTRO SIN CAUSARLE MOLESTIA, QUE HAYA TANTO SILENCIO GENERA RUIDO


Tiene dos hijos, de 14 y 7 años. Cuando los nombra se le llenan los ojos de lágrimas. “Yo soy administradora y me ha tocado trabajar como secretaria porque no tengo de otra. Ahora con esto me quedo sin nada. ¿Qué les voy a dar a mis muchachos la semana que viene? Me tocará pedir”.

Cuenta que ya en el sector Veritas, donde vive, hay familias que solo están comiendo una vez al día y que, a veces, oye llorar a dos niñas que son hijas de su vecina. “Me parte el alma, les doy de lo poquito que hago, pero no sé si las voy a poder seguir ayudando. Me da miedo pensar en no tener qué comer”.

Después de 47 días, en casa de Delia seguro las cosas van peor. Ahora un kilo de harina supera los 100.000 bolívares, el de arroz los 50.000 mil bolívares y hasta un kilo de limones lo venden en 500.000 bolívares.

Sin distanciamiento

En Maracaibo, la venta de comida está condicionada a solo cuatro horas. Los mercados y supermercados abren a las 8 de la mañana y deben cerrar a las 12 del mediodía por decreto de la Gobernación del Zulia.

Cuando los supermercados abren, la gente entra sin control. No se respeta el distanciamiento y pese a que algunos locales solo permiten el ingreso de 10 personas por turno, adentro no se cumple con la norma de estar alejados, al menos, a un metro de distancia.

La gente no sabe cómo comportarse. Tocan los productos y se tocan la cara. Se quitan el tapabocas y se secan el sudor dentro de los locales. Seleccionan las verduras y vegetales sin guantes. En pocos lugares hay antibacterial para que los clientes se limpien las manos. En ninguno, alcohol o cloro.


EN LA CIUDAD CON MÁS BULLA DEL PAÍS, DONDE LA GENTE GRITA AL HABLAR, GESTICULA CON FUERZA, SALUDA CON ABRAZOS Y PALMADAS EN LA ESPALDA; NADA SE PARECE A LO QUE ERA


La gente se agrupa en la nevera de las frutas, en la vitrina de las carnes, en los pasillos de los víveres o en las ventas del queso. Solo basta que alguno tosa o estornude para que se separen y huyan del sitio. Toser y estornudar son sinónimo de pecado, de algo malo, de lo que no se debe hacer.

La cajera de uno de los supermercados que está abierto dice que tiene miedo. Usa guantes, pero le toca recibir dinero, pasar tarjetas por los puntos de venta y ayudar a empacar los productos. “Todo eso es un riesgo”, comenta.

“Yo quisiera quedarme en mi casa, pero no puedo porque tengo que trabajar y si no trabajo no como”, dice María. No quiere decir su apellido porque teme que la despidan. A su hijo de 3 años lo deja con su madre de 66 en la casa. “Tener que salir ya es peligroso, porque tengo en mi casa a un niño y a una anciana y aquí hay momentos en los que a la gente se le olvida lo de no tocarse ni acercarse mucho”.

Cuando llegó el hambre

En los mercados públicos de Maracaibo hay otra realidad. En el centro, en el oeste y en la zona de Los Plataneros solo tienen permiso para trabajar cuatro días. Pero hay gente a diario.

Porque en Maracaibo hay personas para quienes la cuarentena ha sido como un castigo. Los que viven del día a día, como los choferes del transporte público, el señor y la señora que venden café en termos en las plazas, el muchacho que hace bolsitas de condimentos y de vegetales, el que vende plátanos al detal en una carreta y hasta la que congela bolsas y botellas con agua para venderlas en los semáforos.

Ese grupo no privilegiado con un trabajo fijo es el que no puede quedarse en su casa trabajando para recibir un salario. Esos que dependen de lo que vendan al día para comprar lo del día son los que si no trabajan no comen.

Por eso, en zonas como Altos de Milagro Norte, uno de los sectores más grandes y más pobres de la ciudad, o en El Marite, en el oeste, hay comunidades que salieron a protestar para que les lleven comida del Clap, para que los ayuden con algún beneficio, para que les atiendan sus necesidades urgentes.


ES ASÍ QUE EL HAMBRE Y EL MIEDO PARECEN JUNTARSE Y SE NOTAN POR ENCIMA DE LA MASCARILLA QUE ALGUNOS LLEVAN


“A nosotros no nos va a matar el coronavirus, nos va a matar el hambre”, escribieron en cartones que mostraron como pancartas en sus protestas. “Que nos traigan el Clap”, gritaron como consigna.

Para esto no hubo respuesta inmediata. Las cajas llegaron solo a algunas familias, otros siguen pasando hambre. Por eso no se quedan en sus casas, por eso salen a diario “a buscar a Dios”: un plato de comida que les llene el estómago, aunque sea una vez al día.

Es así que el hambre y el miedo parecen juntarse y se notan por encima de la mascarilla improvisada que algunos llevan. Y así van a diario arrastrando carretillas con envases para buscar agua en alguna parte y para intentar conseguir algo para comer.

La ciudad es como una estampa, como la imagen que mejor describiría el coro de una de las gaitas que Ricardo Aguirre compuso en 1969: “Maracaibo marginada y sin un real. Qué más te puede pasar, que ya no te haya pasado”.

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