Tiempo de pandemia | Historias frágiles (VI)

En Petare, el principal barrio de Venezuela y el más grande de Latinoamérica, el aislamiento social obligatorio y el tan mencionado “quédate en casa” no se cumplen hasta que el último habitante logra adquirir, como puede, la comida para los suyos

Uno, dos, tres… Cinco… Cincuenta… Setenta… Cien pasos se cuentan para recorrer toda la fila de gente que espera su turno para poder entrar a “los chinos” de la calle Ayacucho del casco colonial de Petare. Todos están pegaditos, uno tras otro y con los acompañantes a los lados, hablando entre sí, gritando que no dejen colear a nadie, dando palmadas en la espalda al de adelante para que avance e incluso saludando con un beso a cualquier vecino que casualmente se encontraron en la cola.

Son las 8:00 am de un miércoles cualquiera.

Esta es una escena normal del centro de la parroquia más populosa de Caracas y del barrio más grande de Latinoamérica, la diferencia es que ocurre justo en medio de un estado de alarma decretado por Nicolás Maduro, que incluye una cuarentena para evitar la propagación del nuevo coronavirus que, oficialmente, está en Venezuela desde el pasado 13 de marzo.

La orden es quedarse en casa, mantener distancia social, evitar el contacto físico y usar guantes o tapabocas. Pero cuando el hambre y las necesidades apremian, en las casitas más altas de los cerros de Petare es imposible seguir la instrucción.

–Hay que salir a ver qué papa se consigue.

Francisco trabaja como recolector del aseo urbano en el municipio Sucre. Más que del sueldo, sobrevive con la venta de “los tesoros” que encuentra en la basura y que hace poco más de un mes no consigue con la misma frecuencia por las restricciones que implica la cuarentena. Por eso camina por la redoma de Petare sin tapaboca preguntando precios entre los buhoneros y dice que es necesario correr el riesgo de contagiarse, antes que quedarse sin comida.

En su búsqueda de “lo más barato” no está solo, lo acompaña un río de gente. El bullicio, el “tengo plátano barato”, el “lleve el aliño”, las colas del gas, las filas en tomas improvisadas para cargar agua, las ventas de carne en plena calle y el “café, café” no faltan en Petare, ni siquiera en cuarentena.

Son las 10:30 am

Los vendedores saltan sobre la gente, le meten su oferta por los ojos, los convencen y les hablan directo a la cara. Algunos usan tapabocas de tela sucios que se ponen por debajo de la nariz. Otros en cambio usan hasta guantes, pero cuando van a concretar alguna venta se quitan completamente el separador de la boca para que el cliente los escuche mejor.

“Yo no he parado de vender ni un solo día”, dice Alfredo Rojas, un muchacho que ofrece aliños en la plaza del Cristo de Petare. En los días que lleva la cuarentena ha vendido mucho más que en todo el año.


CUANDO EL HAMBRE Y LAS NECESIDADES APREMIAN, EN LAS CASITAS MÁS ALTAS DE LOS CERROS DE PETARE ES IMPOSIBLE SEGUIR LA INSTRUCCIÓN


–La gente anda como desesperada. Salen y compran todo lo que ven– confiesa Rojas, mientras juega con el único manojo de cilantro que le queda.

Mientras, ese río de gente se pasea por la Redoma y bajo el elevado de Petare cargando con cosas vitales como bidones de agua y alguna que otra compra que pudo haber esperado como ventiladores, prendas de vestir y hasta flores.

La entrada del Metro en la estación Petare está tan abarrotada que parece lunes en hora pico. La gente sube y baja. Eso sí, se aseguran de ponerse el tapabocas o al menos un pañuelo de tela apenas pisan la escalera para entrar al sistema subterráneo.

–Esto esta full siempre. Así nos caiga una plaga– se le escucha decir entre risas a un señor que recorre a pie el camino de retorno a Barrio Unión.

Son las 12:30 pm

Pasadas las 12:00 pm comienza a bajar el caudal de gente y solo quedan algunos rezagados que intentan, sin éxito, hacer alguna compra en uno de los abastos de los mercados más cercanos como el de Mesuca, que a partir de las 11:00 am bajan las santamarías.

Algunos vendedores informales caminan de un lado a otro ofreciendo lo que les queda y otros solo esperan sentados en las aceras que baje un poco el sol para emprender la ruta a pie hasta sus casas. El transporte público para los barrios deja de existir después de las 10 de la mañana.

Desde el Hospital Ana Francisca Pérez de León sale una patrulla negra rotulada con el logo de las Fuerzas de Acciones Especiales de la Policía Nacional (Faes) y se escucha en los parlantes: “Señores, vamos a circular. No puede quedar nadie en las calles. Estamos en cuarentena… Circulando, circulando todos”.

La orden se repite desde la Francisco de Miranda y el sonido se pierde más allá de la avenida principal de José Félix Ribas. Pero detrás vienen unas siete motos de la Guardia Nacional que se bajan cada media cuadra para amenazar con detener a todos los buhoneros que siguen en las calles.


LA PROTECCIÓN NO FALTA: TODOS USAN TAPABOCAS, PERO SE LO QUITAN PARA ECHARSE UN TRAGO DE ALGUNA BEBIDA ALCOHÓLICA QUE COMPARTEN CON UN ÚNICO VASO


Son las 3:00 pm

Cerro adentro, en la calle principal de El Llanito, sector que da entrada a barrios petareños altamente poblados como La Línea, Maca, La Alcabala y tantos otros, unos 10 hombres esperan acostados en el piso con varias bombonas cargadas en carretillas o dispuestas en el piso. Solo dos de ellos usan tapabocas.

–Nosotros pasamos la tarde aquí esperando el gas de la gente que nos paga, y de eso vivimos– cuenta Víctor Salas, quien hace hasta 300.000 bolívares diarios por cargar tres o cuatro bombonas.

Allí tirados en esa acera pasan horas hasta que llega el camión del gas y se llevan las bombonas a pie en una ruta de 35 minutos, que solo es detenida cuando deben esperar que acabe algún turno al bate de uno de los niños que juega pelotica de goma junto a otros 10 en las calles y callejones del barrio.

Son las 5:00 pm

Los callejones también son el espacio que usan los más grandes para escapar del encierro. Pequeños grupos, casi todos de hombres, se reúnen en algunas escaleras o “bajadas” y ríen y hacen chistes.

La protección no falta: todos usan tapabocas. Pero se lo quitan para echarse un trago de alguna bebida alcohólica que comparten con un único vaso. Las risas de esos grupitos y los pasos de quienes vuelven a casa del trabajo son el único sonido que a esta hora se escucha en todo Petare.

La gente camina, camina mucho, porque ya no hay transporte a esa hora. Entonces cualquiera que se asome por la ventana de su casa puede ver caminar a hombres y mujeres con guantes o tapabocas, usando sueters y hasta pasamontañas.

Son las 7:00 pm

Ese sonido común y estruendoso de las alcantarillas sueltas cuando pasan los carros ya no se escucha en el barrio. Muy ocasionalmente alguna moto hace crujir las tapas de metal mal atornilladas al piso, pero la música, el estruendo y el bullicio propia de las noches de Petare sí se apagó con la cuarentena.

La gente en el barrio se cuida, solo que lo hace como puede tratando de equilibrar la necesidad de alimentarse y de estar sano. Por eso es común que algún vecino se asome por la ventana y le grite a los grupos de bebedores que aún siguen en las calles a esas horas.

–¡Cumplan la cuarentena!

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