El pueblo del estado Trujillo, donde vio la luz el Venerable, espera todavía por el plan prometido para convertir el lugar en un pequeño Vaticano. Sus habitantes conviven entre calles deterioradas y fallas en los servicios, problemas dignos de una solución milagrosa. La beatificación del médico, para sus coterráneos, sería la única manera de ser visibilizados por los gobernantes

Los escapularios se mecen con el viento, tintinean suavemente y un carro apaga su motor frente al Santuario. Cuatro comerciantes se miran entre ellos y uno le hace señas a otro, como diciéndole: “Te toca a ti». Gregorio se levanta y, con su portarreliquias, se acerca a los visitantes. Les ofrece su mercancía y les recuerda que en la tierra que pisan nació José Gregorio Hernández, el 26 de octubre de 1864.

“Si no fuera por José Gregorio, Isnotú no existiera”, dice mientras señala el Santuario del Niño Jesús, que tiene su nombre debido a la reliquia del niño Dios traída desde Europa por el mismo Venerable, tras un intento fallido de ser sacerdote. En la estructura de la iglesia, una estatua del Sagrado Corazón de Jesús, con los brazos abiertos, recibe a los peregrinos.

Antes del médico venezolano, Isnotú era otro pueblo desconocido y agrícola de Trujillo, fundado en 1640. Ahora y desde 1964, fecha de construcción del templo, su principal ingreso económico es el turismo religioso, pero este vive su peor momento en el siglo.

El 95% del comercio y el turismo ligado a la fe ha disminuido en los últimos 5 años en Isnotú, de acuerdo con datos de la Asociación de Comerciantes de la localidad. La causa no es desconocida. Los habitantes de la parroquia José Gregorio Hernández, municipio Rafael Rangel del estado Trujillo, acusan a la crisis económica que atraviesa el país.

“La mayoría de los compañeros de trabajo se fueron a los trapiches de caña de azúcar. Limpian solares, porque no hay nada qué hacer. Hace cuatro años comenzaron a emigrar. Mi asociación de reliquieros era de 40 y ahora quedan 13. Otros abrieron bodegas de comida”, relata Tomás Carrizo, presidente de la Asociación de Comerciantes y Reliquieros del Casco de Isnotú.

El viento sigue su curso por la calle principal frente al Santuario, donde antes no cabían los toldos y decenas vendedores ambulantes caminaban por doquier. Los comerciantes ven pasar a un amigo en bicicleta. Lo saludan y él les responde con la mano, sin detener su ritmo, sobre una calle vacía, deteriorada por los años y frente a casas que muestran el paso del tiempo y la falta de mantenimiento por parte de los gobiernos.

Pequeño Vaticano en el olvido

Ha habido un desgobierno, al menos así lo consideran los declarantes. Creen que no hay voluntad de hacer realidad un proyecto existente desde 1964, cuando monseñor Prudencio Baños construyó el Santuario.

El mismo monseñor Baños encabezó la construcción de la Plaza José Gregorio Hernández, un convento, un colegio y dos conjuntos residenciales en el pueblo, los cuales se culminaron al final de la década de 1980. A su juicio, fue una época dorada, pues el 16 de enero de 1986 el Papa Juan Pablo II nombró a José Gregorio como Venerable y, con ello, las miradas del gobierno se posaron sobre este pueblo de los Andes.

El proyecto ampliado por el Poder Ejecutivo nacional, y revelado a principios del nuevo milenio, visualizaba a Isnotú como un pequeño Vaticano en Venezuela. De acuerdo a una ordenanza de zonificación y diseño urbano, este poblado sería el escenario de una reorganización sin precedentes.

“Se llama el Plan Especial de Isnotú, que era una especie de mini ciudad del Vaticano. Todas las áreas frente al Santuario iban a ser compradas por el gobierno central. Iban a hacer caminerías, donde no transitaran vehículos, ni motos, solo peatones. Iban a hacer techos. Era un proyecto bastante ambicioso. Factible en ese tiempo, pero se agarraron los reales. Comenzaron a comprar terrenos y no los pagaron. Había intereses de varios factores, tanto eclesiásticos como personales”, cuenta Gregorio Valero, quien ha vivido más de cuatro décadas en el pueblo.

Con miras a la beatificación

El proyecto para Isnotú contemplaba mejoras en los servicios públicos y apoyo a las actividades comerciales y religiosas. En 1998 ese plan, publicado por el Ministerio de Desarrollo Urbano, bajo la Dirección de Planes Especiales, exponía los problemas que se debían solucionar ante la inminente beatificación de José Gregorio.

“Es evidente la saturación de los servicios de equipamiento como sanitarios públicos, áreas de estacionamiento, posadas, hoteles y la inexistencia de un espacio para actividades culturales y ceremoniales. La situación existente se ve agravada con el gran volumen de peregrinos que se incrementará con la beatificación del venerable médico”, exponía el proyecto, encabezado por el arquitecto Ricardo Quintero.

No obstante, desde 1999 no hubo sino promesas por parte de los gobernantes –un recién electo gobierno chavista– y pocas obras de envergadura. Algunas reformas ejecutadas por gobernadores, como Hugo Cabezas, especialmente en el área comercial, quedaron como cascarones vacíos, pues sin una mejora en la infraestructura, en los servicios, en el transporte o la vialidad, ni los peregrinos más devotos se acercan.

“Prácticamente, después de eso vino la Posada Turística (de la Corporación de Turismo de Trujillo). Luego hicieron mini inversiones para posadas. Ellos (los privados) agarraron su crédito, hicieron las posadas, pero se quedó así, porque empezó a decaer el turismo”, dice Valero sobre el último proyecto hecho por el gobernador Henry Rangel Silva en su primer período (2012-2017).

Los antiguos locales comerciales lucen oxidados. Lo que iba a ser un estacionamiento, alberga vegetación en crecimiento, y un paseo comercial, cuya estructura tiene menos de cinco años, permanece cerrado entre semana. En los alrededores, solo hay silencio, y esporádicamente el murmullo de las pláticas de los estudiantes, mientras regresan a sus casas.

Hace 15 años el promedio de visitantes era de 5.000, solo los fines de semana, y ahora no supera ni los 500. Una cifra que repuntaba en Semana Santa, especialmente el Domingo de Ramos y Domingo de Resurrección. También ocurría durante la conmemoración del natalicio de José Gregorio Hernández y su muerte, ocurrida en Caracas, el 29 de junio de 1919.

No solo ha pasado con los turistas. Carrizo calcula que de los 3.500 habitantes que tenía la parroquia a mediados de 2015, se ha ido la mitad, una minoría a otras zonas del país y el resto al exterior.

Peregrinaje constante

La vialidad en los sectores San Pedro, Sara Linda, San Juan, Agua Clara, La Vega y Las Cruces, también pertenecientes a la parroquia, ameritan atención especial. Está deteriorada o, en el peor de los casos, es inexistente.

El visitante con carro propio es el más frecuente, comentan los entrevistados, pues quienes viajaban en transporte público han desaparecido progresivamente. Hay pocas busetas debido a la carestía en los repuestos, y la escasez de gasolina. Los turistas del propio estado, rara vez, se acercan al Santuario.

Incluso los propios habitantes del casco central deben peregrinar constantemente, no precisamente por fe, como todos los 26 de octubre, cuando decenas de personas caminan para abogar por la beatificación del Venerable. En días regulares, después de las 4:00 pm, los residentes de los caseríos aledaños a Isnotú caminan, en promedio, cinco kilómetros.

Salud en decadencia

En una bodega frente al santuario, los encargados escuchan la radio. La voz de una locutora habla sobre la salud de un radioescucha y pide la intercesión de Jesús de la Divina Misericordia y José Gregorio Hernández. Uno de los presentes exclama “Si pide con fe, José Gregorio le hace el milagro. Un primo tenía una enfermedad y lo sanó”.

Valero cuenta que este tipo de historias es común para nueve de cada diez personas residentes en Isnotú, donde el sistema de salud pública se ha deteriorado. “La medicatura y el CDI tienen una ambulancia paralizada desde hace ocho años. Equiparon el ambulatorio, pero vas y no hay nada” dice quien calificó la situación de insólita en la tierra del médico más consultado en Venezuela.

El Hospital María Aracelis Álvarez, ubicado en Betijoque, es el más cercano, pero hace un año, según denuncias de sus trabajadores, carece de personal y ha sido víctima de la desaparición de equipos. Aunado a esta situación, los servicios básicos han desmejorado progresivamente y se ha centralizado la atención en el Hospital Dr. Pedro Emilio Carrillo, ubicado en el municipio Valera, a una hora y media de distancia.

Ambas instituciones son el ejemplo de las carencias de una población conformada por los nietos y bisnietos de una generación atendida por el mismo José Gregorio, quien volvió a los Andes una vez culminó su carrera de médico, en la Universidad Central de Venezuela, entre 1888 y 1889.

“Cómo le agradezco su gesto, Dr. Dominici, pero debo decirle que mi puesto no está aquí. Debo marcharme a mi pueblo. En Isnotú no hay médicos y mi puesto está allí. Allí donde un día mi propia madre me pidió que volviera para que aliviar los dolores de las gentes humildes de nuestra tierra. Ahora que soy médico, me doy cuenta que mi puesto está allí, entre los míos”, escribió un joven José Gregorio Hernández al rector de la UCV, quien le ofreció ayuda económica para abrir un consultorio en Caracas.

Abandonados

Las pinturas hechas por la Misión Barrio Tricolor han perdido su esplendor, el monte crece en las plazas y los bulevares sirven de refugio a perros callejeros. Incluso la escultura donada por la artista Marisol Escobar, segundo lugar de culto para los feligreses y peregrinos y situada en la segunda entrada al Santuario, ha sido víctima de los ladrones de cobre.

Algunos murales alusivos al hombre de ciencia y fe todavía son visibles, pero para sus residentes, eso es solo una decoración. Las soluciones que el pueblo necesita han quedado en el olvido.

“Isnotú, que es la capital espiritual de Venezuela y hasta la parroquia que lleva el nombre de José Gregorio, es la más abandonada. Tenemos decadencia en todos los servicios. Imagínese que, gracias a Dios, con un sismo se nos facilitó lo del agua, pero no tenemos Cantv, que es indispensable para el comercio. Las caminerías de noche son oscuras. En las escuelas puedes ir a preguntar: los niños comen caraotas con arroz”, describe Valero.

El suministro de agua de la parroquia, como contaron los comerciantes, se logró gracias a un evento natural, para ellos una bendición. Hace menos de cuatro años, un temblor hizo que una vena de la naciente en el caserío de Sara Linda se desviara. Desde entonces, cuentan con el servicio regularmente. El servicio eléctrico, sin embargo, es suspendido hasta por ocho horas diarias.

El Santuario de El Niño Jesús no ha cambiado mucho desde su construcción. Conserva el lugar donde se encontraba la casa natal de José Gregorio Hernández, en la cual edificaron una capilla y está situada la estatua del Venerable. Frente a ella, miles de venezolanos han rezado alguna vez.

En el recinto permanecen también la Iglesia, la casa cural y el museo. Este último tiene unos cinco años cerrado. Los pobladores están convencidos de que se robaron parte de los materiales expuestos y, por seguridad, no lo han vuelto a abrir.

Desde la muerte de Monseñor Baños, en 2010, algunos habitantes sienten que ha habido una deuda espiritual por parte de los pastores, algunos de los cuales buscaron créditos con el chavismo para enriquecerse.

“Nosotros necesitamos un verdadero pastor espiritual, no un comerciante, porque nos quita el trabajo. Necesitamos alguien que nos guíe y vele por la parroquia”. Gregorio opina esto y cuenta otros detalles curiosos, mientras sirve de guía a los visitantes que llegaron procedentes del estado Zulia.

No le compraron nada, pero el isnotuense les sonríe y los ayuda a ubicarse en la carretera para regresar a su destino.

“Les sale mejor irse por Betijoque, pasar a Sabana de Mendoza y encontrar Agua Viva. Si se devuelven a Valera van a gastar gasolina y perderán una hora. En la estación de servicio no debe haber nada, así que mejor la ahorran”, le dice a la pareja zuliana, que toma su consejo. Abordan su carro y se van, no sin antes dejar una vela encendida en el altar, junto a otras tres, cuyas flamas tiemblan por la brisa vespertina.

Fe en la beatificación

Aunque el galeno haya muerto en 1919 en Caracas, debido a un accidente de tránsito, para los trujillanos sigue vivo y su santidad no se cuestiona.

“Los inotuenses desde pequeños saben quién es José Gregorio. De niños preguntamos a nuestros padres quién era él y desde allí comienza ese fervor, esa devoción. (Para nosotros) él no fue solamente el médico o el científico, sino el amigo. Ese que ayudaba a quienes no tuvieran medicamentos. Un venezolano ejemplar, nuestro Santo, a quien debemos imitar” opina Santiaga Briceño, habitante de Isnotú.

La fiel devota se alegra de que solamente falte un paso, tras la aprobación científica del milagro de Yaxuri Solórzano Ortega, una niña de 10 años que recibió un disparo en la cabeza y sobrevivió bajo la intercesión del Dr. José Gregorio Hernández.

Sin embargo, la infraestructura del terruño del médico no está preparada para tal acontecimiento. Es quizás su reconocimiento formal como Beato, por parte del Papa Francisco y el Vaticano, el último milagro que esperan sus coterráneos para ser salvados de la pobreza, con el reimpulso la economía de la fe y ser visibilizados por sus gobernantes.

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