Historias Frágiles | Edgar: la esperanza de poder vivir para educar

Es de caminar pausado y una mirada que refleja optimismo. Su nombre es Edgar Siú, tiene 26 años, y una vez a la semana sale a las calles a ofrecer sus servicios como profesor de matemáticas y artes. Sus acompañantes: dos cartulinas que cuelgan de su cuello y en las que lleva escritas las diferentes especialidades que brinda.

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Con 26 años y dos carteles, Edgar Siú recorre plazas ofreciendo sus servicios como profesor. | Foto: Ronald Peña

Ante la mirada de extraños, que en ocasiones se paraban a curiosear qué llevaba escrito en sus carteles, Edgar esperaba en los bancos de la Plaza Francia de Altamira. Hoy ese era el sitio escogido para intentar captar clientes que, por un lado, lo ayuden, como él dice, a sobrevivir y por otra parte, puedan aprender de los conocimientos que tiene para compartir. “Siempre me ha atraído la idea de enseñar, no solo lo básico, sino también lo complicado. Me enfoco en enseñar la parte compleja”, dice.

Llegar hasta aquí no fue fácil. Acostumbrado a manejarse entre números, pues estudia Educación mención Matemáticas en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (Upel), notó cómo en abril de 2020 sus cuentas ya no daban. Alquiler, comida y libros universitarios. Esos eran algunos de los gastos a los que se enfrentaba y a los que luego se sumó una situación inédita: la pandemia del COVID-19.

La creatividad y el ingenio salieron a flote en ese momento. El 20 de abril de 2020, un lunes, Edgar acudió a la Plaza Luis Brión de Chacaíto y desde ahí comenzó a brindar sus mentorías: álgebra, álgebra lineal, aritmética modular, cálculo, topología, entre otras ciencias de las matemáticas. También ofrece arte y su especialidad es el retrato: “que tú veas una persona y que quede idéntica”.

“Al principio sentí nervios; estaba menos preparado. Gracias a Dios, me he pulido. Hay gente que no se atreve a eso. Sentí pena, pero después se me quitó y tuve resultados positivos”, expresa Edgar, quien hoy camina por la Plaza Francia sin temores y reconoce que, en comparación con el año pasado, en lo que va de 2021 ha tenido resultados más fructíferos.

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Es oriundo de La Guaira, ciudad en la que todavía permanecen sus padres y a quienes dejó hace cinco años para mudarse a Caracas. Al hablar de ellos, por momentos se le quiebra la voz y mira al horizonte. Dice que los extraña, pero se conforma con saber que su trabajo le permite ayudarlos.

Con los estudiantes que actualmente tiene, ha logrado cubrir parcialmente sus gastos personales y familiares. Son 11, 3 de ellos en Venezuela, y el resto distribuidos en Estados Unidos. Llegaron a él a través de redes y las fotos, que en diversas ocasiones se han hecho virales.

Lleva alrededor de 15 minutos recorriendo la plaza y aún ningún interesado le pregunta por sus clases particulares. Ubica una banca para descansar y detalla que tiene cuatro tarifas: la nacional ($7 para estudiantes de bachillerato y $10 por universitarios) y la internacional ($12 para cursantes de bachillerato y $20 por universitarios). Ningún método de pago se le resiste. Desde billeteras móviles, como PayPal u otras plataformas, hasta transacciones en criptomonedas que luego cambia a bolívares para poder cubrir sus gastos.

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A excepción de un solo estudiante que reside en Caracas, todos reciben clases vía Skype o Zoom. Una batalla más que enfrenta Edgar todos los días, pues la inestabilidad del internet le impide hacer su trabajo de una forma más cómoda. “Siempre uso megas, datos. Se me acaban y tengo que volver a meter. Es una inversión con el fin de tener para poder dar mis clases”, manifestó.

Aunque en su cartera de clientes tiene alumnos actualmente y espera por tres más que comenzarán en el mes de julio, confiesa que no tiene intenciones de dejar de exponer su trabajo al menos una vez a la semana, con el objetivo de poder transferir otros estudiantes a sus colegas docentes.

“Entiendo que la situación está crítica con respecto a la educación. Crítica es poco: destruida. Los profesores están cobrando muy poquito; no les alcanza ni para sobrevivir ni para tener dos comidas al día, si acaso una. ¿Qué hago yo? Quiero ayudarlos a tener estudiantes y otros ingresos extra y tengan algo de mejoría en el bolsillo”, agregó.

Ya ha pasado más de una hora desde que se paró en la plaza Francia de Altamira con sus dos carteles. Nadie se acercó. No tuvo suerte hoy, pero saldrá otra vez la semana que viene, dice, pues entre sus ideales permanece la idea de que el grado de profesionalización dependerá de la calidad educativa que reciba el individuo. Y eso busca él: enseñar con calidad, sin conocer de fronteras que lo limiten a la hora de cumplir con ese cometido.

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