Tiempo de pandemia | Historias frágiles (VIII)

En esta población a las afueras de San Carlos, estado Cojedes, comer se ha convertido en todo un desafío para las más de 300 familias que allí residen. En medio de las medidas de aislamiento decretado por el Gobierno para frenar la expansión del COVID-19, buscar el sustento para la familia es una tarea difícil para sus habitantes

Irma Ruiz nos recibe en su casa en El Retazo, el sudor recorre su cara. Es una típica mañana cerca de San Carlos, con una sensación de calor que sobrepasa los 40 grados de temperatura. El agua que bebe es caliente, un apagón le dañó la nevera y no ha tenido la posibilidad de repararla.

Ella venía del centro de la ciudad caminando; un recorrido que normalmente se hace en 10 minutos en carro ahora tarda más de 30, pues desde que comenzó la cuarentena por la aparición del COVID-19 desapareció el transporte de pasajeros. Es toda una odisea recorrer las polvorientas calles de su comunidad con el sopor del calor que agobia. El polvo se mete en la ropa, las narices y te envuelve, es asfixiante transitar por el lugar.


IRMA CONFIESA QUE TIENE MIEDO AL DESAMPARO AL QUE ESTÁN SOMETIDOS Y A LA INJUSTICIA DE SENTIRSE SOLOS, ABANDONADOS A SU SUERTE EN UN DESTINO AZAROSO


Irma vive en la comunidad rural de El Retazo, a 10 minutos del centro de San Carlos. Desde que Nicolás Maduro decretó la cuarentena el pasado 13 marzo, ella junto a su familia decidieron encerrarse para evitar ser contagiados. Contaban con algo de alimentos que les alcanzó para escasos días a la espera de que una mañana despertaran, encendieran la radio y se enteraran de que todo había acabado. Pero en San Carlos, como en el resto del mundo, el virus no se ha ido. Sin alimentos y confinados, la vida se les hace cada vez más dura.

Reina el silencio

La comunidad pareciera haberse apagado, es como si estuviera en pausa. Ya no se escucha en el vecindario el vallenato a todo volumen ni el transitar de las motos que a diario circulaban por el sector. Pareciera como si estuviesen hibernando en una realidad de la que no consiguen escapar.

Irma está acostumbrada a vivir en la carencia, pues desde hace más de 30 años reside en el sector II de El Retazo y nada ha cambiado. Aún recuerda el año 2000 cuando le hizo una propuesta desde la asociación de vecinos al exgobernador Jhonny Yánez Rangel para mejorar la zona. “Esos eran otros tiempos de la Venezuela que añoramos y que está muy lejos de volverse a ver”.


LOS DÍAS DE ENCIERRO PARECIERAN NO TENER FIN PARA UNA MUJER ACOSTUMBRADA A ESTAR EN LA CALLE, AYUDANDO A SU GENTE


Pero en el presente, los días de encierro parecieran no tener fin, sobre todo para una mujer acostumbrada a estar en la calle, ayudando a su gente, recorriendo su comunidad, pendiente de buscar una medicina, solventar una necesidad, acompañar al necesitado al médico. Quien conoce a Irma sabe que es una luchadora incansable por los derechos de los vecinos.

No es el coronavirus, es el hambre

A Irma le preocupa cómo harán sus vecinos para alimentarse en esta situación, donde el hambre no espera y la falta de alimentos es una constante amenaza para los residentes de El Retazo. “Aquí va a haber mucha hambre, porque ya la gente no tiene cómo alimentarse y lo más triste no hay cómo buscarse la papa diaria. Aquí muchos viven como buhoneros en el centro de San Carlos donde sufren los avatares del día a día. Otros venden café en las noches en la carretera porque pasan muchos gandoleros y la gente viene a este lugar a parar los autobuses que van para Caracas y San Cristóbal”. Pero este confinamiento acabo con todo, incluso con sus esperanzas.

Tuvo que escapar del encierro para irse a atender parte de una cosecha que tiene en una parcela cercana a su vivienda. La falta de gasolina es otra cosa que le preocupa, porque muchos de ellos no pueden atender su trabajo en las fincas aledañas y temen perderlo, pues sus empleadores se quejan de que la siembra está enmontada y el ganado se está muriendo.

Confiesa que tiene miedo al desamparo al que están sometidos y a la injusticia de sentirse solos, abandonados a su suerte en un destino azaroso. En ocasiones no puede dormir, esta situación la desespera y le quita el sueño de ver a tanta gente que siente los embates del hambre en sus estómagos.

La emprendedora Irma también hace chocolates de cacao artesanal para vender. Parte de su patio lo tiene lleno de matas de cacao al que pone a secar, lo tuesta y hace un chocolate puro que logra vender para tener dinero en efectivo y comprar algunos alimentos.

Confiesa que tiene miedo de que el virus se extienda por su sector y que alguna persona lo contraiga y contamine a los demás. Sabe muy bien lo que es sufrir la pérdida de un ser querido, pues hace dos años murió una hija por no tener los medicamentos para su atención. Eso la marcó y convive con ese dolor.


LA COMUNIDAD PARECIERA HABERSE APAGADO, ES COMO SI ESTUVIERA EN PAUSA, YA NO SE ESCUCHA EN EL VECINDARIO EL VALLENATO DEL VECINO A TODO VOLUMEN


“Aquí deben venir las autoridades sanitarias a dar charlas y que la gente entienda que el coronavirus es una enfermedad que se transmite y que puede acabar con la vida de las personas. En esta comunidad no tenemos agua, hay que cargarla de sectores cercanos o sino buscar cómo abastecerse. La gente usa trapos porque no tienen tapabocas”.A pesar de las circunstancias, Irma siente que la pandemia va a pasar y que su comunidad logrará superar las penurias, consolidarse y tener espacios con lugares donde ver crecer a sus nietos y a los niños de su comunidad. Espera que Dios le conceda el milagro de ver otra realidad en el sitio al que ha dedicado más de 30 años de su vida.

A pesar de las circunstancias, Irma siente que la pandemia va a pasar y que su comunidad logrará superar las penurias, consolidarse y tener espacios con lugares donde ver crecer a sus nietos y a los niños de su comunidad. Espera que Dios le conceda el milagro de ver otra realidad en el sitio al que ha dedicado más de 30 años de su vida.

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